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Extraños compañeros de viaje

Entre las cosas que se van perdiendo figura la antigua costumbre de intimar con desconocidos durante el curso de un largo desplazamiento

Samuel Beckett, en un ensayo de 'Esperando a Godot' en París en 1961. Ampliar foto
Samuel Beckett, en un ensayo de 'Esperando a Godot' en París en 1961. Getty

1. Volviendo

A menudo un fortuito compañero de viaje constituye una auténtica sorpresa que hace más llevadera la ansiedad del retorno. Entre las cosas que se van perdiendo figura la antigua costumbre de intimar con desconocidos durante el curso de un largo viaje, a los que, inopinadamente, se confían pensamientos y recuerdos que quizás ignoren hasta nuestros más íntimos amigos; pequeños o grandes secretos que, más tarde, uno se sorprende de haber compartido con alguien a quien, probablemente, no volverá a ver jamás. La última vez que me ha sucedido fue hace unas semanas, volviendo de Estados Unidos. En el asiento de mi derecha se sentó una mujer ya entrada en años, pero de aspecto juvenil, rostro bronceado y brillantes ojos azules surcados de arrugas a cuyo interior el sol no había llegado, lo que confería a su mirada una extraña vivacidad. Tras el breve y habitual forcejeo de codos por obtener, a costa del brazo que separa los asientos, algo más del exiguo territorio que ofrecen a sus usuarios las compañías aéreas, y cuando el avión ya había alcanzado su altura y velocidad de crucero, la dama se puso a leer un ejemplar de la revista Time emitiendo a media voz comentarios que denotaban asombro o indignación, al tiempo que —como pude observar por el rabillo del ojo— tachaba con un bolígrafo los rostros de personajes en ella fotografiados, y entre los que, cuando más tarde me dejó la revista, comprobé que estaban el del cardenal Wuerl, implicado en el escándalo de pedofilia de la Iglesia católica estadounidense, y el del presidente sirio Bachar el Asad. Cuando en el curso de la posterior conversación con la dama —cuando nos presentamos me dijo que era canadiense y se llamaba Kim— me atreví a preguntar el motivo de su irritación y de las tachaduras, no tuvo ningún empacho en confesarme que era su forma incruenta de ajusticiar a quienes, en su opinión, ejercían el mal. Mientras el resto de la cabina dormitaba a oscuras y nosotros charlábamos a la luz de las lamparillas de mantenimiento, Kim, vieja feminista y avezada lectora que, por cierto, me ponderó con entusiasmo Prestigio —la última novela de la trilogía de Rachel Cusk que acaba de publicar Asteroide—, me confesó otras de sus filias y fobias. Entre ellas me interesó particularmente su visión de Stormy Daniels —la actriz porno a la que se atribuye una relación con Trump que el presidente ha tratado de tapar intentando el soborno con fondos de campaña— como una especie de nueva heroína feminista que ha conseguido poner al inquilino de la Casa Blanca al borde del impeachment. Su argumento, simplificado al máximo, era que, en definitiva, Daniels, una mujer que no se avergüenza de monetizar sin hipocresías su (presunto) atractivo sexual, ha puesto en cuestión todo el orden patriarcal que representa “esta presidencia” mediante su puesta en evidencia de la dicotomía esposa/puta en la que los hombres encierran tradicionalmente la sexualidad de las mujeres. Lo que me quedó claro es que el récord de sus tachaduras se lo ha llevado Trump, que es el que más sale en la prensa.

2. Verano

Nielsen, el más respetado (y caro) oráculo de la edición mundial, ha confirmado que los veranos largos y cálidos son estupendos para la salud del libro. Según la encuesta realizada en Reino Unido, entre el 1 de junio y finales de agosto se vendieron 42 millones de libros impresos por 344,2 millones de libras. Por cierto que en Estados Unidos, y mientras las grandes cadenas libreras como Barnes & Noble aumentan exponencialmente la presencia de merchandising en espacios antes destinados a libros, se vive un impresionante resurgir de las independientes. Por solo poner un ejemplo significativo: la antigua Shakespeare & Company, una librería “de proximidad” que se fue al garete en 1996, ha resurgido con dos nuevos establecimientos en Manhattan. Y en Pekín y otras ciudades chinas, donde las autoridades locales se habían alarmado por la notable desaparición de librerías a cuenta de la venta online, se han habilitado ayudas para la financiación de librerías independientes que atiendan a las necesidades de cada barrio. No creo que este resurgimiento ponga en peligro el imperialismo cada vez más apabullante de Amazon, pero al menos prolonga el placer de los verdaderos amantes de las librerías como espacios de cultura.

3. Editor

Dos asuntos de desigual carácter de los que me entero a mi regreso. En primer lugar, la muerte, a los 91 años, del gran editor John Calder: cuando alguien se muere en agosto, parece que se muere más, porque los vivos están de vacaciones. Editor arriesgado y tempranero de autores como Samuel Beckett —de quien fue íntimo amigo—, William Burroughs, Ionesco, Duras y tantos otros, conspicuo izquierdista y defensor a ultranza de la libertad de expresión, Calder fundó su primera editorial en 1949, asociándose años más tarde con la estupenda Marion Boyars, otro de los mitos de la edición británica. Todavía recuerdo con devoción la visita que Luis Suñén y yo —que entonces estábamos al frente de Alfaguara— le hicimos, a finales de los ochenta, en su destartalado y modestísimo piso del Soho, situado en un edificio sin ascensor también frecuentado por “trabajadoras del sexo”. De la otra nota, no tan brillante, me entero por una revista ojeada en la sala de espera del oftalmólogo: Teodoro García, nuevo secretario general del PP, natural de Cieza (y, entre otras cosas, ingeniero de Telecomunicaciones y doctor en Tecnologías Industriales), lanzó con su boca el hueso de una aceituna a 19 metros de distancia, “quedando a solo tres de conseguir entrar en el Guinness”. Veo que el PP prosigue con firmeza su proceso de regeneración.

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