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Semana Grande de San Sebastián

¿Dónde está la afición vasca?

Toros infumables y toreros anodinos en otra tarde con poco público en los tendidos

Ginés Marín, ante el tercero de la tarde, blando como toda la corrida.
Ginés Marín, ante el tercero de la tarde, blando como toda la corrida.

¿Dónde está la afición vasca? Otra tarde en la que predominó el color azul de las muchas butacas vacías de la plaza de Illumbe. Y ya van dos, lo que no deja de ser preocupante. Tanto hablar de la raigambre taurina donostiarra y resulta que no existe; o, al menos, no se ven aficionados en el número suficiente que se le presume a una plaza de primera. Poco público, muy poco, y carente de exigencia, lo que es una señal nada buena. Alguien debería preguntarse la razón de tan grave espantada.

Claro que el espectáculo que se ofreció es como para no volver. La corrida de Santiago Domecq, un modelo de mansedumbre, falta de casta, fuerzas y bravura; toros de bonita estampa, cobardes en los caballos, y huidizos, parados y sin sangre en las venas en la muleta. Y toreros en serie, aburridos, anodinos, sin atisbo de creatividad, sin sentido de la innovación, autores incansables de miles de pases despegados, fuera cacho, ventajistas…

Seis toros, tres toreros, y no quedan en la retina más que un par de detalles para el recuerdo. Como si la tarde y el toreo estuvieran gafados… Muchos capotazos, cientos de muletazos, y quizá pudieran recordarse unas vistosas verónicas de recibo de Marín a su primero, y el inicio de muleta a ese toro, por bajo, con elegancia y templanza, en una faena que pronto se desvaneció en un proceloso océano de sosería torera. Y se acabó.

DOMECQ/FERRERA, CASTELLA, MARÍN

Toros de Santiago Domecq, bien presentados, muy mansos, blandos, descastados y deslucidos; el quinto y el sexto tuvieron recorrido en la muleta.

Antonio Ferrera: estocada baja (silencio); media baja (silencio).

Sebastián Castella: pinchazo y tres descabellos (silencio); estocada trasera _aviso_ (oreja).

Ginés Marín: tres pinchazos y estocada _aviso_ (silencio); estocada baja _aviso_ (oreja).

Plaza de San Sebastián. Tercera corrida de feria. 13 de agosto. Un tercio de entrada.

Se pasearon dos orejas, pero ambas fueron un dispendio de un público aburrido y decidido a premiar cuatro pases hilvanados con el de pecho, aunque estuvieran, como así ocurrió, vacíos de hondura.

Pero Ginés Marín no se conformó con cuatro muletazos; como buen hijo de su época obsequió a la parroquia con nueve tandas por ambas manos ante el sexto, la mayoría de ellos muy despegados, mal colocado el torero y sin emoción alguna. Como aún creía que faltaba la guinda, culminó su labor con unas bernardinas. ¡Y le dieron una oreja…!

La otra la paseó Sebastián Castella, quien ante el otro toro que se movió, el quinto, ofreció un muestrario de vulgaridad en la muleta. Cuando iniciaba la sexta tanda fue el toro el que, aburrido, se dio media vuelta y lo abandonó. Inválido, noble y renqueante fue su primero, y es fácil imaginar que nada sucedió.

Y no hubo más. Bueno, hubo una corrida infumable de Santiago Domecq, toros sin clase y deslucidos que hicieron buenas migas con toreros con más pintas de obreros que de artistas. Desconocido se mostró Antonio Ferrera, que no tuvo oponentes para el lucimiento, ciertamente, pero su actitud fue de derrota, conformismo y resignación. Ni un capotazo, ni un quite, ni un detalle de su reconocida torería… Para no faltar a la verdad, una media muy ceñida -como improvisada- en el primer toro de Marín, y ya está.

Pero lo más grave es que la afición vasca parece perdida y no hay indicios de que pueda ser encontrada con vida. O es que el toreo, en esta plaza, que más bien parece una cancha de baloncesto, está gafado.