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Letras de luz, misterios escondidos

El cuarto tomo de las 'Obras Completas' de María Zambrano recupera la parte más radical de su pensamiento

María Zambrano, vista por Sciammarella.
María Zambrano, vista por Sciammarella.

Seguramente en El hombre y lo divino, publicado originalmente en 1955 y completado en 1973, quedaron ya anunciados los derroteros por los que iban a discurrir algunos de los libros más importantes de la última etapa de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991). La pensadora se asoma en ellos al abismo y rompe con los estrechos márgenes de la vieja razón para acercarse a un conocimiento que ya no está reñido con la vida, sino que se hace uno con ella, que la dice. El camino que va a emprender es el de la razón poética, una razón que ya tiene poco que ver con la otra, ésa que necesita antes que nada construirse como tal, definir sus estrategias, buscar un argumento, servirse de unos conceptos, armar un corpus para medirse y entender cuanto ocurre. Nada de eso le interesa a María Zambrano; su camino es el contrario, el de ir rindiéndose a un proceso de despojamiento radical. No se trata tanto de construir, sino más bien de irse desprendiendo, más y más, hasta alcanzar la disposición de recibir: el conocimiento, la verdad, la vida, lo que permanece unido, lo que no está roto.

Los dos tomos del cuarto volumen de las Obras completas de María Zambrano reúnen seis libros, los que escribió ya al final de su vida, en los que va más lejos y donde arriesga al máximo, ahí donde la filosofía se acerca y se mezcla y se confunde con la poesía y la mística. En el primer volumen (1977-1986), que acaba de aparecer, están Claros del bosque (1977), De la Aurora (1986) y Senderos (1986). El segundo (1986-1990) recoge Notas de un método (1989), Algunos lugares de la pintura (1989) y Los bienaventurados (1990). Con los cuatro primeros volúmenes de estas Obras completas se puede disponer ya de los 23 libros que publicó María Zambrano durante su vida. Los textos autobiográficos se recogieron en el sexto, y los otros tres (el quinto, el séptimo y el octavo) van a contener sus artículos y piezas inéditas.

En el periodo final de la pensadora la inteligencia se abre, las imágenes se deslizan, brota el delirio

Cuenta Jesús Moreno Sanz, el responsable de la titánica tarea de editar con rigor y primor toda la obra de la pensadora malagueña, que ya en La tumba de Antígona (1967) aparecían referencias a los “claros del bosque”, a la “aurora”, a los “bienaventurados”, asuntos que son centrales en los trabajos más destacados de su último periodo. Es importante señalar que Senderos es una reedición, en la que se empeña María Zambrano en 1986 y que ofrece conjuntamente Los intelectuales en el drama de España (1937-1939) y la pieza sobre Antígona. El otro trabajo, Algunos lugares de la pintura, reúne ensayos muy personales relacionados con el arte. “Saber contemplar, ¿no era acaso lo que le había pedido a la Filosofía?”, dice en uno de ellos. “Saber contemplar debe ser saber mirar con toda el alma, con toda la inteligencia y hasta con el llamado corazón, lo cual es participar, la esencia contenida en la imagen, volverla a la vida”. María Zambrano, en estado puro.

¿De qué se trata entonces? ¿Qué es lo que explora la pensadora en esos “claros del bosque” de su última época? No siempre es fácil entrar en la abigarrada escritura de algunos de estos trabajos. La prosa está cargada de electricidad, las palabras llaman a otras palabras, la filosofía abandona sus tradicionales maneras para convertirse en otra cosa. “Y así, aquel que distraídamente se salió un día de las aulas acaba encontrándose, por puro presentimiento, recorriendo bosques, de claro en claro, tras el maestro que nunca se le dio a ver: el único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad”, escribe en Claros del bosque. Y después: “Y al perderse en esa búsqueda, puede dársele que descubra algún secreto lugar en la hondonada que recoja al amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse”.

Un lugar secreto que recoja al amor herido cuando va a recogerse: María Zambrano ya había advertido poco antes que ahí, en los “claros del bosque”, no hay sino herida y silencio. “Todo ello no conduce a la pregunta clásica que abre el filosofar, la pregunta por ‘el ser de las cosas’ o por ‘el ser’ a solas, sino que irremediablemente hace surgir desde el fondo de esa herida que se abre hacia dentro, hacia el ser mismo, no una pregunta, sino un clamor por aquello invisible que pasa sólo rozando”.

La prosa está cargada de electricidad, la filosofía abandona sus maneras para convertirse en otra cosa

Así es el mundo de María Zambrano de ese periodo final. La inteligencia se abre, las imágenes se deslizan, brota el delirio. El vacío y el centro, la visión y la llama, el abismo, la angustia. Trata de la cicuta, de la medusa, de los ojos de la noche, no escapa del terror, medita sobre la cruz, se sirve de la metáfora del corazón. Son como manotazos o, si se prefiere, iluminaciones. “Pues que la vida aparece casi de incógnito, sin esplendor alguno; la pobre vida”. Es ahí hacia donde apunta, a que la vida irrumpa.

María Zambrano regresó de su largo exilio en noviembre de 1984. Fue entonces cuando animó a Jesús Moreno Sanz a preparar la publicación de De la Aurora. Lo hacían los fines de semana: buscar los papeles en una maleta, ordenarlos, descartar lo que la filósofa desechaba. Fue una “composición” en el sentido musical, confiesa el amanuense, “pues era verdad que María funcionaba totalmente de oído, lo que siempre dijo de sí misma, pero a lo que en ese momento estaba totalmente obligada por su casi total pérdida de vista y de movilidad”.

Dice también Moreno Sanz, y ahí está seguramente la llave para abrir De la Aurora y sus otros escritos de este periodo final, que la vía por la que discurren no hay otra que calificarla de “gnóstica”. En el prólogo explica que para María Zambrano estos trabajos contienen su metafísica integral, “y que al ser integral ha de incluir también una explicación de la experiencia mística como radical experiencia humana, de la que la mística es una plena realización”.

Sea como sea, son las palabras lo que importa en María Zambrano. Lo dice en Claros del bosque: “Las palabras de verdad y en verdad no se quedan sin más, se encienden y se apagan, se hacen polvo y luego aparecen intactas: revelación, poesía, metafísica, o ellas simplemente, ellas. ‘Letras de luz, misterios escondidos’, canta de las estrellas Francisco de Quevedo”. Así también su obra final, que no es más que otro lugar hacia el que lanzó la flecha, “ese surco apenas abierto en el aire”, cuando decidió dedicarse a la filosofía.

Obras completas. Volumen IV. Tomo I: Libros (1977-1990). María Zambrano. Edición de Jesús Moreno Sanz. Galaxia Gutenberg, 2018. 915 páginas. 39 euros.