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Moralidad de la mirada

El trabajo de Anne-Dauphine Julliand está muy lejos del discurso de autoayuda y se eleva como rotunda lección de apuesta humanista

'Ganar al viento'
Dos de los niños de 'Ganar al viento'.

Un gallo se pasea solitario por un jardín, mientras un niño contempla sus pasos erráticos. Las gallinas que vivían con él han muerto, nos cuenta. Si el gallo consigue vivir el tiempo suficiente, es posible que se olvide de su pérdida y consiga superar su tristeza, reflexiona el niño, como si fuese la versión en miniatura de un filósofo estoico. El niño se llama Tugdual, tiene ocho años y padece neuroblastoma. Es uno de los cinco protagonistas de Ganar al viento, primer documental de Anne-Dauphine Julliand, periodista que volcó su experiencia personal como madre de una niña con leucodistrofia metacromática en el libro Llenaré tus días de vida y detalló la supervivencia de su familia al duelo tras la muerte de la pequeña en el posterior Un día especial.

GANAR AL VIENTO

Dirección: Anne-Dauphine Julliand.

Documental. Francia, 2016.

Duración: 79 minutos.

Tugdual no es el único portador de una desconcertante, transformadora sabiduría vital en Ganar al viento: Camille, otro niño con neuroblastoma, suelta con pasmosa serenidad que está enfermo desde que se hallaba en el vientre materno y que solo dejará de estarlo cuando muera. No hay atisbo de dolorosa resignación en sus palabras. En otros casos, los niños filmados por Julliand se revelan capaces de neutralizar, a través de un lenguaje entre candoroso y poético, las resonancias siniestras de su diagnóstico: Charles, de nueve años de edad, prefiere decir que su piel “es tan frágil como las alas de una mariposa” antes que hablar de la epidermólisis bullosa que condiciona su día a día.

Sobre el papel, Ganar al viento es uno de esos proyectos que parecen invitar a ponerse en guardia: un documental en torno a cinco niños con graves enfermedades, que recurre al tópico de presentarse como una afirmación de la vida. El trabajo de Anne-Dauphine Julliand, no obstante, está muy lejos del discurso de autoayuda y se sitúa a años luz de todo golpe bajo emocional para elevarse como rotunda lección de mirada humanista aplicada a un territorio extremadamente delicado. Lo que le interesa a la cineasta es, en suma, una vitalidad en presente, colocando la cámara siempre a la altura de unos menores que no son objeto de estudio, sino que ejercen de anfitriones activos en esta visita a una cotidianidad marcada por la gestión de la enfermedad y la conciencia de no disponer de todo el tiempo del mundo. Lo que ha logrado Julliard es, en definitiva, el triunfo de una incontestable moralidad de la mirada.