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ANÁLISIS

Rapero, una profesión de alto riesgo

No hay nada peor en el ecosistema del 'hip-hop' que ser acusado de 'fake gangsta', de malote de pacotilla

Un fan homenajea al rapero XXXTentacion tras su muerte, en Florida.
Un fan homenajea al rapero XXXTentacion tras su muerte, en Florida. AP

Bienvenidos al mundo del hip-hop. Aquí no funcionan los pudores de la sociedad convencional: los protagonistas alardean de sus antecedentes policiales y sus procesos judiciales, como garantía de autenticidad. De hecho, el verdadero peligro consiste en exagerar: nada peor en este ecosistema que ser acusado de fake gangsta, de malote de pacotilla. Solo algunos raperos maduros y al borde de la jubilación —como Too Short— se atreven a reconocer lo obvio: que la fantasía es la norma, tanto en las biografías como en las rimas.

El problema reside en la naturaleza volátil de este arte. Forman parte de su belicosa tradición tanto los disses (pullas, humillaciones verbales) como los beefs (broncas que pueden evolucionar hacia enfrentamientos). En general, las figuras conocen la naturaleza del juego, pero no se puede afirmar lo mismo de los amigos y acompañantes, que tal vez intenten ganar méritos vengando ofensas triviales.

El contexto no ayuda. Hay mucha leyenda en las historias de narcos implicados en la financiación de discográficas o el lanzamiento de artistas: un sueño húmedo de muchos cuerpos de policía, que sueñan con recurrir a los recursos federales para aplicar la legislación contra las mafias. Pero es cierto que la general disponibilidad de armas puede ser fatal. Todo rapper de éxito cuenta con su equipo de seguridad, hombres (y no siempre profesionales) con licencia de armas, a veces enfrentados a situaciones peliagudas: en California funcionan bandas que extorsionan a raperos cuando intentan actuar en “su” territorio.

Según la revista XXL, un total de 63 rimadores fueron asesinados entre 1987 y 2017. La cifra puede asustar, pero no refleja la brutalidad de las guerras del rap: no recoge las muertes violentas de amigos, asociados o desafortunados espectadores atrapados en medio de una balacera. Para más inri, la mayoría de estos asesinatos nunca se resuelven. Y no por falta de interés de los investigadores, que se topan con la versión afroamericana de la omertá: sencillamente, no se habla con la Policía, tan siquiera sea por un colega acribillado.

Las detenciones, los juicios son considerados gajes del oficio: como demostró O. J. Simpson, no hay acusación que no pueda ser combatida por un equipo de caros abogados. Así que nadie se echa atrás cuando tiene la oportunidad de apostar a la ruleta del éxito. Es el nuevo sueño americano: el antiguo delincuente reciclado en héroe cultural, cortejado por todo tipo de marcas para que bendiga sus productos. Poder y riqueza… si logras sobrevivir.