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SILLÓN DE OREJAS COLUMNA i

Vidas (no siempre) ejemplares

Los lectores aficionados a las vidas de los otros han aumentado en los últimos tiempos, quizá por un “relativo cansancio de la ficción”

Brian Wilson (izquierda) junto al resto de The Beach Boys, en 1962. Ampliar foto
Brian Wilson (izquierda) junto al resto de The Beach Boys, en 1962.

1. Ilustres

Las primeras biografías que leí fueron las que publicaba la editorial mexicana Novaro en los años sesenta del siglo pasado en su inolvidable serie de tebeos. Cada quincena llegaban a los quioscos españoles sendas entregas, cada una con 36 páginas a todo color, de sus colecciones Vidas ejemplares y Vidas ilustres. La primera, dirigida por el jesuita José A. Romero, estaba consagrada a las vidas de los santos y pensada como herramienta de propaganda destinada a llevar a los jóvenes al buen camino a través de la emulación. Allí fue donde leí, por ejemplo, la vida de santo Domingo Savio, a quien intenté imitar ferozmente un par de meses, a pesar de que, por las noches, y en la soledad de mi cama de adolescente, las urgencias del cuerpo me tiraban más que las del alma, y caía, como los arcángeles villanos de Milton, en el abismo de la culpa (en aquellos tiempos la masturbación todavía era pecado, no ocio). La segunda serie, Vidas ilustres, se ocupaba de personajes célebres en campos menos teológicos: casi todos, curiosamente, eran varones (una discriminación que se notaba menos en las series de santos). En la vida de Thomas Alva Edison me impresionó su iniciativa, cuando el inventor era todavía un niño, ideando un sistema de espejos que multiplicó la iluminación del lúgubre chiscón donde tenían que operar de urgencia a su madre: aquella mixtura de ciencia y Edipo ha pervivido mucho tiempo en mi memoria.

En todo caso, de aquellas lecturas antiquísimas me quedó el gusto por las biografías. Durante mucho tiempo he lamentado el escaso interés que la Universidad española, al contrario que las anglosajonas, ha demostrado por la biografía, algo que, afortunadamente, ha cambiado notablemente en los últimos años. Ahora, por ejemplo, se diría que los biógrafos y biógrafas han descubierto que también muchas mujeres han tenido “vidas ilustres”, como demuestra el significativo aumento de biografías individuales (incluso en formato de cómic) o retratos de grupo femeninos.

Por lo demás, los lectores aficionados a las vidas de los otros (y no me refiero precisamente a las de los protagonistas de los realities) también han aumentado en los últimos tiempos, quizá como otra manifestación de lo que en algún momento he llamado “relativo cansancio de la ficción”. En España se han publicado en lo que va de año, y hasta el día en que esto escribo, 881 biografías y autobiografías de todo tipo —un 2,7% de la producción total de títulos, lo que supone un ligero aumento sobre el 2,4% de 2017—.

Y se siguen publicando; además de las que ya han llegado a las mesas de novedades, en las próximas semanas aparecerán, entre otras muestras de memorialística, biografías, autobiografías o memorias de políticos —Gorbachov (Debate), Putin (Península), Michelle Obama (Plaza & Janés), Soledad Becerril (Galaxia Gutenberg)—, de pensadores y escritores —Eugenio D’Ors (Tusquets), Jorge Edwards (Lumen)—, de astronautas —Neil Armstrong (Debate)—; de familias fascinantes, como Ellos, memorias de mis padres, de Francine du Plessix Gray (Periférica y Errata Naturae), o de figuras legendarias del rock, como Brian Wilson (Malpaso), el estupendo vocalista de los Beach Boys, compositor de la también inolvidable Good Vibrations, una de las pocas canciones de mi juventud con las que todavía me arranco a bailar (si llevo alguna copa de más), y disculpen la melancolía.

Vidas (no siempre) ejemplares

2. Nueva

Una muestra del renovado interés por publicar libros acerca de las vidas de las celebridades que nos precedieron la da la nueva colección Biografías de Cátedra, el siempre fiable sello del grupo Anaya que dirige Josune García López. Todavía huelen a imprenta los dos últimos volúmenes de la inestable pila de libros que se eleva a la derecha de mi sillón de orejas: Lope, el verso y la vida, de Antonio Sánchez Jiménez, y Dante, la novela de su vida, de Marco Santagata: sólo me ha dado tiempo a ojear el primero, lo suficiente para hacerme una idea del encomiable intento de su autor por reflejar, dándole significado y unidad —algo que no es posible en las vidas, pero sí en el relato de ellas— a la torrencial y desmesurada existencia de uno de nuestros más inagotables autores. Se anuncian, para los próximos meses, las bios de sor Juana Inés de la Cruz y Henry David Thoreau, aunque no se menciona a sus autores. Suerte, y a sentar cátedra (biográfica).

3. Policiales

Nada hay tan instructivo para hacerse una idea de la vertiginosa evolución del género como leer seguidas dos novelas policiales publicadas con cerca de un siglo de distancia. Me ha ocurrido recientemente con mis lecturas de El misterio de la casa roja (1922; Siruela), la única novela de intriga de A(lan) A(lexander) Milne, más conocido como autor de las aventuras del osito Winnie-the-Pooh, y La ira (2014; Alfaguara, 2018), del polaco Zygmunt Miloszewski.

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La primera, considerada por algunos una obra maestra del misterio (no así por Raymond Chandler, que la puso a caer de un burro), es la típica intriga de “habitación cerrada”, un whodunnit (¿quién lo hizo?) muy deudor de las historias de Sherlock Holmes, y en el que la lógica y la deducción sustituyen por completo a la acción y el comentario social, los personajes son planos como planchas de hojalata, y el luminoso escenario de casa eduardiana tiene la misma profundidad que el de una obra teatral. Por el contrario, La ira, tercera novela protagonizada por el fiscal Teodor Szaki, es un ejemplo muy actual de thriller “negro” con protagonistas conflictivos —la vida familiar de Szaki (hija, amante) es también una novela—, denuncia social (violencia doméstica), sordidez provinciana, mal sexo, locura y abundancia de sarcasmo; en fin, como la vida misma. Y conste que, a pesar de sus defectos (la de Milne acaba siendo tediosa; la de Miloszewski, caricaturesca), lo pasé bien con las dos. De eso se trata.

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