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UNIVERSOS PARALELOS

Ella no era una chica estúpida

Chrissie Hynde retrata el despertar de la contracultura en EE UU

Chrissie Hynde, en una imagen de archivo.
Chrissie Hynde, en una imagen de archivo.

En los ochenta, entrevistar a Chrissie Hynde era un deporte de riesgo: excitante pero peligroso. A veces, ella misma empezaba las hostilidades. Conocida por su vegetarianismo y su militancia animalista, la cantante de The Pretenders entraba directamente al trapo: “Vas a preguntarme por mis botas de cuero y debo decirte que…”. Daba lo mismo: amábamos a Chrissie. Había traído sensualidad al rock, tras el asexuado postureo del punk. Lo hacía sin concesiones al erotismo de videoclip, con la seguridad que daba su edad (había nacido en 1951) e –imaginábamos- su intensa experiencia vital.

Era un verso libre. Y lo acaba de confirmar con Reckless, su autobiografía (la traducción saldrá en España antes de que acabe el año). Voy a avisarlo: es un libro que despierta la antipatía del lector, por alardear de indiferencia, vagancia, profundo egoísmo. Otra sorpresa desagradable es que solo llega hasta 1983, y de mala manera; apenas aparece Ray Davies y no se mencionan a sus siguientes maridos, el cantante Jim Kerr y el artista colombiano Lucho Brieva.

Ella no era una chica estúpida

Ítem más. Chrissie cuenta los sórdidos detalles de una violación por parte de una pandilla de moteros, en su Ohio. Ya se había referido al asunto en una de sus primeras canciones, Tattoed love boys, pero ahora, en el libro y en la promoción posterior, se reconoce como única responsable de aquella situación. Viene a decir: “Si vas colocada y llevas poca ropa, te lo estás buscando.”

Una postura que horroriza a muchas mujeres y bastantes hombres. Pero responde al plan maestro de Chrissie: las trescientas páginas de Reckless contienen un alegato continuado contra las drogas, categoría en la que incluye al alcohol y el tabaco. Recuerden que dos de los miembros fundadores de The Pretenders, James Honeyman-Scott y su amado Pete Farndon, murieron en menos de un año, víctimas de sobredosis.

No esperen grandes percepciones psicológicas sobre la atracción de las drogas. Los hombres de Reckless son criaturas primarias, que se ponen agresivos cuando se trata de sexo u honor. Y las mujeres, bueno, cabecitas huecas que van rebotando en el pinball de la vida.

Que conste que Chrissie es particularmente dura consigo misma. Una niña consentida que goza del apoyo de unos laboriosos padres conservadores, a los que uno imagina consternados ante su desinterés por la educación. Pagan para que la chica finja que aprende en Canadá, México o la universidad de Ohio. Inscrita en esa última, en la ciudad de Kent, Chrissie asiste a una protesta contra la guerra de Vietnam que termina con la muerte de cuatro estudiantes. Semejante encuentro con el instinto represivo del Estado no afecta demasiado a Chrissie: lo importante, para ella, es que la masacre inspira la airada Ohio, de Neil Young.

A su modo, Chrissie sí retrata maravillosamente el nacimiento de la contracultura. Millones de adolescentes que se rebelan contra la vida confortable que les ofrecen sus mayores, en su caso sin que haya motivos de peso; es a posteriori cuando descubre, por ejemplo, que el American way of life impone la subordinación al automóvil, con sus devastadores efectos ecológicos y sociales.

El rock es el poderoso banderín de enganche de esta ruptura generacional. Pero su decisión de tocar o cantar no conlleva una dedicación al arte: si hemos de creerla, apenas practica con la guitarra; no se implica demasiado con los diferentes grupos que la aceptan en Ohio, París, Londres.

Reckless nos hurta todo el proceso de creación. En 1980, cuando sale el primer LP de Pretenders, incluye diez canciones suyas definitorias y perfectamente formadas. ¿Es un milagro o realmente ha conseguido convertirse en “uno de los chicos”, esos genios intuitivos que tanto admira?

En el mundo de Chrissie no hay hueco para la solidaridad femenina. Cuenta encantada su primer concierto de los Rolling Stones, donde se fija en que Bill Wyman y Keith Richards han intercambiado ropas pero nada dice de Stupid girl o tantas canciones crudamente misóginas que definían al grupo a mitad de los sesenta.

No hay moralejas en Reckless, aparte del “cuidado con las drogas”. Uno desea fervientemente que la carencia de empatía sea un fallo de planteamiento –no hay señales de que el texto haya sido revisado por un editor- y que lo resuelva con la siguiente entrega.