Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Arte pobre para un almacén de ricos

Una pareja de coleccionistas de Nueva York convierte una vieja fábrica láctea

en un espacio para el ‘povera’ italiano

Una vieja fábrica de productos lácteos escondida en el valle del Río Hudson de Nueva York, cerca de la famosa escuela militar de West Point, abrirá sus puertas el 28 de junio convertida en un espacio dedicado a la amplia colección de arte italiano contemporáneo que un matrimonio neoyorquino ha acumulado durante 30 años. Para Nancy Olnick y Giorgio Spanu el proyecto tiene algo de misión pedagógica —por eso no les gusta llamarlo museo, sino almacén (Magazzino)— y han dedicado la exposición inaugural a su repertorio de arte povera.

El arte pobre, en su traducción literal español, fue un movimiento radical nacido en la Italia de mediados de los sesenta que se distinguía por utilizar materiales humildes o de desecho como contestación a lo que era el mercado tradicional y al boom del pop art.

Diseño español

La transformación de esa vieja fábrica de lácteos en un centro de arte ha sido obra del arquitecto español Miguel Quismondo. Se trata de un espacio de casi 2.000 metros cuadrados en una localidad llamada Cold Spring (Estado de Nueva York). La pareja vive en una casa cercana, en el mismo valle, del arquitecto español Alberto Campo-Baeza. Después de barajar distintas opciones, apostaron por ubicar la sala de exposiciones en el río Hudson, una zona relevante para el arte, con vecinos como el Putnam History Museum.

Cuando los Olnick y Spanu lo descubrieron en los noventa en Turín, hubo algo de hechizo, de camino de no retorno, y se acabaron haciendo con una colección imponente, que abarca a los grandes referentes, desde Giovanni Anselmo a Jannis Kounelis (recientemente fallecido), de origen griego, pasando por Mario y Mariza Merz, Giulio Paolini, Michelangelo Pistoletto o Gilberto Zorio, entre otros.

Pero en medio de todos estos nombres, hubo un momento, al cabo de unos años, en el que se toparon con el de una mujer. “Le encargamos a un historiador italiano una investigación sobre nuestras piezas y descubrimos que el 90% de ellas había pertenecido en algún momento de su existencia a Margherita Stein”, cuenta Spanu. La muestra es también un homenaje a ese personaje singular del arte italiano, la mujer que, desde una suerte de anonimato autoimpuesto, tuvo mucho que ver con la explosión de este movimiento artístico.

Stein abrió en 1966 su propia galería de arte en Turín, pero le puso el nombre de su esposo, Christian Stein, “con el fin de lograr más respeto y credibilidad”, cuenta Olnick. Era la Italia de los sesenta. “No oirás mucho de ella en el mundo de las galerías, sí oirás Christian Stein, pero es ella quien apoyó a estos artistas cuando aún no eran conocidos. Es un personaje fascinante”, añade.

El embeleso por el arte le viene de cuna a la coleccionista, hija de un magnate inmobiliario llamado Robert S. Olnick que poseía obras de arte contemporáneo de figuras como Alexander Calder, Willem de Kooning o Cy Twombly. Aunque él falleció en los ochenta, su viuda continuó ampliando su colección. Nancy Olnick se volcó en lo que se creaba en Italia y luego se prendó del povera. “Habiendo crecido en los sesenta, en Nueva York, viendo y coleccionando arte pop, era muy interesante ver lo que estaba ocurriendo en paralelo en Italia. Me interesaba cómo los italianos reaccionan a aquellos tiempos turbulentos, frente a cómo lo hizo América”, cuenta.

En total, 70 piezas de grandes dimensiones del movimiento povera formarán parte de esa primera muestra, “de todos los artistas que firmaron el manifiesto original, de la A a la Z”, dice Spanu. Además de salas de exposición, el espacio contará con una biblioteca de 5.000 volúmenes especializada en arte italiano, entre catálogos, libros y revistas, que estará abierta para investigadores.

Magazzino nace con la idea de organizar un par de exposiciones al año, una en primavera y otra en verano, primero en torno a temáticas de arte italiano pero más adelante en creación contemporánea estadounidense e internacional, sobre todo de jóvenes artistas. El matrimonio también planea diversificar más sus adquisiciones. Su obra como mecenas incluye un programa de estancias de artistas italianos que comenzaron en 2003 en su casa en el mismo valle del Hudson, donde abren ese nuevo almacén de arte. Olnick explica con frescura el porqué de este nuevo proyecto: “Queríamos compartir muchas de estas piezas con la gente, pero como son de grandes dimensiones no podíamos hacerlo en casa, así que compramos esa vieja fábrica”.