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OPINIÓN

Chus

No era una persona más, no era "una actriz", era una "presencia", una aparición, porque había en ella algo de angélico

Rossi de Palma y Chus Lampreave, en 'La flor de mi secreto'.

El mundo ha perdido a Chus Lampreave, que era una de esas personas que con su belleza lo hacían mejor. Los que tuvimos el gran placer y el inconmensurable privilegio de conocerla, de trabajar con ella, de quererla y hasta, de vez en cuando, de abrazarla y besarla, somos tan afortunados que no debiéramos lamentarnos, sino solo celebrar el haberla frecuentado.

Chus no era una persona más, no era “una actriz”; era una “presencia”, una aparición, porque había en ella algo de angélico que la hacía única e irrepetible. Es probable que eso que dicen de que todo ser humano es único sea cierto. Yo no estoy tan seguro. Pero sí lo estoy en el caso de Chus. No se parecía a nadie, solo a sí misma.

Si alguien se molestara en pegar una tras otra todas “sus” secuencias (y nunca el posesivo fue más pertinente), obtendría una obra maestra. Digo sus secuencias porque al escribir “para Chus” eras inspirado por ella, poseído por ella, entonces esos diálogos eran suyos. Uno los escribía para escuchárselos decir. Y sonaban a algo que nadie mas que ella podría haber dicho. Ferreri, Berlanga, Armiñán, Almodovar, Cuerda, Colomo, Segura, yo y los que me dejo en el tintero lo sabíamos y su presencia hacía mejores nuestras películas, el cine español y el cine sin más.

La actriz Chus Lampreave, con su pareja, Eusebio.
La actriz Chus Lampreave, con su pareja, Eusebio.

Chus no era “surrealista”, era surrealismo, (como lo era su Eusebio, el único surrealista que he conocido); era de una inteligencia fina y un humor hecho solo de bondad, ajeno a toda crueldad. Levitaba tan levemente, tan discretamente, que no nos dábamos cuenta de que no pisaba el suelo. Era un ser poético, limpio, generoso, tierno, adorable. Los franceses tienen una expresión que le iba como anillo al dedo: la folie douce.

La noticia nos ha pillado en pleno rodaje. Muchos hemos llorado. Pero al poco estábamos riendo. Nos seguía haciendo reír. Y ella lo hubiera preferido así. Y así será, por muchos años.


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