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Papá cumple 85 años

Construye el retrato de Carlos Saura a partir de conversaciones paternofiliales que revelan a un Saura tan inalcanzable, ensimismado y esquivo como puntualmente cálido

Saura(s)
Desde la izquierda, el productor Antonio Saura, el director Félix Viscarret y Carlos Saura, en una imagen del documental.

SAURA(S)

Dirección: Félix Viscarret.

Género: documental biográfico.

España, 2017.

Duración: 85 minutos.

Cuando se dio a conocer el proyecto de Cineastas contados –serie de documentales inspirada en Cinéastes de notre temps y fundamentada en el diálogo intergeneracional entre directores de cine español- resultaba evidente que la idea de filiación cobraría una importancia central. Un cineasta joven retrata a un veterano reconociendo, con ello, una tácita línea de descendencia. Lo que no se antojaba tan predecible era que los primeros trabajos en salir a la luz iban a tener que lidiar con inesperados obstáculos que acabarían determinando la naturaleza de cada aproximación, introduciendo el imperativo de reaccionar sobre el terreno ante las dificultades de cumplir un plan trazado. Así, si en La décima carta (2014) Virginia García del Pino tuvo que mantener un pulso constante con la erosión de la memoria de un creador, Basilio Martín Patino, cuya obra apelaba a la revisión crítica de la memoria colectiva, Félix Viscarret se ve abocado en Saura(s) a afinar su táctica para lograr que emerja el retrato íntimo de una figura, la del autor de Cría cuervos (1976), empeñado en bloquear el acceso a lo privado, al tiempo que rehúye toda aproximación analítica a su obra creativa pasada para focalizar su atención en el próximo proyecto en marcha.

A la condición de padre fundador (o, al menos, uno de ellos) del Nuevo Cine Español que caracteriza a la figura de Carlos Saura, Viscarret no solo suma su propia asunción de sentirse rama de ese árbol genealógico: la idea de Saura-padre es, de hecho, el concepto vertebrador de este proyecto que convoca a seis de los siete hijos del cineasta (uno de ellos, Shane Saura, comparece por vía telefónica) para construir su retrato a partir de una sucesión de conversaciones paternofiliales que revelan a un Carlos Saura tan inalcanzable, ensimismado y esquivo (si bien, puntualmente afectuoso y cálido) para su descendencia biológica como para esa descendencia artística y simbólica que encarna Viscarret.

Con un eficaz envoltorio formal deudor de esa estética de los paneles tan cara al Saura de la última época, Saura(s) matiza la aparente impenetrabilidad del retrato a través de detalles tan reveladores como esa filmación lúdica en la que el autor de Elisa, vida mía (1977) improvisa una película de aventuras sin salir de una habitación de hotel, convirtiendo a su compañera Eulàlia Ramon en una esfinge y a su hija en risueña momia. Saura(s) logra desvelar los matices tras el icono.