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COLUMNA

Peste de vocalización

Debate sobre las dificultades para entender el acento andaluz de los actores en la nueva serie española

Solamente por escrito tenemos todos el mismo acento. En la lengua hablada, sin embargo, el idioma español es la suma de sus variedades. Y no sobra ni una. Los hispanohablantes se entienden al margen de que medien miles de kilómetros entre sus pueblos, y en ello radica la unidad de nuestra lengua, que pasa por encima de las realizaciones fonéticas que sean propias de cada lugar.

El estreno de la serie La peste (Movistar +) ha desatado cierta polémica a cuenta del acento andaluz que muestran la mayoría de los actores. Muchos testimonios en las redes sociales critican que no se les entienda bien, y la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, ha terciado en el asunto para responder, en Twitter: “Si La peste está ambientada en Andalucía, lo lógico es que se hable con acento de aquí. Ya está bien de estereotipos, tópicos y prejuicios”.

Las series históricas realizadas en España se mueven entre dos tensiones: respetar la época en que se desarrolla la acción (vestuario, utensilios, costumbres...) y hacerla atractiva al espectador actual, lo cual implica ciertas renuncias en la precisión del lenguaje.

Peste de vocalización

Algunas de ellas merecen comprensión: no siempre se pueden reproducir el vocabulario y la fonética de una época. Pero otras de esas incongruencias resultarían fácilmente evitables. Por ejemplo, en La peste se percibe muy improbable una frase como “hay que poner un hombre armado cada 200 metros”, porque el sistema métrico no se estableció hasta un siglo después y, como señaló en este diario el lector Antonio López San Román en una carta al director, en el XVI se medía en pies, en leguas, en varas, arrobas….

También se hace extraño que un sacerdote de la Santa Inquisición rece en castellano —y no en latín— el Anima Christi. Y se ve muy improbable una frase como “enséñame las axilas”, porque esta palabra no se documenta en español hasta el siglo XVII. En la época y contexto de La peste, cabe imaginar mejor “enséñame los sobacos”.

Y más raro aún parece que el protagonista encuentre en un libro las iniciales EVV (ex veritate vita) y las deletree como “e-uve-uve”. La denominación actual de la “uve” es tan reciente que en la España del siglo XIX aún se le llamaba “ve” (la confusión con la “be” terminaría produciendo el nombre “uve”, que no aparece en el Diccionario hasta 1947). En latín, idioma que el protagonista conoce, esas iniciales se habrían leído “e-u-u”. El mismo personaje, por otro lado, acababa de mostrar una gran finura léxica al sugerir “perpetuo” en vez de “eterno” para la traducción de un texto de Apuleyo que había acometido el citado sacerdote (enhorabuena por ello a los guionistas).

Peste de vocalización

Al margen de esos detalles, La peste me pareció un trabajo excepcional en casi todos los demás aspectos. Pero no en uno de ellos: la forma de articular las palabras. Y no por el acento andaluz. Cualquier hispanohablante que visite hoy Sevilla se entenderá sin problemas con sus habitantes; y lo mismo ocurría en el siglo XVI. El problema de ciertos actores españoles, y en este caso de algunos que actúan en La peste, reside en la vocalización, aunque los prejuicios puedan desviar esa mala percepción hacia el acento.

En los tres capítulos que he visto, hube de rebobinar varias veces para escuchar de nuevo alguna expresión, tanto en boca de actores andaluces como de los que hablaban con acento castellano. Sin embargo, los casos que me provocaban dudas de audición no arruinan la atractiva trama, ni el ambiente, ni la sensacional reconstrucción histórica, todo lo cual redondea un trabajo formidable.

Pero vale la pena recordar que las series anglosajonas suelen contar con lo que en aquel mundillo denominan dialect coach, o asesor lingüístico. Aunque en las firmas finales de La peste sí figura un asesor histórico (Pedro Álvarez), no hallé el nombre de un experto que afinase la dicción y la reconstrucción lingüística con la misma propiedad. Quizás con esos consejos se habría vocalizado mejor y nadie le habría echado la culpa al acento.

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