Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Adiós Fantozzi, entrañable héroe vil de la clase trabajadora

Muere a los 84 años el actor italiano Paolo Villaggio, famosísimo en Italia y creador de un personaje que es un genial icono popular de las miserias del mundo laboral

Paolo Villaggio, en la alfombra roja del Festival de Cine de Roma de 2015.

Ha muerto a los 84 años Paolo Villaggio, en España muy desconocido, pero si miran hoy a Italia, todo el mundo le llora. Lo ha anunciado este lunes su hija Elisabetta en un mensaje de Facebook. Es para mí un misterio por qué sus películas nunca han llegado a España, porque cada vez que se las pongo a un español se muere de risa. Al hablar de sus películas hablo en general, pero en realidad estoy hablando de la inigualable saga Fantozzi, el símbolo del subordinado humillado y servil, del empleado anónimo eternamente desgraciado, de la voracidad despiadada del capitalismo de oficina. Protagoniza una sátira feroz del mundo laboral que nunca ha pasado de moda y, es más, es asombrosamente vigente. Nadie ha ridiculizado como Paolo Villaggio con este personaje las relaciones de empresa y los mecanismos de poder. Es un maestro de un talento tan italiano como es el de la desacralización. Por eso Italia le ama.

El ragionere Ugo Fantozzi dio para diez películas, y todo italiano sabría recitar de memoria una docena de escenas. No pasa semana en Italia sin que un columnista, un artículo, un entrevistado, cite alguna de sus frases o episodios como clave de uso común. Creó un lenguaje propio, con el uso trastocado del subjuntivo, y dio con una interpretación cómica de la realidad, una caricatura entre el cómic y el cine mudo, absolutamente genial y popular. También era un humor que resultaba familiar, inmediatamente reconocible, porque asemejaba al de las tonterías estrambóticas, infantiles, que se imaginan en los corrillos de clase o del trabajo, y por eso sus secuencias se cuentan igual en las cenas, como chistes que siempre hacen reír.

Hay decenas que están entre las más descacharrantes del cine italiano. Una de las más citadas, por ejemplo, es la del cineclub sesudo al que obliga a ir a los empleados en su día libre un directivo psicópata. Un día coincide con un partido de Italia en el mundial y el tipo es implacable, los encierra a ver El acorazado Potemkin. Al intervenir en el debate Fantozzi tiene un momento de dignidad y se atreve a decir lo que piensa. Invitado a expresar su opinión, lanza lo que se ha convertido en Italia en el grito por excelencia de la clase trabajadora harta de condescendencia intelectual: “È una cagata pazzesca!” (Una cagada increíble). Nadie en Italia puede citar ya el acorazado Potemkim, ni siquiera en un debate serio, sin que se le escape una risa.

Villaggio, ácido, descreído e inteligente, era amigo del alma y de correrías de Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman, aquellos monstruos de la escena de la mejor comedia italiana. Naturalmente no estaba su altura, y pagó el haber llegado después de la época de oro del cine de este país. Su talento como actor era más limitado, su registro era otro, pero ha muerto uno de los más grandes cómicos del cine italiano. El Festival de Cine de Venecia le concedió en 1992 el León de Oro por su carrera. Le penalizó su exitoso cine popular, menospreciado como de serie B, y es verdad que hizo películas taquilleras del montón, pero él siempre aportaba algo valioso e imaginativo, un genio del sketch. Tenía algo grandioso, de máscara única, de fisicidad artesanal de clown, que por ejemplo vio perfectamente Federico Fellini. Protagonizó su última película, La voce della Luna (1990). También otro de los más grandes del cine italiano, Mario Monicelli, contó con él varias ocasiones y fue protagonista de una película entrañable, Carissimi fottutissimi amici (1994), sobre un grupo de boxeadores ambulantes en la posguerra.

Genovés, de origen muy humilde, llegó al cine en los setenta desde el cabaret, la televisión y luego el éxito literario, porque su personaje Fantozzi fue primero un libro de grandes ventas. Era un escritor cómico fantástico. De ahí nació la primera película de la serie en 1975, dirigida por Luciano Salce. Su arranque es memorable y marca un estilo que duraría 24 años: la grotesca voz en off de Villaggio narra el inicio de la dura jornada laboral de Fantozzi, que tiene todo cronometrado para levantarse lo más tarde posible y llegar a fichar a la hora, pero un imprevisto le obliga a coger el autobús saltando por el balcón. Es un punto de la Tangenziale Est, la inverosímil circunvalación de Roma, donde las casas dan a la autopista y que aún sigue siendo exactamente igual. La vida de Fantozzi, un ser inútil, conformista y mezquino, se desarrolla entre compañeros de trabajo aún más miserables y temibles megadirectores galácticos con sillón de piel humana y acuario de empleados vivos. Es una crítica divertidísima de toda la sociedad italiana. Quien quiera comprender Italia debe conocer a Fantozzi. Es un regalo que nos ha dejado Paolo Villaggio con su gran humanidad. Él no creía en el más allá, pero su personaje a buen seguro ya estará informándose de la escala salarial de las distintas categorías de ángeles y haciendo la pelota a San Pedro, con mil reverencias, cuando le deje pasar, con otra de sus frases más famosas: “¡Oh, qué humano es usted!”.