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Bécquer no era idiota

'Camino Soria', Gabinete Caligari y la irrupción del rock castizo

Imagen de los miembros de Gabinete Caligari tomada en Soria por Alberto García-Alix. Ampliar foto
Imagen de los miembros de Gabinete Caligari tomada en Soria por Alberto García-Alix. Contra

Tal vez ya estén al tanto: el 8 de marzo sale una edición remasterizada de Camino Soria,el LP que elevó a Gabinete Caligari al cielo de la popularidad (que, ay, desembocaría en el infierno de la saturación). Se adelanta un inteligente libro del mismo título, publicado por Contraediciones y firmado por Edi Clavo, baterista del grupo.

¿Un making of del citado disco? Permítanme avisar que no hay tomos similares en la bibliografía del pop. Asombra el detallismo del autor, que ha debido dedicar meses a investigar exhaustivamente fechas y lugares. Atención: digo “investigar”, no chapotear en Internet, que es lo que ahora hacemos.

Ese andamiaje descriptivo se anima con un torrente de anécdotas que captan el todo-vale de aquella década: el saxofonista Ulises Montero presentándose a grabar con un clarinete (su saxo Yamaha está inmovilizado en casa del camello, como prenda de una deuda) o Jaime Urrutia preparándose a saltar como espontáneo al albero de Las Ventas, ¡todo sea por la promoción!

Así que aquí tienen hasta más de lo que necesitan saber sobre el proceso de composición, grabación y presentación de Camino Soria en 1987. Asombra que aquellas canciones tan paisajísticas se plasmaran en Doublewtronics, un estudio de dimensiones agobiantes, capitaneado por un científico del sonido llamado Jesús N. Gómez. ¡Tiempo de milagros! Todos los implicados se sumaron a la tarea de maridar el clasicismo del pop inglés de los sesenta con ciertas esencias de la españolidad, planteada incluso en términos chocarreros: “Bécquer no era idiota/ ni Machado un ganapán”.

Una consecuencia, todo sea dicho, del bofetón de realidad que supuso el servicio militar. Y de una tajante decisión de profesionalizase: “Los experimentos y las bromas habían quedado atrás”. Hasta aspiraron a representar a TVE en Eurovisión. Con el salto de la independiente DRO a la multinacional EMI, jugaban en la primera división.

Eso suponía lidiar con las revistas especializadas, los periodistas de medios generalistas, las emisoras y los programas de televisión con contenido musical. Todos son historiados y desfilan por el relato en compañía de sus colegas de escenario y lo que entonces se conocía como “industria musical”.

Aparte de algunas pullas a Mecano, Edi se muestra respetuoso con todos. Ejerce de testigo impávido: nadie se enterará de que por estas páginas pululan algunos de los mayores mafiosos que ha producido el negocio. Puede que no lo apreciara en el vértigo del ascenso pero lo sufriría en la década de los noventa, cuando su trío perdió gas y fue arrastrándose hasta una disolución ignominiosa, en 1999.

Puestos a afinar, uno lamenta la falta de profundidad en el retrato de los tres miembros de Gabinete Caligari. Nada se cuenta de su origen social, sus estudios, sus habitáculos, su vida extramusical. Y tampoco del dinero, mejor dicho, de su reparto, esa bomba de relojería que siempre termina estallando.

Ya, ya: son preguntas de periodista impertinente y uno espera que queden respondidas en un futuro libro de Clavo. Su ausencia deja un hueco helado en el corazón de una narración apasionante.

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