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COLUMNA

Sofía Loren y las nuevas maneras de leer

Estamos en tiempos de una lectura estrecha, que se conforma con lo primero que ve para resumir hasta la biblia en pasta

Sofía Loren, en una librería de Manchester en 2010.
Sofía Loren, en una librería de Manchester en 2010.

Demasiado atrevido fue quien inventó aquella manera de resumir: “He leído Guerra y paz. Va de Rusia”. Creía que se estaba riendo de un imposible. Ahora abres las redes sociales, ¡y los periódicos!, y es posible leer en éxtasis a descubridores de libros de los que se dice solo una línea. “Trata de Rusia”. Bagaría inventó, con Miguel Mihura, una alegoría para empequeñecer la lluvia: Dos hombres hablan bajo una gota enorme que cae sobre el pueblo. “¿Y esto qué es?”, dice uno. “Una nueva manera de llover: cae una gota enorme y ya es la lluvia”.

Sofía Loren dijo que ella había empezado a ser tenida en cuenta cuando empezó a crecer a los lados. Estamos en tiempos de una lectura estrecha, que se conforma con lo primero que ve para resumir hasta la Biblia en pasta. Lo que se lee en seguida, aunque no contenga nada, se hará viral si contiene al menos un insulto, una definición terminante, un rumor suculento. “Hemingway era un poco homosexual”. Y mil moscas acuden a los likes.

Las redes impactan porque parecen resúmenes de lo que pasa. Resúmenes en los que se unen falsedades, que ya llamamos fakes, e insolencias, todo mezclado con ideología. Desde ese pedestal se dicta lo que se debe leer en prensa. Ya no depende de si la información es buena o mala: la línea de la calidad es la fidelidad a un sector u otro del griterío. Like, No like. Y te quedas tan pancho.

Las redes han monopolizado también la sensación de leer. ¿Dónde lo has leído? “Lo he leído en Twitter”. Escritores importantes aparecen en el periódico opinando de lo que han leído o de lo que han visto, y siempre leerás en Twitter o acullá a quienes dicen que jamás leerían una línea de ellos porque ya compraron sus sambenitos. “Porque no me gusta lo que piensan, no me gustan lo que son, no me gustan y punto, etcétera”.

Es una nueva manera de leer: se deja de leer y ya es como si lo hubieras leído todo. Lees el principio de una información o de un artículo o de un libro y, según el periódico que sea o el autor que sea, ya es verdad o mentira, o ya es basura y punto, para qué más.

El esfuerzo del periodista para contextualizar su información, para abrevar en fuentes distintas sobre una misma materia, el esfuerzo mismo de cualquier periódico por contextualizar la realidad se va al pozo. El esfuerzo de un escritor deja de tener trascendencia porque simplemente el otro día dijo que le gustaba Ciudadanos, o Podemos, o vete tú a saber qué. Da igual lo que digas, las redes tienen su dedo de borrar, o de tachar, desde el baluarte incólume de la certidumbre ideológica.

Con los libros pasa y pasa con las discusiones y con las conversaciones. Se ha infantilizado, qué quieren que les diga, la lectura, y esta ha de ser minuciosa y detenida, de nuevo. Para eso, como dice Timothy Snyder en Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg), hay que volver a leer periódicos, detenidamente; las informaciones de los periódicos, lo que de verdad dicen; no lo que te dicen que dicen, sino aquello que proviene del viejo oficio de informar para hacer que los otros sepan. Ahora estamos, otra vez, en la era infantil de la lectura: se lee solo lo que salta a la vista. Cuando crezca la lectura hacia arriba todos los nuevos inventos nos ayudarán a entendernos. Ahora a lo que contribuyen los nuevos inventos es, para nuestra desgracia, a confundirnos más, mostrándonos solo una parte minúscula del esfuerzo que hay que hacer para que llueva de veras sobre el pueblo.

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