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Fantasmas de salón

Los cuentos tardíos de Arthur Machen (1863-1947), apasionado del espiritismo, son un festín para los amantes de la narrativa terroríficamente fantástica

Sesión de espiritismo en Bristol en 1872.
Sesión de espiritismo en Bristol en 1872.

Baste con decir que H. P. Lovecraft fue su alumno más aventajado, el que más lejos llevó su pasión por transformar la tragicomedia de su admirado Charles Dickens en callejón oscuro y sobrenatural, para tener una ligera idea de a qué nos enfrentamos. Menos conocido que sus ilustres predecesores —hasta J. R. R. Tolkien tomó prestada una idea de uno de sus relatos más famosos, el titulado ‘Los arqueros’, para nutrir con ella su celebérrimo El Señor de los Anillos: el regreso al mundo de los vivos de los arqueros dirigidos por san Jorge en la batalla de Agincourt para echar una mano a los soldados británicos durante la batalla de Mons, en la Primera Guerra Mundial—, Arthur Machen (1863-1947) fue, ante todo, un amante de lo oculto. También fue un apasionado lector (y fan) de los relatos oscuros de Robert Louis Stevenson, un experto en el rey Arturo —había nacido en la antigua fortaleza Legio II Augusta, sede de la corte artúrica— y un estudioso del cristianismo celta y el Santo Grial.

Machen fue contemporáneo de Oscar Wilde, Jerome K. Jerome y Arthur Conan Doyle, con quien compartió pasión por el espiritismo —­motivada la de aquel por la muerte de su hijo; la de Machen, por la de su primera mujer—, que, por otro lado, era una moda de la época. Las sesiones de espiritismo a finales del siglo XIX eran casi un entretenimiento de salón: la gente de bien se reunía en casa de alguien y contrataba a una médium, de más o menos dudosa reputación, y le pedía que contactara con el Otro Mundo. Las reuniones solían tener lugar a la hora del té. Y lo que ocurría en ellas era más fruto de un deseo, a veces lúdico, a veces desesperado, que de otra cosa. Aunque quién sabe. Y lo mismo podría decirse de los relatos del propio Machen aquí reunidos. Quién sabe.

Porque el fin de la narrativa terroríficamente fantástica, aquella que parte del ángulo ciego de la realidad, el que se interna en lo paranormal desde la anécdota, el que escala al horror del Más Allá partiendo de un aparentemente inofensivo juego callejero de críos (como el que se narra en Ritual), es emborronar los límites de la realidad y coquetear con la idea de una ficción posible, apostar por la fe en lo inexplicable. Machen quiere creer, y sus cuentos también, y de ahí el final abierto —que explica empíricamente lo sucedido y, a la vez, no lo hace— y el mareo de la historia dentro de la historia —en sus cuentos se reúnen eruditos cazafantasmas que cuentan algo que han oído contar; se detallan misteriosos asesinatos mediocres que, como obras de arte igualmente mediocres, aplastan a los brillantes por su ridícula fama—, de ahí la magia y el milagro de lo oscuro volviéndose ardorosamente esperanzador.

Escritos entre 1925 y 1937 —mucho después de haber abandonado su fugaz y rara carrera como actor, habiendo vuelto al periodismo—, de prosa aparentemente ingenua y deslumbrante, deliciosamente morbosa, estos cuentos tardíos —con sus casas encantadas y sus jardines que quizá existieron— constituyen un auténtico festín para aquellos que, como dejó dicho Borges del propio Machen, se saben habitantes de un mundo extraño.

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Autor: Arthur Machen (traducción de Antonio Iriarte).

Editorial: Reino de Redonda (2018).

Formato: tapa dura (230 páginas).

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