UNIVERSOS PARALELOS
Columna
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Ficción del sábado noche

En origen, 'Saturday night fever' era una mentira periodística

John Travolta en 'Fiebre del sábado noche'.
John Travolta en 'Fiebre del sábado noche'.

¡Afinen los falsetes! Aprovechando que se cumplen los 40 años de Saturday nigh fever, mañana celebran en Los Ángeles un homenaje estelar a los Bee Gees, como colofón de los actos de los premios Grammy. Qué menos: la banda sonora de la película se convirtió en uno de los mayores bombazos en los anales de la industria discográfica; supuso la cumbre de aquellos años de abundancia que trajo la disco music.

Otro asunto es que debamos otorgar a Fiebre del sábado noche categoría de documento antropológico, tal como se ha escuchado estos días. Que se sepa: en origen, fue una trola. Pura ficción disimulada como periodismo. Aquellos personajes, italianos de Brooklyn fascinados por la música afroamericana, no existían tal como se les retrataba. Para ser exactos: eran trasposiciones de mods ingleses que el autor había conocido en los años sesenta.

El número de 'New York' que publicó en 1976 el texto de Nik Cohn.
El número de 'New York' que publicó en 1976 el texto de Nik Cohn.

El autor se hacía llamar Nik (a veces, Nick) Cohn. Un periodista británico-irlandés muy combustible: había escrito en 1969 una de las primeras historias del pop, audazmente titulada Awopbopaloobop alopbamboom, en honor de Little Richard. Un libro tan apasionante como cerril, que hizo maravillas por la reputación de Cohn. Estrictamente hablando, no pertenecía a la tribu de los plumillas musicales; aspiraba a las libertades de los espadachines del Nuevo Periodismo, que podían dedicar meses a la elaboración de un reportaje.

A mediados de los setenta, Cohn se instaló en Manhattan, ejerciendo de colaborador para la revista New York. Siempre con fino olfato, convenció al director, Clay Felker, para que le dejara escribir sobre la disco music, unos ritmos mayormente anónimos que habían tomado por asalto las pistas de baile. Así fue como Cohn se acercó una noche a la discoteca 2001 Odyssey, en Brooklyn. Pero se topó con una pelea en la acera y no se atrevió a entrar.

Muchos años después, confesaría que se sentía como pez fuera del agua y que su fuerte nunca fue el acercarse a hurgar en las vidas de desconocidos. Así que se inventó todo -los personajes, sus circunstancias, sus fines de semana, sus aspiraciones- a partir de los recuerdos de su etapa como mod londinense. Y se insertó en la narración como “el hombre del traje”. Asegura que volvió al barrio de día, para buscar detalles ambientales. Entró al 2001 Odyssey en compañía del ilustrador James McMullan: el director de arte de New York, el gran Milton Glaser, no se conformaba con usar fotos.

Hoy, el texto no hubiera pasado el mínimo filtro de los fact checkers pero hablamos de tiempos de dura competencia entre el venerable The New Yorker y el aspirante New York. Se publicó en junio de 1976, como “Tribal rites of the new saturday night”. La combinación de la fantasía de Cohn y la percepción psicológica de McMullan logró conjurar una imagen vívida de lo que ocurría en las discotecas proletarias. Fuera verdad poética o mentira podrida, el productor Robert Stigwood compró inmediatamente los derechos del reportaje. Hombre del negocio musical, sabía que la disco era un fenómeno social. Stigwood funcionaba además como representante de los Bee Gees, que habían girado del pop barroco a una variedad accesible del funk.

Y lo demás, podemos atribuirlo a ese fantasma que llamamos “magia del cine”. Empezando por el guión de Norman Wexler, experto en dramas urbanos, que engordó la anécdota con conflictos familiares, agresiones sexuales, un concurso de baile, un suicidio y la redención final. Más la maquinaria de Hollywood, que sumó a un gran coreógrafo, cambió nombres, seleccionó localizaciones y puso carne italoamericana en los espejismos de Cohn. Todo filmado con brío por un director casi novel, John Badham.

Dicen que no hay obra buena sin castigo ni pecado sin recompensa. Repentinamente enriquecido, Nik Cohn se sumergió en la vida loca. En 1983, salió de nuevo en los periódicos, acusado de formar parte de un grupo de aspirantes a narcos que pretendían importar grandes cantidades de heroína y cocaína. Esta vez tampoco le falló la “creatividad”: tras tejer un cuento convincente, se libró con una multa y cinco años en libertad condicional.

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