DIOSES Y MONSTRUOS

Buscadores de la verdad. ¿Qué verdad?

El cine tiene títulos memorables sobre el periodismo, su ética y su afán de independencia. También relatos abanderados por cínicos y rufianes

Desde la izquierda, Rachel McAdams, Michael Keaton, Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Brian d’Arcy James, en 'Spotlight'.
Desde la izquierda, Rachel McAdams, Michael Keaton, Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Brian d’Arcy James, en 'Spotlight'.

Imagino en la última edición de los Oscar al hipersensible y místico mundo interior del gran esteta Iñárritu relamiéndose de gusto anticipadamente ante la seguridad de que no solo iban a decretar que él, Leonardo DiCaprio y Emmanuel Lubezki eran los mejores artistas del año, sino que consecuentemente El renacido, la espectacular criatura que habían parido, recibiría el ansiado galardón a la más guapa del baile. Y debió de darle un síncope al escuchar que el Oscar a la mejor película era para Spotlight, cine sobre ese oficio en crisis y lleno de incertidumbre llamado periodismo, sospecho que con un presupuesto diez veces inferior a esa historia sobre el calvario y la increíble supervivencia del trampero, sin estrellas (Mark Ruffalo, Stanley Tucci y Michael Keaton son actores excelentes, pero su presencia no sirve para vender entradas), firmada por el nada consagrado Thomas McCarthy, señor con viejas señas de identidad en el cine independiente del bueno, autor de las notables Vías cruzadas y The Visitor.

John Malkovich y Sam Waterston, en un momento de 'Los gritos del silencio' (Roland Joffé, 1984).
John Malkovich y Sam Waterston, en un momento de 'Los gritos del silencio' (Roland Joffé, 1984).

La temática de Spotlight da mucho miedo, la protagonizan periodistas de la vieja escuela (aunque solo hayan pasado 15 años de aquella investigación tenebrosa de The Boston Globe), gente que sigue tomando notas con un bolígrafo en sus nada sofisticadas libretas, siguiendo la pista de múltiples violaciones y abusos de niños a cargo de curas que gozaban de impunidad, estaban protegidos por sus jefes, eran trasladados a nuevas parroquias o a otras ciudades, y gozaban en Boston del amparo del poder. Bueno, en Boston y en cualquier lugar del catolizado mundo. Yo creo que es una película bien contada, eficaz, con una sorpresa en su desenlace que era necesaria y que revela la responsabilidad mayor o menor, la culpabilidad por omisión, comodidad o desgana de muchas personas en las corrupciones más perversas.

A pesar del Oscar me cuentan que su taquilla ha sido discreta. No creo que haya calado en la consideración del gran público como una obra maestra, que no lo es, pero despierta entusiasmo entre la gente que se dedica al periodismo. Sobre todo, a los que llevan un tiempo razonable ejerciendo la profesión. Y entiendes esa fascinación. Aunque la investigación de The Boston Globe fuera enormemente trascendente, el director Thomas McCarthy no intenta dar dimensión épica a sus héroes. Su trabajo forma parte de rituales cotidianos, de descubrimientos que se demoran o se retuercen, de paciencia, de suerte, de ganas de rendición, de subidones, del apoyo de los jefes para llegar a un final que a veces parece incierto, arriesgado, repleto de minas que pueden estallar poniendo en peligro el futuro del periódico y de sus carreras, de territorios habitados por escasas luces y múltiples sombras, de intereses muy poderosos para que el sistema no salga excesivamente dañado si se cuenta la verdad. No hay diálogos enfáticos, ni golpes de efecto, ni la intención de sacrificar la realidad para hacer concesiones al espectáculo. Todo suena a veraz.

En Spotlight no hay golpes de efecto, ni la intención de sacrificar la realidad para hacer concesiones al espectáculo. Suena a verdad

Y sirve para hacer memoria de las ocasiones más memorables en las que el cine se ha ocupado del periodismo, de esas empresas que siempre se declaran independientes y con los sagrados objetivos de desvelar la verdad, plasmar la realidad, denunciar los desmanes, vigilar o incomodar a los tres poderes que figuran por delante del que posee el que al parecer es el cuarto, no seguir las consignas de los que dirigen el tinglado, en fin, esas cosas tan heroicas y auténticas. Aunque esa actitud no ha sido la norma. Billy Wilder lanzó vitriolo en El gran carnaval sobre la obscena y asesina manipulación de un trepa del periodismo para montar un circo y vender infinitos ejemplares a costa de la tragedia de un pobre hombre atrapado en una mina. Wilder también hizo en Primera plana un formidable remake de Luna nueva, una historia de Ben Hecht que había adaptado al cine muchos años antes Howard Hawks, con tanta inteligencia como ritmo. Hay pocos canallas tan desvergonzados y pragmáticos en la historia del cine como ese sensacionalista director de periódico, interpretado inolvidablemente por Cary Grant y por Walter Mattau, capaz de cualquier villanía para retener a su reportero estrella y vender en primera plana y en exclusiva la ejecución de un débil mental presuntamente anarquista. Y es terrible el extremo al que pueden llegar las televisiones, ofreciendo un suicidio en directo, con tal de pillar máxima audiencia, en la lúcida y visionaria Network. O los chanchullos y los inventos de un periodista mentiroso sobre el mundo de la mendicidad con el apoyo de los nuevos jefes, que describe David Simon en la última temporada de la serie The Wire. Y Charles Foster Kane, ese niño multimillonario obsesionado con su recuerdo o su pérdida del enigma Rosebud, monta al hacerse mayor una cadena de periódicos dispuestos a luchar contra la injusticia. Le durarán poco esos nobles propósitos. Utilizará la prensa para defender sus frecuentemente turbios intereses, vilipendiar con calumnias o medias verdades a sus rivales, intentar hacer carrera política, manejar los hilos de la opinión pública.

Thomas McCarthy, director de 'Spotlight', en un fotograma de la quinta temporada de 'The Wire'.
Thomas McCarthy, director de 'Spotlight', en un fotograma de la quinta temporada de 'The Wire'.

Pero también han existido personajes dispuestos a jugarse todo en nombre de su profesionalidad, su sentido ético, sus crónicas, indagaciones, reportajes, denuncias de la abyección. Bogart desafiaba a los gánsteres y los desenmascaraba en El cuarto poder. Para eso era Bogart. Red­ford y Hoffman lograban la dimisión de Richard Nixon al demostrar su responsabilidad en el sucio Watergate en Todos los hombres del presidente. Y hay reporteros de guerra que se comprometen con las víctimas, ofrecen su testimonio del horror, hacen lo que pueden en las antiguas barbaries de Camboya e Indonesia. Ocurre en El año que vivimos peligrosamente y Los gritos del silencio. Era duro enfrentarse a la triunfante caza de brujas. Lo hace un periodista mítico de la televisión en blanco y negro en Buenas noches y buena suerte. Y los sabuesos que buscan al asesino en la serie Zodiac llegarán a viejos sin haberlo cazado. Y Pacino se largará asqueado con los sórdidos engranajes que manejan los dueños de la televisión en la que trabaja y la complicidad con ellos de sus jefes en esa obra maestra titulada El dilema. Su victoria será pírrica. La ética, la independencia y la búsqueda de la verdad son términos huecos en muchas ocasiones. Y sus abanderados tan cínicos como rufianes.

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