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Bailar la trascendencia

Pocas cosas resultan tan estimulantes para la crítica como un autor en crisis o en proceso de búsqueda, como es el caso de Bruno Dumont

'Jeannette, la infancia de Juana de Arco'
Lise Leplat Prudhomme, como Jeannette en la película de Bruno Dumont.

JEANNETTE, LA INFANCIA DE JUANA DE ARCO

Dirección: Bruno Dumont.

Intérpretes: Lise Leplat Prudhomme, Jeanne Voisin, Lucille Gauthier, Gery De Poorter.

Género: musical. Francia, 2017.

Duración: 107 minutos.

Pocas cosas resultan tan estimulantes para la crítica como un autor en crisis o en proceso de búsqueda. Tras haber consolidado su acusada identidad artística con seis largometrajes que le situaban en un territorio equidistante entre la herencia bressoniana y las nuevas poéticas de la transgresión, Bruno Dumont empezó a cuestionar su propia poética y a aventurarse en otros territorios expresivos, que, en primera instancia, le llevaron a proponer la arriesgada propuesta dramatúrgica de Camille Claudel 1915 (2013) –donde Juliette Binoche interactuaba con las internas reales de un psiquiátrico-, y, más tarde, a partir de la serie televisiva El pequeño Quinquin (2014), a indagar en las posibilidades de una retorcida y excéntrica comicidad que nunca se había manifestado en su universo creativo. Tras La alta sociedad (2016), que al mismo tiempo era una ampliación del campo de batalla de sus registros cómicos y, como la anterior, una suma bufa de los temas y obsesiones que han recorrido su filmografía, Jeannette, la infancia de Juana de Arco se presenta ahora como el más desafiante problema que el cineasta plantea a sus espectadores.

Relato del origen, la película se aproxima al momento en que la niña pastora Jeannette se transforma, tras un intenso debate interior de resonante peso teológico, en Juana de Arco: es decir, en mito redentor y futura mártir destinada, entre otras cosas, a ocupar un lugar de oro en el imaginario cinematográfico del siglo XX. Dumont parte de las obras teatrales –o Misterios Líricos- Jeanne d’Arc (1897) y Le Mystère de la Charité de Jeanne d’Arc (1910), dos trabajos que flanquean la conversión al catolicismo del socialista Charles Péguy, pero contrapuntea -¿o sabotea?- la esencialidad lírica de esas fuentes convirtiendo su película en una ópera-rock -¿o electro-pop?- donde las interpretaciones a capela con sonido directo se convierten en uno de los muchos elementos en juego para apartar la película de un camino de perfección.

Dumont, Jeannette y Péguy tienen en común haber alcanzado en sus respectivas existencias un radical punto de transformación. Nadie podía prever que una película sobre Juana de Arco convirtiera el headbanging en su más insistente recurso expresivo: si el cineasta pretende perderle el respeto al personaje o, por el contrario, universalizarlo a través de los códigos del juego infantil es bastante más difícil de dilucidar que la certeza de estar ante una película única, desbordante de energía lúdica y cargada de estímulos para el debate.