Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

La palabra se hace carne

Una finísima traducción recupera 'Monsieur Venus', de Marguerite Vallette-Eymery, una de las novelas más escandalosas y subversivas de finales del XIX

Marguerite Vallette-Eymery en 1895.
Marguerite Vallette-Eymery en 1895.

Este libro es bastante abominable, sin embargo, no puedo decir que me disguste”. Con este cínico ademán, abría el muy conservador Maurice Barrès su prólogo a la edición francesa de Monsieur Venus, donde contrastaba la vida virginal de la autora con su perturbadora imagen del mundo. Y eso que el libro venía ya censurado, pues cuando, en 1884, se publicó por primera vez en Bruselas, había terminado ante los tribunales belgas, que condenaron en rebeldía a la escritora a dos años de prisión bajo la acusación de pornografía y escándalo público. Era la consecuencia de una voluntad expresamente desafiante desde el título mismo, que se presentaba como la suma paradójica de lo masculino y lo femenino, para apuntalarse en el subtítulo no menos provocador de Novela materialista, entendiendo materialismo como el rechazo moral y filosófico de cualquier orden burgués.

El libro salió al mercado bajo el nombre de Rachilde, seudónimo de Marguerite Vallette-Eymery, una joven de 24 años, hija de un oficial de caballería, que había llegado desde provincias al París de fin de siglo para hacerse un hueco literario entre simbolistas y decadentistas. El nombre impostado le serviría como carta de presentación, pero también de parapeto para esquivar responsabilidades y atribuir los desmanes de su escritura a un noble sueco del siglo XVI. Pero lo cierto es que, en su afán por publicitarse y acordar su vida con su obra, llegó a conseguir una autorización de la prefectura de policía para vestirse de hombre y diseñó sus tarjetas bajo la divisa de “Rachilde. Homme de Lettres”.

El libro (1884) le valió a la escritora una condena en rebeldía a dos años de prisión por pornografía  y escándalo público

KRK Ediciones acaba de recuperar esta novela inteligente y singular en la finísima traducción de Rodrigo Guijarro, estampada y encuadernada con esmero, para traer a los lectores hispánicos del siglo XXI la historia de Raoule de Vénérande, la joven aristócrata que se adentra en un oscuro laberinto de pasiones y somete a Jacques Silvert, un hermosísimo obrero, a sus antojos. Con ello, Raoule no solo pone patas arriba el orden social establecido, sino que asume el papel de una artista que moldea a su mantenido masculino, reducido a un mero objeto de deseo: “¡He aquí el hombre! No Sócrates ni la grandeza de la sabiduría, no Cristo ni la majestad de la entrega, no Rafael ni el resplandor del genio, sino un pobre despojado de sus harapos, la epidermis de un patán”.

Y, en efecto, con una inteligencia fría y exaltada, la joven recrea el mito de Pigmalión asignándose a sí misma el papel de hombre dominante, de húsar sexual, y convirtiendo al hermosísimo Jacques, hasta en el mismo atuendo, en una mujercita subyugada: “Jacques llevaba la existencia ociosa de las mujeres orientales confinadas en su harén que no sabían nada más allá del amor y que todo se lo atribuyen a este”. Esa completa posesión del otro dará ocasión a toda forma de transgresión carnal, travestismo, masoquismo y sadismo, fetichismo e intercambio de papeles sexuales entre hombre y mujer. Los lectores asistimos a la intimidad de la pareja, recluida en un santuario amoroso, pero no con la inmediatez de un primer plano pornográfico, sino a través de una palabra escrita que se hace carne ante nuestros ojos. A la postre, la belleza de Jacques Silvert quebrantará la integridad sexual de todos los personajes que le rodean en la novela, hasta que finalmente Raoule, invirtiendo la historia de Pigmalión, termine destruyendo al joven proletario hasta convertirlo en un autómata, en una estatua artificialmente viva. Es el último acto artístico de la protagonista.

La palabra se hace carne

Sabemos que, ante su precaria situación económica y animada por un amigo, Marguerite Vallette-Eymery se decidió a escribir cochonneries —literalmente, cochinadas—, “alguna inmundicia que parezca nueva, inesperada, insólita”. Así nació Monsieur Venus. Se trata, pues, de un libro escrito a conciencia, en pos del éxito y el dinero, como una suerte de diseño publicitario y con una buscada confusión entre la escritora y su personaje. Y, en efecto, la historia reúne todos los lugares comunes del decadentismo finisecular. Pero los libros de época terminan muriendo cuando su tiempo acaba; solo sobreviven aquellos que, pasados los años, siguen tocando alguna fibra del lector. Si Monsieur Venus fuera simplemente una novela galante o un relato sicalíptico, habríamos apagado la luz hace ya tiempo. Pero su cuestionamiento de la familia, la quiebra de cualquier orden sexual, la gélida crueldad de la historia, la lengua firme con que está escrita late en cada página de un modo turbio, inquietante e inteligente. Y es que las verdaderas pasiones se sirven casi siempre frías.

Monsieur Venus. Novela materialista. Marguerite Vallette-Eymery. Traducción de Rodrigo Guijarro. KRK Ediciones, 2016. 350 páginas. 24,95 euros