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LA PELÍCULA DE LA SEMANA | MI AMIGO EL GIGANTE

Un Spielberg tirando a plomizo

A pesar de su vocación y de su incuestionable talento, Spielberg, tan interesado por la mitología infantil, ha resbalado en algunas ocasiones al hablar de esos mundos

La pareja protagonista, el gigante y Sofía, de 'Mi amigo el gigante'.

He leído al escritor Roald Dahl que se dirige a un público adulto y me parece extraordinario, con atractiva dosis de perversión, alguien que te deja pensando al cerrar sus libros. Y los muy inquietantes episodios de la serie Alfred Hitchcock presenta que adaptaban sus cuentos. No conozco al Dahl más popular, el que escribía relatos para niños. Me cuentan que es cautivador. Y lo creo. También que los críos adoran sus libros, que es un superventas con estilo y en cualquier lugar.

MI AMIGO EL GIGANTE

Dirección: Steven Spielberg

Intérpretes: Mark Rylance, Ruby Barnhill, Penelope Wilton, Rebecca Hall.

Género: fantasía. EE UU. 2016.

Duración: 103 minutos.

Entre los múltiples registros que domina Steven Spielberg está su capacidad, su delicadeza, su intensidad, su credibilidad, transmitiendo sentimientos del universo infantil. Ahí están los críos de la deliciosa E. T., el extraterrestre para constatarlo. No se quién llora más, si el niño que se hace íntimo amigo del monstruito extraterreste o yo mismo, en la secuencia en la que el segundo agoniza y el pequeño le pide entre llantos que no se vaya, que no le deje solo en la Tierra. Y son muy creíbles los hijos del apasionado y obsesivo con causa que interpreta el brillante aunque siempre acelerado Richard Dreyfuss en Encuentros en tercera fase.

A pesar de su vocación y de su incuestionable talento, Spielberg, tan interesado por la mitología infantil, ha resbalado notablemente en algunas ocasiones al hablar de esos mundos. No acertó, a mi juicio, en Hook, su soporífera y hueca visión de Peter Pan y a pesar de su deslumbrante virtuosismo técnico tampoco funcionaba Las aventuras de Tintín. No me comunicaba nada apasionante. Y la tuve que sufrir varias veces, acompañando a críos que tampoco mostraron especial entusiasmo hacia ella.

El encuentro entre Roald Dahl y Spielberg despierta inicialmente el interés. Hay una niña huérfana, solitaria e insomne a la que rapta un gigante bondadoso. El argumento promete, su desarrollo puede ser jugoso. Es la sensación con la que acudí al estreno en el festival de Cannes de Mi amigo el gigante. Y salí muy frío, constatando que un metraje que dura menos de dos horas se me había hecho eterno y eso que en la parte final mejora. La primera parte —describiendo el progresivo y mutuo amor entre dos personas que se sienten muy desamparadas: ella esperando en un frío orfanato que lleguen las temibles tres de la madrugada, cuando los monstruos abandonan su escondite y se disponen a realizar el mal; y el gigante, marginado y acorralado por sus mucho más altos, caníbales y embrutecidos hermanos, que le consideran un aborto de la naturaleza por ser pacífico y bueno— intenta combinar la oscuridad y la ternura, pero no respira, no transmite emoción.

Y la gracia, tampoco excesiva, solo aparece en el paródico desenlace, cuando la nena y su protector, que ya le ha enseñado a cazar sueños, deciden acudir a la reina de Inglaterra para que esta les proteja de esos gigantes malvados empeñados en zampárselos. Y en esas secuencias, Spielberg puede despertarte la sonrisa o la risa. Pero hay que esperar mogollón a que llegue eso. Todo ello acompañado en cada plano por la música de mi venerado John Williams. Y dices, por favor, que pare un segundo la música, que no subrayen más los sentimientos. Y reconozco que Mark Rylance (al que descubría en su magistral interpretación del espía ruso en El puente de los espías) es un actor excelente. Pero vuelvo a ver en Madrid Mi amigo el gigante y permanecen las sensaciones de la primera visión. O peor.

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