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CRÍTICA | CLÁSICA

¡Bailad, Berliner!

Juanjo Mena desata la espontaneidad en su debut con la Filarmónica de Berlín

Juan José Mena, director de orquesta, en junio de 2015.
Juan José Mena, director de orquesta, en junio de 2015.

Cada concierto de música clásica tiene un relato. Su pujanza como situación narrativa la reveló magistralmente Cortázar en Las Ménades inspirado por los conciertos que escuchó a Toscanini en Buenos Aires. Pero no siempre es necesario acudir a la ficción cuando la realidad es poderosa. El debut de Juanjo Mena (Vitoria-Gasteiz, 1965) al frente de los Filarmónicos Berlineses (tal es la traducción precisa del nombre de la mítica orquesta: Berliner Philharmoniker) tuvo todos los ingredientes argumentales para escribir un relato. Como introducción se podría señalar que suponía el esperado estreno de uno de los directores de orquesta españoles más internacionales del momento (titular hoy en la Filarmónica de la BBC) con una de las mejores orquestas del mundo. Mena llegaba a Berlín invitado por el mismísimo Simon Rattle como reconocimiento a su labor con otras grandes formaciones y para dirigir un programa de tintes hispanos. Obras nuevas para la orquesta, caso del Concierto para arpa de Ginastera, o largamente ausentes de sus actuaciones, como El sombrero de tres picos de Falla. Pero el vitoriano impuso su criterio al programar Iberia de Debussy frente a la solicitada Rapsodia española de Ravel. Los Berliner habían tocado el tríptico de Imágenes para orquesta de Debussy con Rattle el año pasado. Y parecía un buen asidero para comenzar.

ORQUESTA FILÁRMÓNICA DE BERLÍN

Marie-Pierre Langlament, arpa. Raquel Lojendio, soprano. Orquesta Filarmónica de Berlín. Juanjo Mena, director. Obras de Debussy, Ginastera y Falla. Berlín, Philharmonie, 26 de mayo de 2016.

Llegamos al nudo. Mena empezó a dirigir Iberia sin que la orquesta olvidase la pulida y británica versión de Rattle. En su empeño por convencerles, el director español perdió hasta la batuta a los pocos minutos de comenzar. Tras un acartonado inicio fue agregando en la sección central, Los perfumes de la noche, el espíritu de la habanera entre los Berliner. Y en la transición a La mañana de un día de fiesta consiguió despertar su espontaneidad. Por fin escuchamos ese imposible que pretendía Debussy: una música que debe sonar improvisada pero fijada orquestalmente con gran precisión. Le siguió el Concierto para arpa de Ginastera, que fue una revelación en manos de Marie-Pierre Langlament, la solista de arpa de los Berliner, coincidiendo con el centenario del compositor argentino. Langlament exploró toda la gama dinámica de su instrumento, maravillosamente audible en la acústica de la Philharmonie berlinesa, a pesar de que se amplificó levemente. Mena arropó a la solista pero también defendió con ahínco el interés de su ecléctico acompañamiento que contó con una sensacional actuación de la percusión.

Pero faltaba el desenlace que llegó en la segunda parte con el ballet completo de El sombrero de tres picos de Falla. Toda una especialidad de Mena, que dispone de una de las mejores grabaciones discográficas de la obra con su orquesta de la BBC. Los Berliner pasaron de jalear con palmas y olés a bailar la jota final sin levantarse de sus asientos. En realidad, Mena bailó por todos ellos. Fue una especie de dionisios que tradujo con su cuerpo cada detalle rítmico de las danzas o con sus gestos lo teatral de cada personaje. Como soprano solista actuó Raquel Lojendio y la fiesta española se completó con Joaquín Riquelme omnipresente entre las violas. Podrán ver el sábado en directo por internet la segunda réplica en el Digital Concert Hall. Todo un ritual iniciático para el correcto público berlinés, aunque el final no tuviera nada que ver con el cuento de Cortázar. Por fortuna, claro.

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