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Un espía tan infame como adorado

El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz publica ‘La herida’, de la saga superventas de su agente secreto Remil

Jorge Fernández Díaz, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, el pasado 18 de enero.rn
Jorge Fernández Díaz, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, el pasado 18 de enero.

El nombre del protagonista de la saga de Jorge Fernández Díaz dice muchas cosas. Remil puede sonar a nombre europeo, pero en realidad es un apocope de “hijo de remil putas”, que es como lo llaman sus compañeros espías. Es un agente de inteligencia argentino, muy diferente del Pepe Carvalho de Montalbán o el comisario Montalbano de Andrea Camilleri. “Un héroe infame del siglo XXI, un agente de inteligencia que se dedica a los negocios sucios de la política”, resume el autor. Compra o chantajeas a jueces, periodistas, políticos. Que es lo que suelen hacer los agentes en la realidad. Y cuenta Argentina y Latinoamérica mucho mejor que las noticias reales a las que el periodista Fernández Díaz dedicó media vida pasada en las redacciones.

Remil es un fenómeno editorial imbatible en Argentina. Ya lo fue con su primera novela, El puñal, con 90.000 ejemplares y ahora con La herida (Destino), recién publicada, se ha multiplicado. Se han vendido 80.000 en diez semanas, ha destronado incluso a Dan Brown. La novela llega a España con un anfitrión de lujo, Arturo Pérez Reverte, amigo de Fernández Díaz desde hace 25 años, que presentará el libro el martes a las 19:30 en la Fundación Telefónica. Pérez Reverte le ha prometido a su amigo que Lorenzo Falcó (el espía sin escrúpulos que protagoniza varios de sus libros) “se retirará en Buenos Aires, se hospedará en el Hotel Alvear, almorzará en La Biela y se reunirá de tarde en tarde con los personajes de La herida”.

Fernández Díaz es un argentino que presume de españolidad. Hijo de asturianos, tuvo su primer gran éxito con Mamá, la historia de esa emigrante invencible que vio cómo su vástago se convertía en un referente del periodismo y la literatura argentinas. El escritor, que acaba de entrar en la Academia de las Letras de este país, es famoso allí por sus columnas de opinión en La Nación y su programa diario en Radio Mitre, pero está enamorado de Remil y parece dispuesto a arrancar una larga saga como Montalbán o Camilleri. “Remil es políticamente incorrecto, pero de algún modo querible: las lectoras se enamoran de él y los lectores quisieran tomarse una copa y tenerlo a mano. Podría ser un Bond de los países emergentes. Un Bond sin las ingenuidades ni los exotismos bizarros de Fleming”, cuenta.

El libro transcurre entre Argentina e Italia, y no disimula su deseo de ser creíble desde la ficción. Hasta el Papa Francisco, omnipresente en todas las conversaciones argentinas, tiene un papel destacado en la novela. El periodista se libera como escritor. “Durante 35 años he sido periodista de trinchera y sé que nosotros solo podemos contar el 20% de lo sabemos, porque el resto no tenemos forma de probarlo. Esa frontera infranqueable siempre me resultó atractiva: yo podía cruzarla con la ficción. Contar como novelista lo que no podía hacer como articulista o reportero. Remil es el resultado de esa necesidad”.

Esa idea de contar la realidad a través de la ficción, tan latinoamericana, recorre la vida de Fernández Díaz y marca un momento personal clave. “A los 15 años, mi padre, asturiano, camarero de bar, descubrió que yo pretendía ser escritor y entendió que yo quería ser vago. Me dio por perdido. Estuvimos cerca de ocho años sin poder hablarnos cara a cara, totalmente alejados. Cuando era reportero de sucesos en un diario de la tarde, a los 25 años, escribí una novela por entregas que revelaba todo lo que sabíamos pero no podíamos contar de la mafia del fútbol. Un día suena mi teléfono y era mi padre; quería saber cómo iba a seguir la historia al día siguiente. Me saltaron las lágrimas y disimulé que no estaba llorando. Mi padre quería tener el privilegio de anticiparles a los parroquianos del bar cómo seguía la historia. Le conté. Me fui al baño y me puse a llorar. A partir de ese momento, nos amnistiamos mutuamente. La literatura, que nos había distanciado, nos volvió a unir”.

Fernández Díaz dibuja en La herida, una novela de acción sin descanso, un mundo despiadado y corrupto en el que todo se compra y se vende. Incluso la supuesta heroína, una monja que intenta arrebatar a niños del narco en la peor villa miseria de Bueno Aires, parece haber perdido la fe, rendida ante la fuerza de la realidad. Su desaparición es el eje de la trama. Nadie se salva, como sucede en una realidad política y social que conoce como pocos.

De hecho, El puñal, la primera de la saga, parecía inspirada en el caso Nisman, el fiscal que apareció muerto hace tres años y sigue siendo un misterio, aunque fue escrita antes de que sucediera. El escritor dice que el crimen de Nisman, si no fuera real, sonaría muy exagerado en la ficción. “No me hubiera atrevido a hacer una novela con un caso similar: es todo tan chapucero, tenebroso y exagerado que los lectores no me habrían creído. Dirían que no es verosímil. Un fiscal denuncia un oscuro pacto con una nación sospechada de terrorismo, y al día siguiente aparece “suicidado” en el baño de su casa. Y el Gobierno se dedica a ensuciar su historia y a borrar las huellas, y al final se descubre por una pericia que fue un homicidio. Y todo para cubrir a presuntos autores de un atentado que dejó 80 muertos. La impunidad del asunto es escalofriante. Ése es el mundo en que se mueve Remil y el que me permito desvelar”.

Todo es ficción, pero tan real que hasta los propios espías le felicitan. “Cuando publiqué El puñal me llamaron para decirme que varios Remiles querían que les firmara un ejemplar. Al enterarme quiénes eran (expertos en Inteligencia criminal, policías de élite entrenados en Estados Unidos y Europa, leyendas vivas), los invité a almorzar. No solo no me había equivocado técnicamente en nada, sino que incluso uno de ellos me preguntó: “¿Cómo sabías lo de los tres muertos en el sur?” En esa trama, tres chorizos se equivocan y roban un camión de cocaína, y los matan. “Lo imaginé”, le respondí con sinceridad. No me creía; esos tres chicos estuvieron en la morgue y nadie fue a buscarlos durante tres meses, porque los Remiles los estaban esperando para detenerlos. Pensé: “En este país te pueden matar por algo que imaginas”. Una novela especial, una ficción plausible contada de forma eficaz para devorar a toda velocidad imaginando un mundo no muy alejado de la realidad. Por algo es un superventas en Argentina, un país de lectores exigentes.

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