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Rock atormentado para el gran público

Incluso socialmente, Manolo Tena estaba más cercano a la rama díscola de la familia Flores y a la bohemia de los cantautores

Manolo Tena, en su último concierto, el pasado 19 de marzo, en el auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria.

Aunque nacido en Extremadura, Manolo Tena encarnaba la esencia del rockero madrileño: hasta disponía de un modesto piso en esa zona de Malasaña que linda la Gran Vía. Hablaba con la voz pastosa, el tono reposado de los castizos.

Tena estuvo muy activo en la refundación del rock en español, a mediados de los setenta. Hubo que echar mucha imaginación: los gigantes del rock no pasaban por la Península y se descifraban sus propuestas a través de los (escasos) discos disponibles, con el poco inglés que sabía una generación que estudió francés en el bachillerato.

Resulta simplón explicar Cucharada como un eco de The Mothers of Invention. Zappa se burlaba de una sociedad lo bastante elástica como para entronizar el principio de la libertad de expresión; Manolo y sus compañeros se movían en un país cambiante, donde la Ley de Peligrosidad permitía sacar de la circulación a los que atentaban contra "la moral y las buenas costumbres".

Cucharada ponía a prueba los límites de lo que se podía cantar, del desmadre admisible sobre un escenario. De fondo, brillaba su fe ciega en las virtudes del rock, manifestada en Quiero bailar rock and roll (1980), dinámica trasposición del Rock and roll music, de Chuck Berry.

Con Alarma!!!, siguió facturando himnos al rock y su estilo de vida. Y eso incluía relatos de la batalla con las sustancias prohibidas. Las drogas duras no entraron en España por una decisión en algún despacho gubernamental; olviden las conspiraciones: había avidez de nuevas experiencias y unos cuerpos policiales con preocupaciones más urgentes. Para entender la alegría suicida con que entonces se jugaba a la ruleta rusa, lean las recientes memorias de Pablo Carbonell, El mundo de la tarántula.

Alarma!!! nunca encajó en la llamada movida, a pesar de la coincidencia cronológica. El trío planteaba una depuración del rock urbano, con algunos estilemas prestados por la new wave. Se hablaba con claridad del mono en Frío (1981), muchos años antes de que Antonio Vega o Enrique Urquijo se enfrentaran abiertamente a sus demonios.

Incluso socialmente, Tena estaba más cercano a la rama díscola de la familia Flores, a la bohemia de los cantautores. De hecho, Joaquín Sabina le mandó un recado urgente en Conductores suicidas, con pulso de J. J. Cale: "No es asunto tuyo —me dirás— y punto" / pero reconoce que es crudo aceptar / que no hay ser humano que le eche una mano / a quien no se quiere dejar ayudar.

En realidad, Sabina sí ayudó: el primer álbum de Tena en solitario, Tan raro (1988), salió en su sello, Elígeme. No era una producción feliz pero, caramba, tampoco Joaquín dominaba entonces el arte del sonido domado.

Tena intentaba vender letras o canciones enteras a artistas como Miguel Ríos o Luz Casal. Hasta que se trasladó a Miami, donde sobrevivió a un huracán tropical y definió su receta ganadora: Sangre española (1992) contenía contundentes temas para el gran público, con textos universales. Todo un bombazo en aquella España inconstante, donde el rock iniciaba otra travesía del desierto, tras el desvanecimiento de las figuras de los ochenta y la labor de zapa del indie.

Con ventas cercanas al millón de ejemplares, tuvo entonces una oportunidad para instalarse en el olimpo de los grandes solistas nacionales. No lo consiguió. Repitió la fórmula pero el vehículo empezó a renquear: el propio Manolo sufría pájaras desconcertantes para los que no estábamos en el ajo. Así, fue incapaz de articular palabra durante los ensayos para el concierto de conmemoración de los 20 años de EL PAÍS en Las Ventas, ante las miradas atónitas de la plana mayor de sus colegas; el tema que se le había reservado fue finalmente interpretado por el sabinero Antonio García de Diego.

En general, logró disimular sus crisis: facturaba música para películas, participaba en discos colectivos, hasta fue miembro del Consejo de la SGAE. Solo en 2015, con la emisión en TVE del documental Manolo Tena, un extraño en el paraíso, reconoció que aquellos años guadianescos obedecían a sus recaídas en las adicciones y sus intentos de rehabilitación. Su aparición en un programa de La Sexta vino a recordar la profundidad de su repertorio y, para los que supieron verlo, la profunda conexión entre vivencias y canciones.

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