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El aprendiz de brujo

Formado en el estudio Ghibli, Hiromasa Yonebayashi parece dispuesto a convertirse en el príncipe heredero de la poética de Miyazaki

'Mary y la flor de la bruja'
La protagonista de 'Mary y la flor de la bruja'.

MARY Y LA FLOR DE LA BRUJA

Dirección: Hiromasa Yonebayashi.

Animación. Género: fantasía. Japón, 2017.

Duración: 103 minutos.

Con un prólogo que libera la magia casi con la fuerza de una explosión nuclear, Mary y la flor de la bruja demuestra que Hiromasa Yonebayashi sabe, como diría Alfred Hitchcock, cómo empezar una película con un terremoto (en este caso, seísmo de sensaciones, pura energía cinética e invención plástica constante). Lo que viene a continuación matiza las enseñanzas del autor de Con la muerte en los talones (1959): una película no tiene necesariamente que empezar con un terremoto e ir de ahí hacia arriba. También puede tomarse un respiro para, como sostenía Miyazaki, escuchar el silencio entre dos palmadas. Formado en el estudio Ghibli, Yonebayashi parece dispuesto a convertirse en el príncipe heredero de la poética del autor de Mi vecino Totoro (1988) y quizá esta sea la película en la que más explícitamente ejerce de hijo de su padre artístico. Sería injusto, no obstante, pasar por alto los elementos sumamente personales que permiten asociar esta nueva película a sus precedentes trabajos Arrietty y el mundo de los diminutos (2010) y El recuerdo de Marnie (2014): este Miyazaki de trazo levemente más anguloso parece haber encontrado en cierto modelo de sensibilidad literaria británica para el lector juvenil el territorio ideal para ejercitar su alquimia. Tras inspirarse en obras de Mary Norton y Joan G. Robinson, ahora le llega el turno a Mary Stewart, autora de la novela que inspiró La bahía de las esmeraldas (1964) de James Neilson, producción de imagen real del estudio Disney.

Con abundantes ecos de El viaje de Chihiro (2001), Mi vecino Totoro y, muy en especial, Nicky, la aprendiz de bruja (1989), la nueva película de Yonebayashi detalla el viaje de su protagonista a un universo mágico donde descubrirá algo sobre su propio origen. El cineasta logra que impresione tanto lo excesivamente prodigioso –la forma acuática de la directora de la universidad de magos- como lo acusadamente frágil –la expresividad del gato coprotagonista, las escenas cotidianas en el hogar familiar- y, si bien queda bastante de manifiesto que no es (todavía) Miyazaki, este tercer largometraje le acredita como un muy aplicado aprendiz de brujo.