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El triunfo del ruido

Roca Rey sufrió una fea cogida y cortó tres orejas tras una demostración de temple y valor

Roca Rey cogido por su primer toro sin consecuencias.
Roca Rey cogido por su primer toro sin consecuencias.

En Pamplona manda el ruido. No hay medias tintas. Ni silencios, ni ovaciones, ni cambios de tercio. Solo ruido. El público no se pronuncia; y si lo hace, no se percibe. Y lo mismo ocurre con el presidente; se intuyen sus decisiones, pero poco más. Aquí manda el jolgorio; mejor, una mezcla inclasificable de sonidos indescriptibles en la que se unen las trompetas, los trombones, el chistu, los gritos, la chica ye-ye y hasta la banda de música, cuando la dejan. El follón alcanza límites insospechados cuando aparece en el palco el presidente —en este caso, el alcalde de la ciudad, representante de Bildu—, y las opiniones se dividen: unos le mientan a su madre y otros a su padre. (La broma es una referencia a Rafael El Gallo; la verdad es que se mezclaron pitos y palmas, pero ganaron los primeros).

O sea, que la corrida transcurre y no se sabe si la plaza valora o no la actuación de un torero, y lo único que queda claro es que los mozos se lo pasan en grande; y todos, el sol y la sombra, comen y beben como si se fuera a acabar el mundo.

FUENTE YMBRO / ABELLÁN, UREÑA, ROCA

Toros de Fuente Ymbro, bien presentados, cumplidores en el caballo, nobles y sosones; manso e incierto el tercero. El sexto, noble y muy blando, fue premiado con la vuelta al ruedo.

Miguel Abellán: cuatro pinchazos y estocada (silencio); pinchazo y estocada caída (silencio).

Paco Ureña: pinchazo y estocada caída (silencio); estocada y tres descabellos (silencio).

Roca Rey: estocada caída (oreja); estocada baja (dos orejas).

Plaza de toros de Pamplona. 7 de julio. Primera corrida de la feria de San Fermín. Lleno.

El ruido, un ruido ensordecedor y agobiante, preside la Feria del Toro, animal al que solo se le respeta en el encierro de las mañanas. Por la tarde, el toro es un comparsa más, y no digamos el torero, al que no se hace ni caso a no ser que se plante de rodillas o sufra una cogida.

Eso le ocurrió a Roca Rey en su primero, que, muleta en mano, lo recibió de hinojos, y al segundo muletazo el toro lo lanzó por los aires de muy feas maneras. La impresión fue de cornada gorda, pero milagrosamente no fue así. El susto le sirvió, no obstante, para ganar el favor del público, que pidió la oreja tras una labor valerosa ante un animal incierto y sin clase.

Solo cuando llega la merienda, a la muerte del tercero, los ánimos se calman —es un decir— y la plaza entra en otra dimensión. Pero el desapego es el mismo porque la atención la requieren las viandas.

En estas estaba Abellán toreando —es otro decir— a su segundo, que tuvo una actuación muy desvaída toda la tarde. Mal ante el primero, el más noble y aprovechable de la corrida, con el que se mostró muy desconfiado y despegado. No dijo nada cuando el toro tenía mucho que decir. Más apagado ante el cuarto, que destacó por su sosería.

Tampoco fue el día de Ureña. Lo intentó sin aparentes ganas y solo brilló en un par de tandas de naturales ante el segundo, que supieron a poco.

Roca salió a por todas ante el enorme trapío del sexto, y se hizo el amo con una meritísima y templada faena a un toro noble y muy justo de casta. Lo de la vuelta al toro fue una broma pesada del presidente.

La corrida de mañana

Segunda corrida de feria. 8 de julio.

Toros de Cebada Gago, para Eugenio de Mora, Pepe Moral y Javier Jiménez