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Krautrock, el milagro musical alemán

El rock y el pop contemporáneos no serían igual sin la oleada de experimentación liderada por Kraftwerk, Can, Neu! o Harmonia entre 1968 y 1978

Kraftwerk, durante un concierto en julio de 2014 en Trencin (Eslovaquia).
Kraftwerk, durante un concierto en julio de 2014 en Trencin (Eslovaquia).

Debido a las consecuencias de la II Guerra Mundial, Alemania no vivió la era hippie del mismo modo en que la vivieron Estados Unidos o Inglaterra. El muro que dividía Berlín en dos era también la representación física de un país fracturado. Un cataclismo cuyo alcance social y cultural era explicado así por Irmin Schmidt, teclista de Can: “Los jóvenes revolucionarios alemanes del 68 o bien tenían padres con un pasado nazi o bien habían sido víctimas de los nazis […] Las ciudades habían sido bombardeadas, pero la cultura también y eso es algo que no hay manera de reconstruir”.

Las generaciones siguientes tuvieron que partir de cero para crear formas de arte iconoclastas por necesidad, con las que exorcizar el pasado y a la vez crear un futuro. Colonia, Düsseldorf, Berlín o Múnich vieron florecer grupos impulsados por esa carestía, inspirados por una libertad creativa propia del jazz o la música experimental, y que terminó creando algunas de las bases para la renovación del rock. Esa oleada de música alemana creada entre 1968 y 1978 fue bautizada con el nombre de krautrock.

En el libro Future days. El krautrock y la construcción de la Alemania moderna (Caja Negra), el periodista David Stubbs intenta enmendar la percepción errónea que implica un término, como mínimo, condescendiente. Kraut, que literalmente significa repollo –base del tradicional chucrut-, era el término usado para referirse a los soldados alemanes durante la guerra. El paso de los años no solo ha normalizado la expresión, también lo ha convertido en género musical aunque en su origen no lo fuera. Decir que un grupo alemán hace krautrock es casi lo mismo que decir que un grupo español de 1982 hacía movida. No es que ambos fenómenos sean equiparables, pero por ahí van los tiros.

Dichas cuestiones semánticas no han sido óbice para que el influjo de dichos grupos haya sido fundamental en la música rock y pop de las últimas cuatro décadas. La música electrónica y prácticamente todas sus ramificaciones, incluido el hip hop, están en deuda con Kraftwerk. El rock experimental desde PiL hasta Sonic Youth, desde Stereolab hasta Fuck Buttons –compositores de la música de los Juegos Olímpicos de Londres 2012-, tiene como referentes a Can y Neu! Brian Eno y David Bowie se inspiraron en Harmonia, Cluster y Tangerine Dream para hacer discos que ayudarían a difundir la nueva música alemana entre la generación pospunk, influenciando tanto a The Fall como a OMD. Entre los ejemplos más recientes podría citarse tanto a LCD Soundsystem como a gran parte del catálogo del sello DFA, a The Horrors, a Toy…

Can, quizá la banda más reverenciada de este movimiento, es también uno de los ejemplos más evidentes del eclecticismo de aquellas formaciones. Su música se abastecía de las fuentes más diversas, yendo de Stockhausen al blues, de la psicodelia a la música concreta, un mosaico parcialmente plasmado en Tago Mago (1971), una de sus obras cumbre, que este año cumple 45 años. Can creaban largas improvisaciones o collages sonoros que trasladaban al rock a territorios en los que la psicodelia anglosajona no se aventuraba. Por aquel entonces, los grupos ingleses más intrépidos apostaban por el rock progresivo, música ampulosa que parecía empeñada en crear una versión eléctrica de la música clásica.

La mayoría de las formaciones agrupadas bajo el término krautrock eran distintas unas de otras. Neu! expandieron los límites del rock acercándolo a esa vertiente que, a través de la etiqueta kosmiche musik, define con mejor fortuna, el espíritu investigador de aquel movimiento. Faust optaron por aplicar los dictados del dadaísmo y otras disciplinas vanguardistas a su música, mientras que Amon Düül y Tangerine Dream forjaron músicas líquidas y planeantes. En cuanto a Kraftwerk, cambiaron la historia de la música popular, al ser el único grupo adscrito a este fenómeno cultural que se acercó al formato de la canción pop y lo hizo usando exclusivamente sintetizadores.

Inglaterra acogió con asombro y algo de desdén la llegada de aquellos extraños discos que rivalizaban con su psicodelia y su rock progresivo. De ahí el origen del término krautrock, ironía acuñada por la prensa inglesa (en su libro Stubbs señala a Richard Williams, director del semanario Melody Maker como autor del término) pero que terminaría imponiéndose a pesar del rechazo de los músicos aludidos, sobre todo cuando, a mediados de los noventa, dicha corriente fue reivindicada con fuerza desde los estilos musicales más diversos. La importancia del krautrock reside exactamente en haber conseguido lo que aquellas formaciones buscaban: la creación de un futuro musical. Salvo Kraftwerk, y alguna pequeña excepción muy puntual en forma de sencillo –I want more, de Can llegó a estar en las listas de venta-, ninguno de aquellos grupos cosechó éxitos comerciales. Música extraña sin la cual, el rock y el pop contemporáneos no serían tal y como los conocemos.