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En el límite del bien y del mal

La película es nefasta cuando se deja llevar por la chanza zafia que contarían sus personajes

En tiempos del #MeToo, de manifestaciones multitudinarias de mujeres, de transversales y justas reivindicaciones feministas, aquí llega una comedia sobre un grupo de amigos cuarentones que monta una asociación secreta para ser infieles a sus esposas y así recuperar la pasión perdida, porque igual es que no hay otro modo. La idea, que parece salida de un filósofo de forocoches, es, desde luego, valiente. Quizá resultona, dependiendo del tono utilizado y del desarrollo que se le otorgue a la historia y a los personajes. Culminada la película, eso sí, se puede decir que no solo es suicida sino también profundamente machista.

EL CLUB DE LOS BUENOS INFIELES

Dirección: Lluís Segura.

Intérpretes: Raúl Fernández de Pablo, Hovik Keuchkerian, Fele Martínez, Juanma Cifuentes.

Género: comedia. España, 2017.

Duración: 85 minutos.

Muy bien construida en su estructura, alzándose por encima de sus dificultades presupuestarias con un formato de falso documental, entrevistas a cámara, infografías, ralentís, cambios de formato, buena música, interpretaciones notables y excelente montaje, El club de los buenos infieles parece la fusión entre El club de la lucha y Resacón en Las Vegas, con ecos del gurú de la autoayuda que interpretaba Tom Cruise en Magnolia. Sin embargo, aquí lo acaba decidiendo es el tono. Y el impuesto por el debutante en la dirección Lluís Segura, compañero de escritura de J. A. Bayona en sus inicios como cortometrajista —Mis vacaciones, Los perros de Pavlov, El Hombre Esponja—, y sus tres compañeros de guion —Sara Alquézar, Ingride Santos y Enric Pardo—, acaba teniendo una simpatía excesiva por sus patéticos personajes.

Que sus protagonistas son siete cafres, a los que van siguiendo otros cuantos cafres, y así hasta acabar conformando una verdadera legión de cabrones, no hay quien lo niegue. Que la película es una alegoría, con sus dosis de exageración, tampoco. Pero el cariño por sus criaturas es palmario y el desenlace debería haber inclinado la balanza en lugar de ser, en cierto modo, peligrosamente equidistante. Y basta con analizar el comportamiento de las (pocas) mujeres que salen en la historia.

El club de los buenos infieles apunta maneras en los momentos contados en los que se acerca a la ridiculización —“yo es que no lo entendía mucho, porque hablaba muchas partes en inglés, pero luego se notaba que era… como de Jaén”—, y es nefasta cuando se deja llevar por la chanza zafia que contarían sus personajes: esos dos chistes cuarteleros seguidos, que parecen incluidos para la provocar la risa de sus espectadores objetivos, justo los que se parecen a sus personajes. De modo que, como reza la canción generacional que mueve a la pandilla, En el límite del bien y del mal, de La Frontera, solo queda que cada cual asuma sus compromisos: artísticos, cómicos y éticos.

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