Crítica | Las inocentes
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

La encrucijada moral

Anne Fontaine, ayudada por una excelente dirección artística que te zambulle en la nieve y en el barro, en el frío físico y el emocional, ha compuesto el mejor trabajo de su carrera.

LAS INOCENTES

Dirección: Anne Fontaine.

Intérpretes: Lou de Laâge, Agata Buzek, Agata Kulesza, Vincent Macaigne, Joanna Kulig.

Género: drama. Francia, 2016.

Duración: 115 minutos.

Los ideales son esas convicciones interiores que sirven sobre todo cuando la realidad de la vida te va dando la razón y no cuando te obliga a su replanteamiento. Convicciones políticas, filosóficas, morales, espirituales. Metas, o fines, que se tambalean porque a veces la existencia es mucho más dura y puñetera que cualquier teoría alrededor del bien y del deseo. Como en la película francopolaca Las inocentes, inspirada en un hecho real acaecido en Polonia, en los días posteriores al fin de la II Guerra Mundial, un tratado sobre cómo los ideales se resquebrajan a causa de la vida alrededor, de la inmundicia del ser humano, del miedo, del egoísmo y de la soberbia.

Eso sí, frente a ello también pueden habitar la solidaridad y el arrojo, la rebelión y la esperanza. Aunque sea yendo en contra de los ideales iniciales. Y Anne Fontaine, la directora de este notable recordatorio de la cochambre a la que llevan las guerras, lo muestra con rectitud ética, sin sermones, y en forma de clasicismo narrativo.

Un convento católico de monjas polacas con una embarazada, al que acude una médico francesa de la Cruz Roja, educada en los ideales comunistas. Pero no hay una embarazada; hay dos, tres, casi una decena. Violadas por soldados rusos. La mujer, a la intemperie del salvajismo del hombre. Las creencias, a la intemperie de la realidad: las de la médico en el comunismo, mientras sus correligionarios soviéticos masacran la pureza; las de las religiosas, cuya profesión es rezar a un Dios que ya no saben dónde está; las de los países aliados, que necesitaban a Rusia para ganar la guerra. Las inocentes. Al menos hasta que esa inocencia se convierta en un nuevo acto de ferocidad.

Fontaine, con películas mejores (Limpieza en seco) y peores (Coco, o la rebeldía de Chanel, Dos madres perfectas), ayudada por una excelente dirección artística que te zambulle en la nieve y en el barro, en el frío físico y el emocional, ha compuesto el mejor trabajo de su carrera. Una dolorosa obra sobre las encrucijadas, ese momento en el que camino liso de las teorías se convierte en el terreno abrupto de la práctica.

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