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Internet salvará a los cinéfilos

El crítico Jonathan Rosenbaum, que imparte esta semana un curso en el Reina Sofía, apuesta por la web como nuevo lugar de encuentro del cine

Jonathan Rosenbaum, retratado en su hotel madrileño.
Jonathan Rosenbaum, retratado en su hotel madrileño.

En un tiempo en que triunfan los profetas del apocalipsis cinematográfico, el optimismo de Jonathan Rosenbaum (Florence, Alabama, 1943) resulta refrescante. Internet, que para algunos es el tsunami que acabará con el cine, es sin embargo para el crítico y teórico cinematográfico una herramienta fundamental de comunicación, de intercambio de información. “A mí me llegan películas a las que antes no podía acceder. A mi web entran diariamente casi 2.000 personas de todo el mundo, y me siento desde luego más comprendido que cuando escribía para lectores de Chicago”.

Rosenbaum, cuyo talento fue hace décadas remarcado por Jean-Luc Godard, que le considera el heredero de André Bazin, ya ha dejado atrás sus años de crítico del Chicago Reader. Su teoría de que Hollywood limitaba el éxito del cine extranjero en Estados Unidos ha sido más que confirmada. Su pasión por Orson Welles es compartida estos días por miles de cinéfilos. En cambio encuentra más resistencia entre sus propios colegas a la hora de que apoyen su definición de la labor de un crítico. “Debemos facilitar el debate, ayudar al espectador. Lo de decidir si algo es bueno o malo es secundario. Cuando empecé a escribir me fascinaba Bresson y mucha gente no se lo tomaba en serio. Ahora no pasa lo mismo con creadores como el portugués Pedro Costa o Aki Kaurismäki: las retrospectivas de sus trabajos abren la mente a todo el público”.

"Hay que diferenciar entre cine nuevo y cine actual como diferenciamos cine creado para el mercado del cine creado para el gusto de la gente"

El lunes Rosenbaum inició un curso de cinco días en el Reina Sofía en el que está realizando un viaje muy personal a través de la historia del cine. “Es la primera vez imparto algo así; espero que sea divertido y revelador. He hecho algo parecido en Sarajevo en ocasiones anteriores sobre cine independiente, una idea tan abierta que me permite proyectar lo que quiera. Mezclo películas muy conocidas con otras desconocidas. Por ejemplo, he estado enseñando extractos de Les vampires (1915), de Louis Feuillade, y Luces de ciudad (1931), de Chaplin. Forman parte del primer programa. En el segundo están una de mis películas favoritas, Gertrud, de Dreyer, y uno de los primeros títulos de Hou Hsiao-Hsien”. La retahíla de títulos y nombres que da a continuación muestra un recorrido abierto de mente y bellísimo. “Al entrar en este juego no he metido algunos trabajos de nombres fundamentales para mí, como Rivette, Tati o Welles. En realidad, ha sido muy complicado para mí porque no conozco a los estudiantes. A mí me gusta el diálogo, no el monologo del profesor”. El crítico está en Madrid porque este curso forma parte del festival Filmadrid, que celebra estos días su segunda edición y de cuyo jurado oficial forma parte. “Las últimas películas españolas que he visto son Informe General II, de Pere Portabella, y la otra es de mi colega del jurado…”. No logra atinar con el título. “El jet lag puede conmigo”. Se refiere a El futuro, el primer y soberbio largometraje de Luis López Carrasco, uno de los valores más contundentes de ese movimiento tan ecléctico que los medios agrupan bajo el nombre del otro cine español. “Sé que eso está pasando en otras partes del mundo, y sospecho que a veces son calificativos publicitarios. No sabemos de dónde llegará la nueva oleada de creadores, la que siga a los iraníes, asiáticos o rumanos, porque no conocemos todo lo que se hace en cada momento. En realidad, la historia del cine ha sido escrita más veces por publicistas que por críticos”.

A Rosenbaum no le preocupa la distancia cada vez mayor que separa el cine que se ve en salas comerciales del que se ve en los festivales. “La mayor parte del cine de Hollywood se hace para ganar dinero. Nada más. Parte de mi gusto cinematográfico cuajó durante mis años en París, y allí aún se puede ver ese cine de autor en salas comerciales. Hoy ni Ciudadano Kane ni algunos títulos de Chaplin se rodarían dentro de los estudios. Hay que diferenciar entre cine nuevo y cine actual como diferenciamos cine creado para el mercado del cine creado para el gusto de la gente”. ¿No será que la calidad pasa a la televisión? “Yo no he tenido televisión por cable hasta hace pocos meses. Pero ya he recuperado The Wire, The people v. O. J. Simpson o Silicon Valley, por ejemplo. Más que calidad, hablaría de libertad. La tele sigue dando otros productos como Donald Trump, surgido de la mezcla del reality televisivo y la cultura de las celebrities”.

En España el público del cine en versión original es ínfimo comparado con el que el acudía en los setenta a los cineclubs. “Y eso pasa en todas partes. Pero creo que se debe a que vemos mucho más en casa. El cine como fenómeno social ha cambiado. Antes te juntabas en salas; ahora te comunicas por Internet. Tal vez no sea más numeroso, sin embargo, es más informado”. ¿Salvará el streaming y el VOD al cine de auteur? “Antes el cine que veíamos estaba marcado por los distribuidores y los críticos. Hoy accedes a DVD de cualquier zona. La cultura se esparce como nunca antes, si de verdad te interesa la diversidad. También sé que si sabes lo que buscas funciona, y que si vas a tientas te sepulta la información”.