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OPINIÓN

Nómadas y libres

La Quincena Musical confía la inauguración a una formación de dimensiones modestas, la Orquesta de Cámara Mahler

Manfred Honeck dirigiendo la Filarmónica de Nueva York en la 'Sinfonía número 4' de Brahms.
Manfred Honeck dirigiendo la Filarmónica de Nueva York en la 'Sinfonía número 4' de Brahms. Getty Images

Jazzística en julio, clásica en agosto, cinéfila en septiembre. Jazzaldia, Musika Hamabostaldia, Zinemaldia: en términos musicales, parece casi un tema y variaciones que se suceden al tiempo que, en verano, Donosti va mudando de piel. El arranque de la Quincena Musical, que prolonga su programación hasta el 30 de agosto, ha sido este año más clásico que nunca: una sesión doble con obras de Haydn, Mozart y Beethoven, la primera escuela de Viena al completo, preludiados –antes la parodia, después los modelos– por la Primera Sinfonía de Prokófiev, un remedo burlón de buena parte de las convenciones formales dieciochescas.

En otro gesto que le honra, la Quincena no sólo ha comenzado sin fanfarrias y sin concesiones de cara a la galería, sino que ha confiado la inauguración a una formación de dimensiones modestas, la Orquesta de Cámara Mahler, una agrupación única, sin sede propia, con instrumentistas procedentes de numerosos países, en gira permanente, infinitamente maleable y extensible a partir de un núcleo inmutable, sin director titular, con la que todos quieren tocar, a la que todos quieren dirigir, e imbuida del espíritu de su fundador, Claudio Abbado. Al frente, otro director cuyos comienzos se desarrollaron también muy cerca del italiano, Manfred Honeck, quizá no muy conocido para el gran público, pero con una carrera muy sólida, sin alharacas y de una férrea coherencia. Recordar que sus ocho hermanos y sus seis hijos son todos músicos da una idea simbólica del poderío musical de su apellido: su hermano Rainer es concertino de la Filarmónica de Viena, de la que él también formó parte como violista antes de dedicarse a la dirección, y su hijo Matthias es violinista de la Sinfónica de Viena. Como buenos austríacos, llevan todos la música en sus venas.

Dirigir a la Orquesta de Cámara Mahler parece sencillo, porque tiene el aspecto de ser una maquinaria tan perfecta, tan bien engrasada, en la que todos están tan acostumbrados a interactuar y escucharse unos a otros, que una batuta podría percibirse casi como una intrusión. Visto de espaldas, e incluso de perfil, Honeck recuerda mucho a uno de sus ídolos, Carlos Kleiber, del que, consciente o inconscientemente, ha heredado algunos de sus gestos: las súbitas inclinaciones de cabeza o la manera de dibujar las curvas con la mano izquierda. Pero Honeck no posee su personalidad arrolladora: de hecho, aunque ha dirigido muy bien las cinco obras que ha traído a Donosti, sus versiones no han llevado ninguna impronta especialmente destacable, a excepción quizá de la Misa K. 427 de Mozart, que el austríaco, católico fervoroso, ha dirigido con una unción e intensidad especial. El problema de la versión fue que los cantantes de la excelente Coral Andra Mari duplicaban en número a los instrumentistas de la orquesta, que se vio obligada en no pocos pasajes a forzar las dinámicas y, por consiguiente, a embarullar las texturas, hasta entonces puro cristal. El pequeño órgano positivo situado detrás de los primeros violines, absolutamente inaudible, parecía una presencia testimonial. A pesar de su breve y secundario cometido, de los solistas vocales destacó con mucho el tenor Werner Güra. Las sopranos Christina Landshammer y Simona Saturova no sonaron siempre bien avenidas y en esta obra exigentísima para ellas deben semejar ser con frecuencia casi almas gemelas.

QUINCENA MUSICAL DE SAN SEBASTIAN

Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Prokófiev.

Till Fellner (piano).

Orquesta de Cámara Mahler.

Coral Andra Mari.

Dir.: Manfred Honeck.

Kursaal, 1 y 2 de agosto.

Mucho mejor fueron las cosas el día anterior con Till Fellner, austríaco como Honeck, con una forma de entender el estilo clásico muy similar y sencillo y modesto como él. Su manera de tocar recuerda mucho a la de su maestro, Alfred Brendel: contenida, sobria, equilibrada, levemente intelectual. Pero no hizo gala, en cambio, de esas dosis de humor que Brendel –auténtico filósofo en esta materia– sabía introducir en momentos como el rondó final del Concierto para piano nº 1 de Beethoven, la obra que Fellner desgranó con una exquisita naturalidad y equilibrio, y que a la orquesta debió de resultar extraño tocar sin Leif Ove Andsnes, con quien acaban de cerrar en Londres cuatro años ininterrumpidos de interpretar juntos los cinco Conciertos para piano de Beethoven por todo el mundo. Justísimamente aplaudido, Fellner tocó fuera de programa –de nuevo de forma admirable– la decimocuarta de las Davidsbündlertänze de Schumann.

La Sinfonía nº 93 de Haydn y la Sinfonía nº 41 de Mozart reforzaron las impecables credenciales clásicas de la orquesta. Algunos guiños historicistas (las flautas de madera –tocadas por Júlia Gállego y Paco Varoch–, las trompetas y los timbales de época) contribuyen a conformar su sonido diáfano y un punto acre, lo que la sitúa a caballo entre las orquestas modernas y las de instrumentos de época (el reciente fichaje como concertino de Matthew Truscott, que lo es también de la Orchestra of the Age of the Enlightenment, o la presencia en estos conciertos de la violinista española Lina Tur Bonet, apuntan en esta misma dirección). Todo fue irreprochable estilísticamente hablando, pero Haydn exige casi mayores dosis de humor (al igual que Prokófiev), mientras que en Mozart hubiera sido deseable respetar la repetición, prescrita en la partitura, de la segunda sección del último movimiento, ese prodigio contrapuntístico en el que Mozart compendia todo lo que aprendió de Bach, que fue mucho, al tiempo que lo pasa por el tamiz clásico. Con la repetición cobra aún mayor fuerza el momento culminante en que, como una suerte de “y más difícil todavía”, Mozart hace sonar simultáneamente todos los motivos de este Molto Allegro, algo que la fulgurante versión de Honeck, extremadamente clara, supo resaltar con nitidez.

Iniciar la Quincena su andadura con dos programas puramente clásicos (breve chanza inicial de Prokófiev incluida) no especialmente populares era una decisión que llevaba aparejada un riesgo indudable. La apuesta ha salido mejor que bien (el Kursaal ha estado lleno las dos tardes) y hay que agradecer a la dirección del festival haber abierto el fuego de la edición de este año –76 ya, la más veterana de las tres variaciones culturales veraniegas donostiarras– dejando acampar a orillas del Urumea a estos músicos sensacionales, deseados por todos pero siempre de paso, que se autocalifican por ello, y predican con el ejemplo, de nómadas y libres.