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El veranillo del patriarca

Herbert Blomstedt pone en pie a la Elbphilharmonie tras dirigir la ‘Quinta sinfonía’, de Anton Bruckner

La orquesta recibe las ovaciones del público.
La orquesta recibe las ovaciones del público.

El director sueco-americano Herbert Blomstedt (Springfield, Massachusetts, 1927) se define como antirromántico. “Todos los músicos de mi generación lo éramos”, afirma sonriente mientras recibe a EL PAÍS en su camerino de la Elbphilharmonie. “Queríamos romper con todo lo anterior y empezar un camino nuevo”, prosigue. Pero el tiempo verbal que utiliza no es fortuito: “Lo éramos porque con los años acabas encontrando tu propio romanticismo”. Y esa combinación de mente y corazón le funciona ahora mejor que nunca. Blomstedt es el patriarca actual de los directores de orquesta, el de mayor edad en activo. Ha convertido su natural madurez en un nuevo esplendor, su otoño en un fascinante veranillo. Mantiene colaboraciones con las quince mejores orquestas del mundo y dirige unos noventa conciertos al año. Viéndolo nadie diría que el próximo 11 de julio celebrará su noventa cumpleaños.

“Creo que me conservo así por la música; me mantiene en continua efervescencia. Pero también muy activo intelectualmente: siempre buscando nuevos detalles en las partituras”, reconoce. Lo puede confirmar la periodista alemana Julia Spinola, que fue en 2016 a cubrir un concierto suyo en Berlín y acaba de publicar en Henschel un libro de conversaciones con él titulado Mission-Musik donde repasa su formación, su carrera y sus pasiones. Aparte de rechazar el tabaco y el alcohol, o de mantener una estricta dieta vegetariana, la otra clave en Blomstedt es espiritual: su fe adventista que le impide trabajar los sábados. “Mi maestro, Ígor Markévich, pensaba que era la clave de mi éxito; obligarte a parar un día a la semana para dedicarlo a la familia y los amigos es extremadamente saludable”, asevera.

ORQUESTA DE LA NDR ELBPHILHARMONIE

Bruckner: Sinfonía n° 5.

Orquesta de la NDR Elbphilharmonie

Dirección: Herbert Blomstedt

Elbphilharmonie. Sala Grande, hasta el 11 de junio

Blomstedt es una autoridad en el repertorio sinfónico clásico-romántico. Nunca ha tenido interés por la ópera; “Podría decir, como Leonard Bernstein, que odio a Wagner, pero de rodillas”, afirma entre risas. Su pasión se debate entre Bach y Beethoven. Y desde ambos se ha extendido a otros compositores como Bruckner y Nielsen. “No creo necesaria hoy una interpretación de época, sino simplemente bien informada”, reconoce el director sueco-americano, que estudió en su juventud musicología en Uppsala y música antigua en Basilea. Buen ejemplo de esta filosofía es la cruzada que ha emprendido para recuperar la colocación tradicional de los violines en la orquesta. “De Haydn y Mozart a la Segunda Guerra Mundial los violines primeros y segundos se colocaban a ambos lados del director”, indica. Atribuye a Stokowski la decisión de juntarlos en el lado izquierdo para ganar precisión en las primeras grabaciones monoaurales. “Es un disparate que no sólo fue adoptado en América sino que llegó a Europa después de la Segunda Guerra Mundial como la Coca-Cola o las hamburguesas”, asegura.

Esa disposición preside su nueva integral de las sinfonías de Beethoven con la Gewandhaus de Leipzig, que está publicando en DVD el sello Accentus. Pero también sus conciertos con otras orquestas. Para su primera aparición en la nueva Elbphilharmonie de Hamburgo aceptó de la NDR la propuesta de dirigir la Quinta sinfonía, de Anton Bruckner. “Me gusta mucho más dirigir esta obra en grandes iglesias, tal como haré con la orquesta de Bamberg a finales de julio. Además, la NDR todavía necesita tiempo con esta sala para encontrar su sonido”, opina.

Su concierto el pasado viernes 9 de junio fue una confirmación parcial de sus palabras. La asombrosa transparencia de la Sala Grande de la Elbphilharmonie beneficia mucho la dinámica y los detalles instrumentales, aunque lastra los conjuntos, donde la escasa reverberación evita que los tutti respiren. Sin ir más lejos, la acústica de la Philharmonie de París está mejor equilibrada en este aspecto. Pero eso no impidió a Blomstedt dirigir una sensacional Quinta, de Bruckner. Sin batuta, ni tampoco partitura, el veterano director concentra toda su energía en sugestionar a sus músicos. Hubo varios momentos interesantes donde el director sueco-americano insufló renovada vida al más insospechado detalle contrapuntístico o dinámico de la partitura. Pero fue especialmente en el Finale donde sacó más partido al diálogo entre violines a ambos lados del podio, llegando a esa coda cíclica que conecta con la apoteosis. Al final, toda la Elbphilharmonie en pie ovacionó a este genial antirromántico, casi nonagenario, que tiene cuerda para rato.