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El apestoso poderío de ‘La peste’

El despliegue como producción de esta serie es impresionante, con la trama puesta al servicio de la reconstrucción de época y el lucimiento de la ambientación

En las estrechas callejuelas y los saturados hospitales se acumulan los enfermos y los muertos. La suciedad y las altas temperaturas ayudan a que se propaguen las enfermedades en la Sevilla del XVI. Viendo La peste, la flamante nueva gran apuesta de Movistar +, cuesta respirar. Casi se puede oler esa Sevilla que a los poderosos les daba tantas oportunidades para hacerse más poderosos aún pero en la que la gran mayoría de la población vivía en unas condiciones lamentables. La investigación de unos asesinatos lleva al espectador a recorrer ese lado menos vistoso, la cara menos bonita de la ciudad.

Detrás de La peste, creación de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, hay 10 millones de euros para sus seis capítulos. Posiblemente sea la serie más cara de la historia en España. Y se nota. El despliegue como producción es impresionante. La trama, la parte más floja de esta serie, está puesta al servicio de la reconstrucción de época (la ciudad ha cambiado mucho desde el XVI) y su espectacular fotografía y ambientación. La investigación lleva a Mateo y Valerio, los dos protagonistas interpretados por un gran Pablo Molinero y por Sergio Castellanos, a recorrer hospitales infectos, pasillos subterráneos que ocultan secretos, ver pilas de muertos amontonados en carros o codearse con la Inquisición.

La peste también conduce al espectador a los salones de la clase adinerada con Luis de Zúñiga, interpretado por un Paco León al que cuesta ver fuera de su tono habitual. Y, con él, los usos y costumbres de las altas esferas. El escaso hueco que había en esta sociedad para las mujeres lo vemos a través de Teresa (Patricia López Arnáiz), que tiene que luchar contra ese rechazo en según qué ámbitos. Porque el lugar para ellas parece que estaba o en el hogar o en la calle como prostitutas.

El apestoso poderío de ‘La peste’

La peste no será una serie para todos los espectadores. Es oscura —tanto que a veces cuesta distinguir lo que ocurre en pantalla—, dura —ojo a una escena del último capítulo que pone la piel de gallina—, llena de detalles. Una serie que habla de la España de entonces pero que explica muchas cosas de la de ahora. No es fácil engancharse a su trama lenta, que solo es una mera excusa para que luzca la época en todo su apestoso esplendor. La peste es una producción que nada tiene que envidiar a la mayoría de las que llegan de fuera, con una duración acorde con los formatos internacionales y una historia muy local pero perfectamente exportable. La televisión hace tiempo que dejó de ser la hermana pequeña del cine y se quitó los complejos de encima. Como ocurre fuera, aquí también se comparte talento creativo en los dos formatos, cada uno con sus pros y sus contras. Porque, aunque tenga nombres del cine detrás, La peste es televisión de la buena. De la muy buena.

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