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José Sacristán | Actor

“Cuando le decían a mi padre que yo quería ser artista, contestaba: ‘Y ahora qué hago con él, ¿lo mato?”

El actor celebra más de medio siglo de carrera: "Yo soy nostálgico, y aunque parezca una contradicción llevo mi nostalgia de putísima madre"

“Cuando le decían a mi padre que yo quería ser artista, contestaba: ‘Y ahora qué hago con él, ¿lo mato?”

Se le advierte al periodista que José Sacristán (Chinchón, Madrid, 1937) tiene apenas media hora para dar la entrevista. “Yo no tengo ninguna prisa”, dice al llegar. “Voy a cumplir 80 años”.

¿Se echa de menos?

Soy nostálgico y llevo mi nostalgia de putísima madre.

¿Por qué?

Porque no pierdo de vista el crío que fui. Miro atrás y veo de todo -también muertes terribles como la de mi hermana, con 46 años- pero está todo protegido por la figura de este gilipollas que un día vio una película en el cine de su pueblo.

¿Qué película era?

El título no lo sé, creo que era de Fu Manchú. Decidí hacer eso. No sabía ni cómo se llamaban los que lo hacían, luego supe que les llamaban actores. En la Castilla campesina de los años 40.

¿Su familia?

Mi padre está en la cárcel. Sale de la cárcel, lo destierran y no puede volver a Chinchón. Así que todos a Madrid. Y en Madrid, habitación con derecho a cocina, tres familias en un piso, los tranvías, el gasógeno, el ruido, los grises, los curas. Y el cine Padilla. Y el cine Victoria. Cuando había dinero.

¿Su padre en Madrid?

Mi padre en Madrid derrotado, humillado, jodido. Y yo en medio queriendo ser Tyrone Power, John Wayne y Errol Flynn, porque no te creas que quería ser Adolfo Marsillach. Y un día descubro que al margen de Quintero, León y Quiroga, y las coplas de Concha Piquer, hay uno que se llama Vivaldi. Y otro que se llama Albert Camus, y Andrè Gide. Ese personaje que se crea con retales de un lado y de otro soy yo. Y ese personaje es el que sostiene la mirada atrás; el que dice: “Para nostálgico, yo”. Que vengo de la mula y la borrica. El sentimental que desprecia el sentimentalismo. Pero que nadie me toque a mí los fandanguillos que me cantaba mi madre de angelillo.

Su madre cantaba.

Cantaba muy bien flamenco, y yo lo heredé. Y copla, y zarzuela. Lo he dicho muchas veces: soy una tonadillera frustrada.

No vuelven a Chinchón.

Mi padre sale en libertad provisional, vigilada, y tenía que presentarse en la comisaría de turno. Era un hombre fuerte, alto, guapo. Y se mete en aquella habitación con derecho a cocina: la derrota.

¿Cómo la digirió?

Militando en el Partido Comunista, como siempre. Pero no había tiempo: ¡había que trabajar tanto! Mi padre fue para mí fue un adversario cojonudo. Era intocable moral y éticamente. Y él pensaba que lo mejor que podía hacer por mí era desencantarme y sacarme de la cabeza esa cosa mía de la actuación, y yo entendía que se opusiese. La relación con aquel hombre era de un respeto total y absoluto. No se dejaba querer mucho. Como decía don Antonio [Machado] de la Castilla campesina: “No fue por estas tierras el bíblico jardín”. La ternura y el afecto no eran territorios habituales. Para eso estaba la Nati.

Su madre.

La Nati madre y la Nati abuela. El Venancio [su padre] lo que quería transmitirme es que en él había un enemigo, y para hacer frente a ese enemigo había que armarse y ser un hombre de provecho. ¿Y qué pasó? Que le salió un gilipollas que quería ser John Wayne, y claro.

¿Cuándo lo entendió?

Mi padre era hombre de campo, y en Chinchón con la cosecha de ajos salvabas el año. Yo había hecho ya un montón de películas, pero el Venancio seguía con lo suyo en la cabeza. Y además tenía razón, qué coño. Entre arar y sembrar la tierra, y recoger los frutos, y hacer películas, lo primero es mucho más noble. Pero un día me preguntó, para saber cómo me iban las cosas, qué tal había vendido los ajos ese año. Por fin lo había aceptado.

Vio su éxito.

Recuerdo cuando me dieron la medalla al mérito de las Bellas Artes. Mi padre andaba ya con muletas. Le dije al Rey que se cumplían no sé cuántos años del encarcelamiento de mi padre por el antiguo dueño de esta pensión, El Pardo. Por rojo, por muy rojo. El Rey le pidió darle un abrazo al Venancio. A mi padre, que estaba sentado, no le dio tiempo ni a reaccionar: el Rey se agachó y le abrazó. Tengo en la memoria el escorzo del Rey y la cara de mi padre de “qué coño está pasando aquí”. Murió a los 93 años.

¿Su madre?

La Nati murió muy joven, a los 77 años. Yo estaba en Barcelona, tenía un día de descanso entre funciones. Mis dos padres fueron muy atentos: se murieron los dos en día de descanso para que no faltase al trabajo. Lo jodido de la muerte de la Nati fue cuando le dimos tierra. Tuvieron que sujetarme porque me tiré al hoyo.

¿Fue más flexible con su vocación?

Tenía una forma de querer entenderme, de prestar atención a lo que yo quería hacer, y seguirme desde la complicidad. Yo podía contarle cosas. 

¿Usted confiaba?

Yo sabía que la cosa funcionaba, sí. Y cuando dejé el taller, después de haber hecho un papelito y otro y otro, dije en casa: “Ya me las apañaré”. Y me las apañé, sí. Así que soy nostálgico, melancólico y conservo mis álbumes de cromos, que era la forma material de prolongar lo que ocurría en el cine. Del cine cuando terminaba la película te echaban a la calle. Y la forma de seguir dentro eran los cromos: tocarlos, pegarlos, coleccionarlos.

Lo tenía claro.

La España de los 50. Mi padre me metió en la Institución Sindical de Formación Profesional Virgen de la Paloma en la Dehesa de la Villa. Allí se estudiaba cultura general por la mañana y por la tarde un oficio: carpintería, forja, electricidad, encuadernación. Si tú sacabas un 5 en carpintería y un 7 en forja, y decías que de mayor querías ser carpintero, te respondían: “Hombre, si has sacado más nota en forja”. ¿Qué ponía yo? “Artista de cine”. Llamaban a mi padre, y mi padre decía: “¿Qué hago yo ahora? ¿Lo mato?”. Pero yo lo tenía clarísimo.

¿Qué fue lo mejor que aprendió de Fernando Fernán Gómez?

Lo que supone el ejercicio de una profesión como ésta en un país como éste. Lo que da de sí y disfrutarlo.

¿Un ejemplo?

Cuando estuve haciendo El hombre de la Mancha lo convencí para que viniese al teatro. Él ya no iba casi nunca. Y vio aquello, 1.500 personas que llenaban el teatro y se iban para dejar el sitio a otras 1.500 durante dos años, y me dijo: “Te pasa lo que le pasa a los artistas extranjeros”.

Tardó en tener reconocimiento.

Si me hubiera perturbado eso es que no hubiera aprendido nada de Fernando. El éxito de esta profesión en España es la continuidad: que no te falte. Y si eliges ya es un lujo. Pero sí por lo menos rechazar: mire, esto no me gusta y me quedo en mi casa. Eso es el éxito.