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El cuento suelta amarras

Los escritores españoles apuestan por el relato, pese a que vende mucho menos que la novela

El escritor Eloy Tizón, retratado en Madrid el pasado 8 de febrero.
El escritor Eloy Tizón, retratado en Madrid el pasado 8 de febrero.

Cuando en 1992 la editorial Anagrama comunicó al entonces desconocido escritor Eloy Tizón que aceptaba publicar sus cuentos, le advirtió de que no iba a ganar mucho. “Los cuentos no se venden como las novelas, me dijeron. Y que los publicaban solo porque a Jorge Herralde [fundador del sello] le habían interesado literariamente, no porque creyeran que fuera a ser rentable”, recuerda Tizón, que en ese momento tenía 28 años. Se lanzó una edición de 1.000 ejemplares con el título Velocidad de los jardines y el primer año, en efecto, se vendió solo poco más de la mitad.

En aquel tiempo era rarísimo que las grandes editoriales apostaran por los cuentos de un autor al que nadie conocía. Así como en América Latina o Estados Unidos el género tenía prestigio y lectores, en España era el hermano pobre de la novela. “A mí me costó cuatro años que me publicaran el primero”, resume Luis Magrinyà, que consiguió estrenarse con Los aéreos un año después que Tizón. Juan Bonilla, que también arrancó en esa época con El que apaga la luz, recuerda la sorpresa que supuso Velocidad de los jardines: “Anagrama publicaba relatos, por supuesto, pero no de primerizos. Aquello llamó por fin la atención sobre el género y demostró que no tenía por qué quedar relegado a sellos pequeños. Nos dio esperanza”.

Del realismo a lo fantástico

Hay quien dice que los talleres de escritura uniformizan la manera de componer cuentos. “Es rotundamente falso. Al revés, en España han ayudado a que nacieran nuevos autores con una gran variedad de estilos y temas”, asegura Clara Obligado, que creó el primero en este país hace casi 30 años. “No damos recetas, sino técnicas para que cada uno encuentre su propia voz”, corrobora Eloy Tizón, profesor en la escuela Hotel Kafka de Madrid.

El experto Fernando Valls opina que, en efecto, se aprecia una gran variedad de estilos en la nueva generación de cuentistas españoles. “Son muy distintos entre sí y se mueven desde el realismo a lo fantástico, con todos los matices intermedios. Pero sí hay algo que tienen en común: su preocupación por la organización de los libros. Conciben cada título como un todo, no como una mera acumulación de cuentos. Siempre hay alguna relación entre ellos, ya sea temática o estructural”, explica Valls.

Así nació la leyenda de un libro que hoy, 25 años después, se ha convertido en una obra de culto para los amantes del cuento. Tuvo dos reediciones y hace tiempo que se agotó en librerías, pero sigue corriendo de mano en mano. “No fue un superventas, pero fue ganando fama poco a poco. Empezó a funcionar el boca a boca, se introdujo en las escuelas de escritores y adquirió un aura especial”, comenta Tizón. La prueba de que continúa vivo es que Páginas de Espuma, sello especializado en el género, acaba de reeditarlo con un prólogo del propio Tizón: 3.000 ejemplares en tapa blanda y otros 999 en una edición conmemorativa en tapa dura con fotografías del manuscrito original.

Velocidad de los jardines significó ciertamente un punto de inflexión para el cuento en España. El paisaje estaba cambiando. Nombres como Eloy Tizón, Luis Magrinyà, Juan Bonilla, Hipólito G. Navarro y Carlos Castán empezaban a sonar no por sus novelas, sino por sus relatos. “Teníamos estilos diferentes, pero nos unía una cosa: no queríamos ser Carver ni Borges ni Chejov. Buscábamos una voz propia, experimentar, romper con el costumbrismo imperante. Quizá por eso las editoriales empezaron a hacernos caso”, señala Tizón. "Éramos artesanales, laboriosos", añade Magrinyà.

“Fue un momento importante, sin duda, aunque el camino lo habían abierto ya dos grandes nombres: Cristina Fernández Cubas y Juan Eduardo Zúñiga. Ellos revitalizaron el cuento después de la Transición, tras el vacío que dejó la generación de los 50, que tuvo grandes cuentistas como Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa”, apunta Fernando Valls, uno de los más destacados estudiosos del género en España, autor de varias antologías de referencia. “Y ya en los comienzos del siglo XXI dos títulos le dieron el empujón definitivo: Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez, que lleva vendidos 400.000 ejemplares, algo que muy pocas novelas alcanzan; y Los peces de la amargura (2006), de Fernando Aramburu. No hay nada en Patria, la novela que hoy ha convertido a Aramburu en un fenómeno literario, que no estuviera ya en aquellos relatos”, opina Valls.

Manuscritos de 'La velocidad de los jardines'.
Manuscritos de 'La velocidad de los jardines'.

La aparición de editoriales independientes volcadas en el cuento, como Páginas de Espuma y Menoscuarto, premios literarios específicos como el Ribera del Duero o el Setenil y, sobre todo, la proliferación de los talleres de escritura (que suelen usar el relato como material pedagógico) han dado aún más impulso al género en la última década. No solo impulso, sino también prestigio: Cristina Fernández Cubas ganó el año pasado el Premio Nacional de Narrativa y el de la Crítica, mientras que el Nacional de las Letras recayó en Juan Eduardo Zúñiga.

¿Ha perdido ya el cuento todos sus complejos en España? “Tiene más prestigio, por supuesto, no paran de salir nombres nuevos: Andrés Neuman, Pilar Adón, Marina Perezagua, Fernando Clemot. Pero sigue sin vender como la novela. Los agentes, los editores y hasta los críticos arrugan la nariz cuando un autor aparece con relatos”, explica Valls. “El público de masas, ese que devora best sellers en los autobuses o el metro, no quiere cuentos. Es más fácil instalarse en una historia durante 800 páginas que hacer el esfuerzo de entrar cada día en un nuevo mundo”, añade.

“¡Es que el relato requiere un lector mucho más formado! Es imposible que llegue a un público masivo porque tampoco lo pretende. Si lo único que busca un autor es dinero, entonces que escriba novelas”, coincide la autora argentina Clara Obligado, impulsora del primer taller de escritura que se organizó en España, en 1980. Obligado ve una gran ventaja en el carácter minoritario del género. “Al no tener tanta presión del mercado, pues no se espera que un libro de cuentos sea un superventas, ofrece más libertad a los autores. Hay mucha más experimentación, más investigación y más riesgo”, concluye.