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BLOGS Coordinado por JUAN CARLOS GALINDO

El impecable retrato mafioso de Lehane

El creador de 'Mistic River' publica 'Ese mundo desaparecido', una novela crepuscular que culmina su gran trilogía sobre la mafia en EE UU

El impecable retrato mafioso de Lehane

En el género negro se publica mucho y uno casi nunca tiene la sensación de estar ante un gran libro desde las primeras páginas. Me ha pasado, en distinta medida, con todos los de Dennis Lehane (Dorchester, Boston, 1965) y me ha pasado, sin medida, con Ese mundo desaparecido que hoy publica Salamandra con una excelente traducción de Enrique de Hériz. ¿Por qué? Sencillo: se trata un retrato complejo, deslumbrante y lleno de matices de una realidad en declive, de un mundo que no sabe adaptarse, de un mal que se desvanece para dejar su sitio a otro. Pero también es la culminación madura y más literaria de una trilogía iniciada con Cualquier otro día y Vivir de noche. Y, quizás por encima de todo, es una novela de personajes perdidos, de derrotas y dolor. De Florida a Cuba en plena Segunda Guerra Mundial. Un mundo que se va para que empiece otro.

Pueden leer el primer capítulo aquí.

Joseph Coughlin, al que veíamos de niño al inicio de la trilogía, es ahora un atractivo hombre de negocios que intenta ganarse el título de respetable, un mafioso retirado a los 36 años que sigue ejerciendo de consigliere de la familia Bartolo, un hombre que sufre por lo que ha hecho y se maldice por no saber resistirse al influjo de ese lado oscuro. A pesar de sus traumas, su vida es relativamente tranquila hasta que empieza a ver a un niño fantasma que le recuerda a alguien y le perturba. Además, recibe el soplo de que quieren matarlo el Miércoles de ceniza. El chivatazo se lo da en la cárcel Theresa del Frisco, presa 4773, madre, florista, asesina implacable. En dos apariciones y cuatro pinceladas Lehane prueba su capacidad para crear secundarios impecables. A partir de aquí, una historia en la que la violencia, las traiciones y la lucha por el poder se muestran en toda su crudeza, pero en la que por encima están los sentimientos de los personajes.

También hay en el libro hay grandes escenas de acción (como el tiroteo en el barrio negro) y otros de pura tensión (como aquel en el barco-casa de Lucius, un criminal de la peor ralea rodeado de fieles psicópatas) en los que Lehane saca a relucir toda su habilidad en el género.

Hay un momento que define a la perfección esta realidad: “Ned encontraba en ese mundo una honestidad que echaba de menos en otros lugares. Todos los hombres que había conocido en ese mundo eran prisioneros de sus pecados, rehenes de sus propias facturas. No te convertías en Joe Coughlin, o en Dion Bartolo, o en Enrico DiGiacomo, por tener el alma sana y el corazón libre de ataduras. Formabas parte de ese mundo porque tus pecados y tus remordimientos se habían multiplicado de un modo tan prodigioso que ya no servías para ninguna otra clase de vida”.

“Aprendí el oficio leyendo a grandes de la novela urbana y a los maestros del género negro: William Kennedy, James Ellroy, Elmore Leonard y, por encima de todos, Richard Price”, afirma Lehane en la excelente entrevista que le hizo Eduardo Lago para Babelia. Con esos mimbres nos demostró su habilidad para la gran novela de detectives en la serie de Kenzie y Gennaro; su capacidad para construir thrillers quedó patente en Mystic River o Shutter Island; sus guiones de The Wire forman parte de la historia reciente de la televisión; con La entrega probó que otro tipo de historias estaban a su alcance, pero esto es algo más. Liberado, quizás, de la búsqueda de su gran novela americana, Lehane lo borda.

“¿Es que toda la gente que conocemos está destrozada?”, pregunta en cierta ocasión una prostituta a Joe, quien trata de vivir una vida ejemplar para su hijo Tomas, olvidar la muerte de su mujer y sobrevivir a la relación con Vanesa Belgrave, millonaria sureña y mujer del alcalde. Joe es un clásico, un personaje con el que te encariñas aunque sabes que sembró dolor y muerte entre rivales e inocentes. Joe es el mejor representante de un mundo que muere. Presientes que no va a acabar bien, pero no importa, deseas que triunfe en su camino de redención, quieres creer que sus rivales son peores, que se merece una última oportunidad.

Sabes, también, que en esta novela crepuscular cabe poca felicidad, que no hay blancos y negros. Bienvenidos al fin de un mundo, al reino de la complejidad moral, a la buena literatura.

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