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“Me aburre hablar del ‘britpop’. Fue una gran caricatura”

Brett Anderson, líder de Suede, se estrena como escritor con un libro de memorias adolescentes

Brett Anderson, en Londres
Brett Anderson, en Londres

Dice que hace un día soleado en Londres. Su voz suena demasiado grave al teléfono. Pero oírle cantar cualquier éxito de Suede (The Beautiful Ones, Trash, Animal Nitrate) no es lo mismo que oírle hablar de su libro. Brett Anderson, el cantante de Suede, la banda que se anticipó al britpop, tanto que casi nadie habla de ella cuando se habla del fenómeno noventero con el que Tony Blair intentó reconciliar el laborismo británico con una generación de jóvenes no tan desamparados, acaba de publicar un libro.

Se titula Mañanas negras como el carbón (Contra) y no es una autobiografía al uso. De hecho, él preferiría que se considerase una novela, algo así como un coming of age basado en hechos reales (sus propios hechos reales). Brett nació en Lindfield, un pueblecito a las afueras de casi todo, en una casa en la que si había libros era por su hermana Blandine, en la que su padre no dejaba de escuchar a Liszt – cada par de años, hacía peregrinar a la familia a su casa en Viena – y tendía a estallar en ataques de ira que nadie entendía, y en la que su madre estaba siempre ahí para todo. Hasta que un día dejó de estarlo. Brett habla de su pérdida amargamente. Menciona alguna de las canciones que inspiró.

Las canciones, dice, “son un iceberg de lo vivido”, y con ellas, añade, podría reconstruise su vida. Son polaroids, a ratos macabras – como She's Not Dead, basada en su tía Jean, que murió en un coche junto a su amante, intoxicados, ambos, por monóxido de carbono –, a ratos nostálgicas – en The Beatiful Ones caben todas las noches de copas y cigarrillos que pasó en su primer piso compartido, viendo películas de Mike Leigh –, de lo vivido. Un pasado que no idealiza, sólo muestra, como quien muestra el mapa del camino recorrido. A sus casi 51 años, Anderson ha sentido la necesidad de ponerse por escrito. Dice que tiene que ver con ser padre. Anderson tiene un hijo y un hijastro. ¿Que qué recuerda de la época en que era una estrella del pop? “Que todo era muy monótono”. Al frente de Suede editó cinco discos, dos más tras la refundación de la banda en 2010. Dice que charla de vez en cuando con Justine Frischmann, su primera novia, la chica que lo llevó a Londres, que montó con él Suede y que luego, desapareció. Bueno, no desapareció. Hizo algo peor. Dejarle por el líder de otra banda: Damon Albarn, de Blur. Hay quien dice que Brett nunca lo superó. Lo cierto es que en el libro ni lo menciona.

"Si vives en una democracia, tienes que asumir que algo como el Brexit pueda pasar"

¿Ha vuelto a verla? Sí, dice. “Lo que pasa es que ella vive ahora en Estados Unidos y es complicado. Nos escribimos y nos llamamos de vez en cuando. Lo que tuvimos sigue ahí, de alguna manera, pero ha evolucionado. Cada uno tiene su pareja. Nuestra relación es distinta, pero nosotros seguimos siendo los mismos”, añade. En el libro se confiesa fan del 1984 de George Orwell, y de la historia de amor que hay en el centro de la novela: la de dos personas que son una especie de bote salvavidas para el otro. ¿Fue algo así lo que vivió con Frischmann? “Bueno, toda historia de amor es un poco así, ¿no? Yo aprendí mucho de Justine. Nos completábamos. Pero al final estuvo bien que rompiéramos. No habríamos tenido éxito con ella en la banda. La cosa cristalizó cuando se fue. Si no hubiéramos roto, quizá Suede hoy no existiría”, contesta. Justine vive en San Rafael, en California, y es pintora. Una pequeña celebridad del arte abstracto. Anderson está al tanto. “Ojalá pudiéramos vernos más a menudo”, insiste.

Sorprende que no hable en su libro sobre política, teniendo en cuenta que la música pop, en Inglaterra, está en extremo vinculada a la política. Pensemos en los Sex Pistols y la manera en que canalizaron el descontento social. “No me interesa la política”, dice. Prefiere no hablar de cuando se dejaba fotografiar envuelto en la Union Jack, la bandera del Reino Unido. Pero ¿diría que Tony Blair y el laborismo se apropiaron de alguna manera del britpop con el fin de entusiasmar a los jóvenes con una nueva idea de Inglaterra que luego ellos mismos destruyeron con la invasión de Irak? “¿La verdad? Preferiría no hablar de ello. Me aburre. No sé, hace mucho de todo aquello. Ya lo he dicho en más de una ocasión: el britpop fue una gran caricatura”. ¿Y qué opina del Brexit? “Prefiero no opinar. Es una tragedia y me preocupa, vale. Pero llevamos ya dos años con eso. No se habla de otra cosa. Personalmente, estoy cansado. No sé, supongo que si vives en una democracia, tienes que asumir que este tipo de cosas pueden pasar. No todo tiene que gustarte. Aunque, insisto, preferiría hablar de mi libro”, responde.

Así que habla de su libro. Cuenta que, de niño y adolescente, odiaba a su padre pero que, con el tiempo, ha llegado a entenderlo. La razón por la que decidió escribir esta suerte de memoir adolescente tiene que ver, decía, con su padre y con el hecho de haber sido padre él mismo. “Me dio por recordarlo todo. Me di cuenta de todo lo que me ha influido mi padre. Cuando era pequeño, no entendía nada de lo que hacía, pero cuanto mayor me hago, más lo entiendo y más me doy cuenta de que una de las condenas del ser humano es no llegar nunca a entender a tus padres. Cuando lo haces, ya es demasiado tarde”, relata. "Y ocurrirá lo mismo con mis hijos. No van a entenderme. Y yo me equivocaré. Por más bien que crea que lo esté haciendo, me equivocaré y mis hijos me odiarán”, añade.

Hablemos de música. Ha dicho en alguna ocasión que cuanto mayor se hace, más difícil le resulta componer, ¿significa que dejará de hacerlo algún día? “No, lo único que significa es que la energía de los 25 no va a volver. Ni la energía ni todas las ideas. No es fácil conectar con tu parte creativa cuando te haces mayor, pero puede hacerse. Sólo hay que encontrar la manera”, contesta. Su nuevo disco se titula The Blue Hour. Puesto que Mañanas negras como el carbón acaba a las puertas de la fama, en 1992, lo más probable es que haya segunda parte, donde cuente cómo acaba un chico “repelente, sensible y engreído” – así se define él mismo en aquella época – convertido en una estrella del pop. ¿Es así? “No lo sé. Puede, si consigo evitar que parezca un cliché”. ¿Un cliché? “Bueno, cuando me puse a escribir, quería huir de los clichés del clásico libro de memorias de una estrella del rock. Me pareció mucho más interesante contar la historia de quién era cuando no era nadie. Como ya he dicho, empecé a escribir para recordar”.