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TRIBUNA LIBRE

‘Lobbies’ del control social

En una narrativa en la que un individuo es reducible a mensajes, fotografías en nube y avatares, no es extraño pensar en corporaciones que fabriquen nuevos demonios interiores

El rótulo de Cambridge Analytica en sus oficinas de Londres.
El rótulo de Cambridge Analytica en sus oficinas de Londres. Getty

En 1793 tuvo lugar un intento extraordinario de intervenir sobre nuestra psicoesfera y modificarla desde dentro, cuando la Convención Nacional Francesa adoptó el calendario republicano y, mientras “París y los departamentos celebraban las saturnales de la libertad”, pretendió convertir la proclamación de la República en un nuevo comienzo de la historia. Lamartine escribió sobre los agitadores del Ayuntamiento, en especial Chaumette y Hébert, “que se admiraban en las cartas que dirigían a la Convención de la facilidad con que se desplomaba todo el aparato de las antiguas instituciones”. Los representantes comisionados “se apoderaron de los templos para ofrecer un culto nuevo, una especie de paganismo encubierto, cuyos dogmas no eran más que imágenes”. De no ser porque nos precede un siglo de experimentos similares, resultaría desconcertante pensar que la razón había sido convertida en Dios allí donde la sangre estaba siendo derramada por la sombra irracional del terror.

La psicoesfera —nombre popularizado por Ligotti— delimita un territorio de la mente, ocupado por imágenes residuales de la realidad y de los sueños. Lo hemos conocido bajo diversas máscaras. Su corriente erosionada aparece rozada por Platón, cortejada por los gnósticos, descrita en los Vedas, señalada por nuestros actos y nuestra vida psíquica. Jung reconoció la existencia de ese repositorio de la historia del hombre al penetrar en la mente de sus pacientes y descubrir que sus represiones y delirios no pertenecían a pasajes de una experiencia individual, sino a fragmentos dispersos de una experiencia colectiva, y tan extensa como la propia especie. Siguiendo su rastro, identificó el lugar del alma y confirió a ésta “la dignidad de un ser al que se le ha dado conciencia de una relación con la divinidad”. Esa relación se establecía a través de los dáimones, imágenes arquetípicas que Jung descubrió semiocultas en el inconsciente.

Como el inconsciente, el ciberespacio es una corriente de datos no ubicable más allá de una red de servidores conectados

Al margen de los nombres que demos a conceptos solo observables a través de sus efectos, y por tanto prisioneros de la ambigüedad, esta actividad de ciertos individuos percipientes sobre una realidad aparte que para el resto permanece escondida se encuentra en la base no sólo del pensamiento religioso, sino también del arte. Podemos decir que toda nuestra cultura procede de ella. Somos quienes somos porque, aun cuando ignoremos la manera en que su existencia nos afecta, nos vemos influidos por rastros de su presencia. Da forma a nuestros pensamientos, embriaga a los artistas, modela los símbolos de nuestros sueños. De poder manipularlo, sería un territorio muy atractivo para los grandes lobbies del control social. ¿Ya lo es?

En marzo de 2018, Cambridge Analytica, una firma privada dedicada a la minería y el análisis de datos, admitió haber sustraído información personal de millones de cuentas de Facebook al amparo de una encuesta dirigida a sus usuarios. Pero el relato tendría un giro hacia aspectos ontológicos cuando Christopher Wylie, un analista canadiense, describió así su labor: “Construimos modelos para explotar cuanto sabíamos de los usuarios y pusimos el objetivo en sus demonios interiores. Sobre esa base fue construida la compañía al completo”. La alusión a los “demonios interiores” podría referirse a esas dudas y contradicciones de los encuestados cuya manipulación serviría para desactivar su intención de voto. Pero también permite inferir un principio de identificación entre el incalculable fondo histórico del inconsciente colectivo y el ciberespacio a través de los mensajes sellados. Al igual que el inconsciente, el ciberespacio es una corriente de datos no ubicable más allá de una red de remotos servidores interconectados. Pero su información, literal y autocontenida frente a la fugitiva y metafórica del inconsciente, se encuentra disponible mediante una amplia gama de tecnologías de acompañamiento, aunque esa disponibilidad demanda una voluntad no siempre tácita de convertirse uno mismo, desde la simple pulsación de un enlace, en emisor de información y paquete de datos.

Dentro de una narrativa donde cualquier individuo es reducible a una serie de mensajes electrónicos, fotografías subidas a la nube y avatares interrelacionados, no parece extraño pensar en corporaciones dedicadas al diseño y fabricación de nuevos demonios interiores, destinados a reemplazar el viejo templo de las imágenes arquetípicas por contenidos meméticos, a veces protegidos por el sigilo, en un constante proceso de superposición. Esta nueva forma de inconsciente prediseñado nos llevaría a un último reemplazo, cuyo proceso apenas acaba de ponerse en marcha: la sustitución del alma humana —entendida como ese prisma del saber que, a través del arte, proyecta la realidad cotidiana hacia una realidad trascendente— por la información. A la luz de este escenario, no deja de ser revelador que la herramienta para trazar el perfil psicológico de los encuestados por Cambridge Analytica utilizara el “modelo de los cinco grandes”, más conocido por su acrónimo inglés OCEAN. El nombre hace pensar en un horizonte agitado, vivo, en constante cambio, como la propia Red: pero no estará de más señalar que el océano era la metáfora predilecta de Jung al referirse a ese misterioso tallador de cuanto somos del inconsciente colectivo.