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COLUMNA

Los etarras y el hijo de la Tomasa

Se estrena 'Fe de etarras' y algunos consideran que el terrorismo es un tema demasiado serio como para tomárselo a risa. Pero, en realidad, es un tema lo suficientemente serio como para tratarlo con humor

Los etarras y el hijo de la Tomasa

Fe de etarras es una película de Borja Cobeaga protagonizada por cuatro terroristas que esperan órdenes en un piso franco de ETA. Transcurre durante el verano de 2010, cuando España ganó el Mundial. Se estrena en Netflix nada menos que el 12 de octubre, la Fiesta Nacional. Y es una comedia. 

Esto último ha enfadado a unos cuantos. Al parecer, consideran que el terrorismo es un tema demasiado serio como para tomárselo a risa. Pero, en realidad, es un tema lo suficientemente serio como para tratarlo con humor.

Combatir el horror con comedia no hace que los asesinatos dejen de ser horribles, sino que también puede subrayar lo absurdos que son. No solo eso: según el filósofo Roger Scruton, el humor nos ayuda a superar el aislamiento y nos hace fuertes frente a la desesperación.

Pongamos como ejemplo al hijo de la Tomasa. Tras los atentados de Barcelona y Cambrils de agosto, el ISIS difundió un vídeo en español en el que teníamos que aguantar las amenazas del terrorista Abu Lais el Cordobés. Su apodo viene de que nació en Córdoba y su madre es una española llamada Tomasa Pérez.

Abu Lais quería aterrorizarnos, pero solo consiguió que Twitter se llenara de montajes a su costa en los que, por ejemplo, se le imaginaba en First Dates. Su discurso pretendidamente fiero, en el que hablaba del califato y de la Inquisición, se acababa revelando como una verborrea pomposa y ridícula. La Inquisición, decía... Ni que estuviera en un sketch de los Monty Python.

Tenemos derecho a reírnos del horror. Es otra manera de enfrentarnos a él. Ha habido comedias sobre el nazismo, como El gran dictador y Ser o no ser, y también sobre el terrorismo islámico, como Four Lions. Eso no quiere decir que la película de Cobeaga tenga que gustar a todo el mundo, claro. Pero que a uno no le guste algo no lo convierte en algo de mal gusto.