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En la muerte de Pilar Gómez Bedate

La profesora y escritora fue la autora de sendas monografías sobre Stendhal y Mallarmé y prologó y editó el 'Decamerón' de Boccaccio

Pilar Gómez Bedate y su marido, Ángel Crespo, en Suecia en 1971.
Pilar Gómez Bedate y su marido, Ángel Crespo, en Suecia en 1971. EL PAÍS

La profesora y escritora, nacida en Zamora, en 1936, ha muerto en Zaragoza, a los 81 años, tras sufrir un derrame cerebral, agravado por una neumonía, mientras estaba pasando el verano en su querido Calaceite. Estuvo casada con el poeta y traductor Ángel Crespo, con quien compartió treinta años de su vida y muchos de sus proyectos intelectuales. Se conocieron a mediados de los años sesenta, después de ponerlos en contacto Dámaso Alonso para que la ayudara en su tesis doctoral. Juntos se refugiaron, enamorados, en Puerto Rico, donde fueron acogidos en el claustro de Mayagüez, y acabaron desplegando un sinnúmero de actividades tanto en el campo de la literatura comparada, como de la crítica de arte y la traducción.

Antes de regresar a España definitivamente, vivieron en diversos periodos en Suecia, Holanda, Estados Unidos e Italia, visitando los veranos -además de España, en especial Barcelona- Venecia y Lisboa, sus ciudades preferidas. Pilar  fue catedrática de Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico (1967-1988), conocía bien el francés, el inglés, el italiano, el catalán y el portugués, y fue profesora en la Universidad Rovira y Virgili de Tarragona y de la Pompeu Fabra, de Barcelona, donde se jubiló tras obtener la cátedra de Literatura española. Es autora de una Introducción a la poesía lírica (1977), y de sendas monografías sobre Stendhal y Mallarmé. Su último libro de ensayos se titula Poetas españoles del siglo veinte (1999). Ha prologado y editado el Decamerón de Boccaccio; una Antología de la poesía modernista (1998), así como diversos textos en prosa y verso de Juan Ramón Jiménez y de Ángel Crespo, entre otros muchos autores. Y entre sus traducciones destacan las de Boccaccio, ya citada, Primo Levi (Si esto es un hombre, La tregua y Los salvados y los vencidos), Carlo Ginzburg (Pesquisa sobre Piero) y las de los cuentos de João Guimarães Rosa, Manolón y Miguelín. Además, fue secretaria de redacción de la Revista de Cultura Brasileña, dirigida por su marido y editada por la Embajada de Brasil en Madrid; fundó la revista de letras, con minúscula, de la Facultad de Artes y Ciencias en la Universidad de Puerto Rico; y colaboró con asiduidad en Hora de poesía, la revista de Javier Lentini, la barcelonesa Anthropos y Salina, de la Universidad de Tarragona.

En 1988 se instalaron en Barcelona, hasta que hace unos pocos años, Pilar, ya viuda, decidió irse a vivir a Madrid, espantada por el creciente fanatismo nacionalista, donde logró rodearse de un nuevo grupo de amigos, con los que se sentía querida y feliz. Pero es de justicia recordar que en la capital catalana, Pilar y Ángel (resulta imposible disociar sus vidas) tuvieron siempre cerca a un grupo de amigos muy queridos, como Enrique Badosa, José Corredor-Matheos, Cesáreo Rodríguez Aguilera, el pintor Josep Guinovart, a quien siempre llamaban Guino, José Luis Giménez-Frontín y los más jóvenes Sira Hernández, pianista, Juan José Flores, narrador, y Gemma Pellicer, por  citar solo a unos pocos. Sus casas de Barcelona y Calaceite, donde yo los traté más, eran lugares de encuentros frecuentes, de tertulias y cenas, en las que a veces aparecía un invitado interesante, que no figuraba entre los asistentes habituales, ya se tratara del escritor Juan Perucho, de su buen amigo Lluís Bassets, del poeta Andrés Sánchez Robayna o del profesor Ruiz Casanova. Mantuvieron amistad, asimismo, con el poeta portugués Eugenio de Andrade, el citado Guimarães Rosa, la escritora Rosa Chacel o el hispanista italiano Oreste Macri, entre otros nombres ilustres.

Cuando Ángel Crespo murió en 1995, Pilar dedicó muchos de sus esfuerzos a la difusión de la obra de su marido, a que se mantuviera viva y estuviera editada de la mejor manera posible, alentando numerosos trabajos sobre su poesía, sus aforismos, diarios y ensayos. Calaceite se convirtió pronto en el lugar adecuado donde poder alejarse de la ciudad y cultivar el ocio y los trabajos del espíritu, pero también en una casa de acogida para los buenos amigos y la conversación amena. Por ella pasaron la gente de Calaceite, como el poeta, traductor y profesor Didier Coste, los brasileños João y Lisa, los pintores Maria Girona y Ràfols-Casamada, Natacha Seseña, el escultor Fernando Navarro y Pilar, su esposa, Edith y Toni Marí o el singular Alfonso Lucas Buñuel, sobrino del cineasta, además de numerosos visitantes, como los poetas Carlos Edmundo de Ory y su esposa Laura Lacheroy, o César Antonio Molina. Ángel y Pilar, a quien quiero evocar ahora sonriente en su casa de Calaceite, durante el aperitivo en las comidas, con un vaso de whisky en la mano y picando aceitunas de la región, encontraron en este pequeño pueblo bilingüe del Matarraña su casa de la vida y una morada donde quedarse ya para siempre. Descansa en paz, querida amiga.