OBITUARIO

Muere Inge Feltrinelli, editora formidable en un mundo de locos

Mantuvo y amplió la visión y el trabajo de su marido, un mito del libro en el siglo XX

La editora Inge Feltrinelli en mayo de 2015, en Milán.
La editora Inge Feltrinelli en mayo de 2015, en Milán. PIER MARCO TACCA (GETTY IMAGES)

Su apellido alemán de soltera era Schönthal. Su matrimonio con Giangiacomo Feltrinelli, millonario italiano que fundó un imperio editorial con su nombre y además optó por la revolución castrista en su país y en América, le dio el apellido con el que ella, fallecida ayer en Milán a los 87 años, pasará a la historia.

Pasará a la historia por sus propios méritos, como la fotógrafa que retrató a Greta Garbo sonándose los mocos o a Ernest Hemingway totalmente borracho en su finca de La Habana. Y, sobre todo, por haber prolongado la visión editorial de uno de los mitos visionarios del mundo del libro en el siglo XX.

Inge Feltrinelli fue una editora formidable. Tenía una energía parecida a una simpatía que terminó siendo también latina. Era la reina de Fráncfort, en cuya feria mundial de editores era una estrella que ahora tiene difícil reemplazo. Era, pues, simplemente Inge, una mujer inteligente “en un mundo de locos”, como definía ella misma el universo en el que la dejó su marido, Giangiacomo, muerto en 1972 a los 45 años como consecuencia del estallido de una bomba con la que cumplía su voluntad revolucionaria.

La sobrevive, en el empeño que no atenuó ni esa alevosa ausencia, su hijo Carlo Feltrinelli, cuya decisión de integrarse en el mundo editorial español al comprar la Anagrama de Jordi Herralde mostró la prolongación del espíritu europeo que mantuvo en pie aquella germano-italiana que fue su madre.

Era el de Inge un espíritu magnífico, inolvidable. Su despacho en Feltrinelli reflejaba sus intereses: los libros que la acompañaban estaban abiertos o señalados; su ropa era la de una joven que nunca quería que las arrugas de la edad le quitaran los colores que llevaba por dentro.

En abril de 2011, contó a EL PAÍS algunos sucesos de la relación de su marido con Fidel Castro: le dijo, por ejemplo, que debía dejar a la gente vivir libremente, lo cual enrabietó al líder cubano, “pero de todos modos le gustó Giangiacomo, porque vio que no le tenía miedo”. Esa evocación de su marido revolucionario, y la consecuencia fatal que tuvo su impulso, fue lo único que ensombrecía entonces el rostro elegante de esta dama.

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Dolor convertido en energía

En aquella ocasión nos dijo que su hijo, ahora también un editor español, era su sueño realizado. Para ella, “el mundo editorial es un sistema tan nervioso, tan difícil y tan complejo que no se puede heredar”. Entonces, siete años más joven, Carlo, que en 1999 publicó Senior Service,un retrato de su padre, era aún un hombre silencioso que se aprestaba a asaltar los cielos que dejaron plantados sus padres en una casa de Milán en la que el comedor y el lugar de trabajo se comunicaban como en ella se comunicaban la faena y la alegría.

Ese sueño de que su hijo fuera editor se cumplió. Tenía otro: “Tener 10 Nobel antes de morir”. Siete años más tarde, ya se sabe que no es tiempo suficiente para que la Academia Sueca, que es verdaderamente “un mundo de locos”, atienda ese ruego.

La muerte de Giangiacomo dejó a Feltrinelli en una grave crisis económica, que le detrajo autores, como Gabriel García Márquez, cuya Cien años de soledad alcanzó con ellos un éxito enorme. “Y a pesar de la estima y de la amistad, no podíamos seguir con él; estábamos con el agua al cuello”. En esa época aún era posible combinar amistad y negocio. Las agencias, los anticipos disparados, etcétera, convirtieron ese mundo alocado en un universo en el que la amistad literaria ya no era una ciencia exacta. Inge y Carlo prosiguieron, con éxito, una idea feliz de Giangiacomo: las librerías Feltrinelli, “una señal de optimismo que nos ayuda a seguir adelante”, decía ella.

Fue fiel a la memoria de su marido, pero en su manera de ser no cabían ni la suspicacia ni el vano halago. “Él formaba parte de los jóvenes antifascistas que querían limpiar Italia del fascismo; querían un país nuevo y tuvo la idea y el dinero y la condición política para intentarlo”. La editorial iba a ser un vehículo. Ella transformó en energía el dolor por la muerte del marido: “Intento olvidar las cosas feas, es un sano rechazo del mal”. También rechazaba los tópicos sobre Giangiacomo: “Él estaba fuera de cualquier tópico. No era un clásico hombre de izquierda, no era un clásico millonario, no era un clásico intelectual. Era un fuera de serie, fuera de cualquier clasificación”. Un compañero suyo dijo: “Murió por su atormentada coherencia”.

Un fuera de serie, como ella misma, que sobrevivió a aquella tragedia sacando energía del dolor, buscando la excelencia, alcanzando por mérito propio un lugar impar en el mundo de locos que le legó su marido y que ella compartió hasta el fin con su hijo Carlo. Dejó dicho que en el mundo de la edición “hace falta mucha pasión, mucha eficiencia, pero también mucha suerte”. Carlo, al que ya se puede llamar italo-español, o viceversa, adoptó de su madre la combinación exigente de esos requisitos.

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