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El catalanismo, al microscopio

¿Cómo se llegó al catalanismo después de que Cataluña fuera decisiva para construir ideológicamente la España del siglo XIX? Joan-Lluís Marfany responde a esa pregunta

Provenzales y catalanes en Montserrat por los Juegos Florales de 1868. Ampliar foto
Provenzales y catalanes en Montserrat por los Juegos Florales de 1868.

Joan-Lluís Marfany acabó su libro La cultura del catalanisme. El nacionalisme català en els seus inicis (1995) con dos preguntas muy incisivas: ¿cómo se llegó al catalanismo después de que Cataluña fuera parte fundamental en la construcción ideológica de la España del siglo XIX? ¿Por qué en torno a 1898 —crisis del Estado— se enfrentaron y definieron como opuestos los dos nacionalismos? Ahora, en plena saturación de soberanismo, cuando muchos historiadores adoptan sin rebozo el regreso a los supuestos etnicistas (el caso de Josep Fontana es el más llamativo, pero no el único), Marfany ha dedicado muchos años de minucioso trabajo a responder a la primera pregunta de 1995: ¿cómo Cataluña creó su identidad a lo largo de buena parte del siglo XIX, entre 1789 (lucha contra la Revolución Francesa) y 1859 (restauración de los Juegos Florales… e inicio de una prometedora guerra colonial en el Rif), convirtiéndola en una ratificación de la nación liberal española y haciendo del castellano su “vehículo de la comunicación escrita y de la palabra solemne”?

El catalanismo, al microscopio

Quizá escribir desde Liverpool, como Marfany, sea una ventaja al propósito… Pero lo es todavía más tener la idea muy clara de que las identidades nacionales son objetos de geometría variable y que no proceden de hondones de fe, sino de estrategias al servicio de hegemonías sociales. Fuerte cosa es, pero muy cierta, preguntarse: “¿Renaixença, de qué?” cuando a todas luces “el siglo de la castellanización no fue el XVIII, sino el XIX”. Y declarar que la conciencia de Estado es lo que fundamenta la nación, y no al revés. Y pensar que sigue teniendo toda la razón el marxista Pierre Vilar (La Catalogne dans l’Espagne moderne) cuando hablaba de la fértil acomodación del país a la monarquía borbónica, y el sabio y cauto Jaume Vicens Vives cuando estableció como referencia de todo la creación de una burguesía más mercantil que industrial y que no dejó de ser agraria. Pero también Marfany propone aquí enmiendas parciales a otros libros que aprecia: a Ernest Lluch (La Catalunya vençuda) le arguye que la presunta fidelidad catalana al austracismo, tras 1714, es cosa irrelevante; a José Álvarez Junco (Mater Dolorosa) le recuerda que la guerra de la Independencia no es una revisión tardía de los hechos de 1808-1814, sino el verdadero crisol de la nacionalidad moderna; a Josep Maria Fradera (Cultura nacional en una sociedad dividida) le apostilla que el “doble patriotismo” catalán de la primera mitad del siglo XIX fue algo más utilitario y menos generoso. Y a Max Cahner (Literatura de la Revolució i de la Contrarrevolució) le dice más de una vez que los textos no están para dar la razón al historiador, sino para que este revele lo que dicen por sí mismos.

Eso es lo que Marfany llama significativamente “exégesis”, quizá porque es filólogo de formación. Las más de novecientas páginas de su libro organizan implacablemente una legión de citas textuales que, como los guerreros de terracota de Sichuan, parecen ser iguales, pero nunca lo son del todo: son centenares de evidencias del proceso que va del “nacionalismo español” inicial al “regionalismo” final, pasando por el “provincialismo” (el estadio intermedio en el que, como escribió Coll i Vehí, “la provincia nos manda a la Corte para que en la Corte demos vida al espíritu de provincia”). Por ese camino, que incluye numerosos ramales, se clarifica el uso y el sentido de algunas palabras (nación, Estado, provincia, y hasta país y paisaje, que fueron curiosos sinónimos), se valora el ennoblecimiento de algún topónimo (llamar Barcino o Faventia a Barcelona) y la preferencia de un gentilicio (iberos o españoles); se habla de novelones románticos, de leones heráldicos o de listas variables de héroes vindicados, de pintura histórica y de paisaje, de los Recuerdos y bellezas de España (de Piferrer y Parcerisa), y se desmiente la sospecha de algún atisbo de federación, independencia o fueros. Marfany acumula dramáticos textos sobre el recuerdo de la conquista de Barcelona por las tropas de Felipe V y, a pesar de todo, concluye muy sensatamente que para los barceloneses del siglo XIX aquello no fue el cerco de Leningrado que ha soñado la fantasía iconográfica de los excelentes técnicos de marketing del actual Gobierno catalán…

No es fácil rebatir este libro, escrito con tan buen humor, tan riguroso orden interno e implacable argumentación, y donde incluso a las notas que acreditan las citas siguen otras “notas adicionales” que discuten la bibliografía. Todo apunta a que hay que seguir describiendo “la construcción de una burguesía”, de la que surgió el grupo de intelectuales que elaboró la geometría identitaria de Cataluña, “al servicio de una clase y al de los intereses del dominio de esta”. La cuidadosa microscopía utilizada nos hace esperar con mucho interés la segunda parte que se anuncia. La historia no es un acto de voluntad, sino de paciencia inteligente.

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Autor: Joan-Lluís Marfany.

Editorial: Edicions 62 (2017).

Formato: versión e-book y tapa blanda (950 páginas).

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