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En los laberintos de la tecnología: aceleración, monopolio y precariedad

Una amplia literatura crítica explora desde perspectivas complejas el impacto del desarrollo digital

Ilustración de Karl Marx.
Ilustración de Karl Marx. GETTY

La revolución digital no le sentó nada bien a los primeros ensayos sobre la revolución digital. Durante mucho tiempo proliferaron los estudios tecnológicos morbosos –tanto apocalípticos como integrados– caracterizados por una desconcertante miopía histórica. El conjunto de problemas al que los tecnólogos prestaban atención estaba modulado por el ritmo de lanzamientos comerciales de nuevos gadgets o servicios electrónicos. En cambio, se eludía el análisis de las ambigüedades y los conflictos sociales, políticos y económicos del nuevo ecosistema comunicativo. Con frecuencia resultaba difícil distinguir los estudios de académicos de prestigio de la publicidad corporativa de Silicon Valley. En los últimos años, las tornas han cambiado y se ha abierto la espita de una amplia literatura crítica que explora desde perspectivas mucho más complejas el sentido y el impacto del desarrollo tecnológico contemporáneo.

El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital es un ejemplo paradigmático de esta evolución. Remedios Zafra realiza una reflexión sobre la vampirización tecnomercantil del compromiso creativo en un contexto de precarización social. La digitalización ha sido la salida que recurrentemente se ha propuesto para transformar los efectos negativos de la flexibilización laboral en un círculo virtuoso de reinvención personal basada en la autoformación y la innovación. Las herramientas digitales habrían universalizado la posibilidad de romper las cadenas del trabajo fordista, la monotonía alienante de la estabilidad laboral. Nos ofrecerían la posibilidad de surfear el tsunami de la desregulación para disfrutar de carreras laborales mucho más emocionantes y libres. Zafra muestra las zonas de sombra de ese proyecto, particularmente evidentes en el caso de las llamadas profesiones creativas. Los empleos vocacionales relacionados con la producción cultural y artística son un tubo de ensayo donde se observa con nitidez como la precarización no produce una humanización del trabajo sino una laboralización de la subjetividad. La tecnología es un ingrediente esencial de esa evaporación de la frontera entre empleos de baja calidad y vidas dañadas.

Por supuesto, no todas las defensas de las potencialidades sociales de la tecnología digital implican una legitimación subrepticia de la explotación. Debemos a los autodenominados “aceleracionistas” una exploración cabal de un catastrofismo emancipador apenas esbozado en un puñado de textos de Marx y parcialmente desarrollado en los años setenta por Deleuze y Guattari y, más recientemente, por Negri y Hardt. Desde su perspectiva, el hiperdesarrollo tecnológico del capitalismo contemporáneo estaría sembrando las semillas tanto de su propio colapso como de una sociedad futura que aprovecharía ese brutal despliegue de conocimiento y potencia productiva para fomentar la autorrealización y la solidaridad. Por eso el sujeto histórico encargado de crear una nueva hegemonía postcapitalista no sería ya la clase obrera tradicional sino el “cognitariado” global. El aceleracionismo tiene decantaciones ideológicas y teóricas muy diferentes –desde el anarcocapitalismo hasta el postobrerismo pasando por algunas corrientes feministas– y la selección de textos de Armen Avanessian y Mauro Reis proporciona una generosa panorámica del movimiento. Es injusto, en cualquier caso, juzgar esta corriente por sus expresiones más caricaturescas, prácticamente indiscernibles de la mala ciencia ficción. El aceleracionismo también está siendo una fuente de análisis lúcidos que, bien conscientes de los riesgos del tecnoutopismo, buscan alternativas a la impotencia política de las críticas tecnológicas conservadoras, a las que tildan de “miserabilistas”.

Remedios Zafra reflexiona sobre la vampirización tecnomercantil del compromiso creativo en un contexto de precarización social

Entre las voces clásicas a las que apunta esa crítica aceleracionista destaca Iván Illich, un autor injustamente olvidado a cuya recuperación contribuye ahora Otra modernidad es posible, de Humberto Beck. Illich planteó un desafío crucial para cualquier propuesta de aprovechamiento del hiperdesarrollismo como base política de una alternativa postcapitalista. El nihilismo mercantil tecnológicamente acelerado es un camino sólo de ida. Su fragilización social y cultural crea una atmósfera política tóxica que elimina cualquier proyecto de futuro. El socialismo no se puede imaginar como un aprovechamiento social y moralmente mejorado de la potencia productiva capitalista, como una especie de capitalismo sin capitalistas. Más bien, dice Illich, es imprescindible radicalizar el proyecto ilustrado en sus coordenadas originales: como una superación de la heteronomía que rechace los imperativos de la inevitabilidad del desarrollo económico o de la racionalización burocrática.

Es cierto que aunque los aceleracionistas más lúcidos no hacen un retrato edulcorado del capitalismo tecnológico, más bien todo lo contrario, tienden a suavizar el carácter estructural de algunos de sus elementos más disfuncionales. En Un mundo sin ideas, Franklin Boer plantea convincentemente una idea inquietante. El capitalismo cognitivo contemporáneo consiste básicamente en un versión hipertrófica del capital monopolista a una escala que hace unos años nos hubiera resultado inconcebible. Tras las cortinas de humo de aroma contracultural acerca de la mente colmena y la singularidad, la esencia del Big Tech californiano es el control del mercado, incluyendo ahora también las propias preferencias de los consumidores. La vieje entente cordiale de Pepsi y Coca-Cola parece una lucha darwiniana en comparación con la tendencia al proveedor único en cada área del negocio tecnológico que han logrado Google, Amazon o Facebook.

Un subproducto curioso de esta hiperconcentración de la economía digital es que podría ayudar a recuperar una aproximación a los usos sociales de la tecnología hoy prácticamente olvidada pero que desempeñó un papel relevante en el desarrollo de la cibernética en la Unión Soviética. Desde hace décadas, Paul Cockborn ha defendido que el viejo proyecto socialista de una economía simultáneamente planificada, democrática y eficaz era posible gracias al aumento exponencial de la potencia de cálculo de nuestros ordenadores y la facilidad de las comunicaciones. En Ciber-comunismo Maxi Nieto y el propio Cockborn recuperan algunas aportaciones esenciales de su disputa con la economía neoclásica y con los socialistas partidarios de aceptar algún grado de mercantilización. Se trata de una obra original y fascinante que saca a la luz alternativas políticas que podrían ser extremadamente importantes en un momento en el que la crisis sociambiental global obliga a pensar en formas complejas de regular la actividad productiva garantizando la justicia social. Es una lástima, sin embargo, que la propuesta de Cockborn y Nieto esté expresada en un léxico marxista que tal vez aporte precisión a su exposición pero sin duda limita drásticamente el alcance público de su discurso.

El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Remedios Zafra. Anagrana, 2017. 264 páginas

Aceleracionismo. Selección y prólogo de Armen Avanessian y Mauro Reis. Traducción: Mauro Reis. Caja Negra, 2017. 304 páginas.

Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich. Humberto Beck. Malpaso, 2017, 160 páginas.

Un mundo sin ideas. La amenaza de las grandes empresas tecnológicas a nuestra identidad. Frankin Foer. Traductor Pablo Hermida Lazcano.Paidós, 2017. 256 páginas

Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia. Paul Cockshott y Maxi Nieto. Trotta, 2017, 280 páginas