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¿Qué comen y beben los toros inválidos?

Morante de la Puebla, Diego Urdiales y López Simón quedaron inéditos ante la falta de fuerza de la corrida de Jandilla

El diestro Morante de la Puebla, en el segundo de su lote.
El diestro Morante de la Puebla, en el segundo de su lote. EFE

¿Qué comen y beben los toros inválidos que tanto abundan en la cabaña supuestamente brava? ¿Qué interés tienen las figuras en anunciarse con estas piltrafas?

Jandilla/Morante, Urdiales, Simón

Toros de Jandilla-Vegahermosa -el primero, devuelto y sustituido por un sobrero de Albarreal-, justos de presentación, nobles e inválidos de solemnidad.

Morante de la Puebla: pinchazo y estocada (silencio); estocada atravesada y un descabello (silencio).

Diego Urdiales: estocada (ovación); estocada y tres descabellos (silencio).

López Simón: estocada (vuelta); estocada (silencio).

Plaza de la Maestranza. Décima corrida de feria. 12 de abril. Casi lleno.

Sería bueno que alguien dedicara una tesis doctoral a responder a tales cuestiones, porque van a ser los animales que se desploman y los toreros que los exigen los que, más pronto que tarde, acaben con la fiesta de los toros.

¿Qué habrán comido y bebido los lisiados que se lidiaron -es un decir- ayer en Sevilla? ¿Acaso el presidente habrá ordenado que se analicen las vísceras para averiguar si padecían alguna enfermedad o habían ingerido alguna sustancia que modificara su comportamiento?

Porque harto raro es que un animal en la plenitud de su madurez, criado y mimado como un atleta de élite, poderoso y desafiante, salga al ruedo con brío y ruede como una pelota por el albero antes de que transcurra el primer minuto de su participación en el espectáculo.

Porque eso, más o menos, fue lo que ocurrió en uno de los festejos más atractivos del ciclo ferial; un cartel rematao que se dice en el argot, y que, a la postre, fue una desvergüenza.

La terna pasó inadvertida; un detalle de Morante con el capote; un par de redondos de Urdiales, la entrega un poco ridícula de López Simón, y se acabó. Unos inválidos tras otros fueron desfilando ante un público aterido de frío, y que en gran parte aplaudió inexplicablemente momentos que exigían una enérgica repulsa. Pero si mal está el toro, más bajo es el nivel de la mayoría de los espectadores que acude a la plaza sevillana.

Imaginen: andaba López Simón en labores de valentoso enfermero tratando de aprovechar la escasísima fortaleza de su primero cuando, de manera sorpresiva, arranca la banda con un pasodoble. El animal, con evidentes signos cadavéricos en su semblante, quería embestir pero no podía, y la música tachín, tachín, como si tal cosa, y el público con las manos preparadas para aplaudir en cuanto enfilara el pase de pecho. Y así ocurrió. Pero lo peor llegó después: una parte de la plaza pidió la oreja, y el torero se marcó una vuelta al ruedo sin sentido para demostrar que no tiene ni idea de la importancia de las formas en el toreo. Al presidente lo abuchearon, claro está. Un joven torero que pretende llegar a lo más alto no se expone a situación tan vergonzosa. Insistió más y más ante el sexto, otro moribundo, y alardeó de un valor que no venía a cuento.

LA CORRIDA DE HOY

Undécima corrida de feria. 13 de abril.

Toros de Victorino Martín, para Manuel Escribano, Morenito de Aranda y Paco Ureña.

Morante tiene la grave responsabilidad de elegir esta ganadería y no otra de más garantía para el espectáculo, pero nada le permitieron sus toros. Lo intentó de veras, como ya es habitual en su paso por la feria, alguna verónica aislada trazó en el recibo de su lote, y ahí acabó la presente historia. Su primero, el sobrero, era un enfermo terminal, pura basura, y así es imposible el toreo. El cuarto no podía con su alma.

Cubrió Urdiales su única corrida en la feria, y no ha dejado poso alguno de su contrastada exquisitez torera. Algún detalle, sí, un par de redondos elegantes, un trincherazo con aroma, pero, por encima de todo, quedó la impresión de no tener las ideas claras; especialmente, ante el quinto, que le enganchó en demasía la muleta y su labor quedó embarullada y desdibujada. Mantiene su corte de torero clásico y su tauromaquia desprende olores de un peculiar empaque, pero le faltó, quizá, dar un paso adelante, aunque sus toros tampoco colaboraron.

Ahí queda la pregunta: ¿Qué comen y beben los toros inválidos? Qué pena que el comportamiento animal, como los terremotos, no se pueda predecir, pero alguna razón habrá, natural o no, para que quien paga deba soportar el denigrante espectáculo que supone un desfile de animales moribundos.