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GENIOS E IMPOSTORES

Pasión romántica, versos de ultratumba

Dante Gabriel Rossetti fue uno de los fundadores del grupo de prerrafaelitas y mantuvo una tormentosa relación con Lizzie Siddal

Retrato de Dante Grabiel Rossetti lider del prerrafaelita William Holman, propiedad del City Manchester Galleries.
Retrato de Dante Grabiel Rossetti lider del prerrafaelita William Holman, propiedad del City Manchester Galleries.

Lizzie Siddal fue la musa, modelo, amante y finalmente la mujer inmolada del poeta y pintor prerrafaelita Dante Gabriel Rossetti. Este la conoció cuando era una joven bellísima de 20 años después de que la descubriera el pintor Walter H. Deverell en la sombrerería de la señora Tozer’s, en Cranbourne Alley de Londres, donde trabajaba de costurera. Tenía los ojos verdes azulados, una tez transparente, una espléndida cabellera de oro quemado y parecía siempre envuelta en un aura de dulzura y misteriosa distancia. Antes de convertirla en su amante, Dante Gabriel Rossetti tuvo que compartirla con sus colegas de la Hermandad de los Prerrafaelitas, que se la disputaban como predadores a la caza de una hermosa gacela, ya que encarnaba el ideal de belleza inmarcesible, virginal e incontaminada en aquella ciénaga de amoríos de la Inglaterra victoriana de mediados del siglo XIX.

 

Rossetti la pintó obsesivamente para hurtarla a otros pintores, pero no logró evitar que posara como Ofelia para el famoso cuadro del pintor John Everett Millais. Los prerrafaelitas lo fiaban todo a la perfección de la pintura de los primitivos italianos y Lizzie era para ellos Simonetta Vespucci, la modelo de Botticelli, reencarnada.

En el taller de Millais, en Gower Street, se había preparado un remedo de naturaleza floral para ocultar una bañera llena de agua donde Lizzie debía flotar vestida representando el ahogamiento de la Ofelia de Hamlet. El artista la pintaba diariamente ese invierno de 1852 y, para templar el agua, ponía velas debajo de la bañera, pero en una ocasión las velas se apagaron sin que el pintor se diera cuenta y Lizzie se fue congelando en silencio, inmóvil, con los brazos abiertos y la cabellera derramada en el agua fría hasta coger una pulmonía que estuvo a punto de llevarla a la tumba. Fue el inicio de todas sus desgracias. Después de un largo pleito, el padre de la modelo consiguió que Millais pagara los honorarios del doctor, pero a partir de ese momento Lizzie adquirió una rara melancolía unida a la anorexia, tal vez a la tuberculosis y a la depresión, que trataba de remediar con láudano.

 

Manuscritos en la fosa

 

Aunque Rossetti fue más conocido como pintor, a los 19 años ya había publicado La doncella bienaventurada, el libro de poemas que lo había consagrado en 1847. No existe constancia de que Lizzie hubiera ido a la escuela, pero sabía leer y escribir, algo insólito en una costurera de aquella época, e incluso a temprana edad desarrolló también un amor por la poesía, luego de descubrir un poema de Alfred Tennyson en un trozo de papel de periódico que había sido utilizado para envolver una porción de mantequilla. “Nadie hay como ella / ni la habrá cuando nuestros veranos hayan acabado”.

Estos versos la impulsaron a escribir y a pintar cuando ya había iniciado una relación tormentosa en brazos de Rossetti. Existe una copiosa literatura, obras de teatro y películas sobre esta pasión, que el pintor no dejó de compartir con varias amantes. Una de ellas fue Jane Morris, la esposa de su socio y amigo William Morris, una mujer de clase obrera, de pelo cobrizo y decadente palidez enfermiza, según el ideal de belleza prerrafaelita, con la que mantuvo un tórrido romance, que se frustró cuando Lizzie, después de dar a luz a una niña muerta, se lanzó hacia la propia destrucción, a la que puso final con el suicidio por una sobredosis de láudano en 1862. Lizzie tenía 32 años.

El rito funerario de Lizzie fue una ceremonia gótica. El pleno de la Hermandad de Prerrafaelitas, los colegas Burne-Jones, Ford Madox, Philip Webb, John Everett Millais, acompañaron a Rossetti hasta el cementerio londinense de Highgate y allí, en un rapto de romanticismo desgarrado, el poeta pintor arrojó al interior de la fosa varios manuscritos con poemas inéditos que cayeron sobre el cadáver de su mujer. Sumido en una profunda culpabilidad, a partir de entonces Rossetti comenzó a idealizarla en dibujos y pinturas que culminaron con el famoso cuadro Beata Beatrix, pintado en 1863, un año después de la muerte de Lizzie. Ella fue la modelo imaginaria de la Beatriz de Dante Alighieri en oración.

El pintor inició nuevas aventuras con otras amantes, entre ellas con Fanny Cornforth, modelo en algunas de sus obras, pero el inquieto corazón de Rossetti tampoco olvidó a Jane Morris, ahora que la tenía siempre al lado, ya que el sentimental prerrafaelita colaboraba estrechamente con su marido en la empresa de arquitectura y diseño Art & Graft. Su relación amorosa se mantuvo entre 1871 y 1874. Los amantes se reunían a menudo en Kelmscott Manor, la casa que Rossetti y el matrimonio Morris habían alquilado en el condado de Oxford para huir del bullicio de Londres. Esta promiscuidad decadente entre amigos, maridos y amantes contra los límites estrictos que imponía la moral victoriana la heredarían muchos años después los del grupo de Bloomsbury, la secta de Los Apóstoles de Cambridge, con Virginia Woolf a la cabeza.

No obstante, el ectoplasma de Lizzie perduraba en la mente cada vez más atormentada de Rossetti. Como poeta, había entrado en decadencia y de pronto, en su locura melancólica, imaginó que podía recobrar la gloria si abría la sepultura de su esposa para rescatar los versos manuscritos e inéditos que había arrojado sobre su cadáver. Los colegas de hermandad le animaron a hacerlo. La apertura de la tumba fue otra ceremonia gótica. Se dice que el cadáver de Lizzie permanecía incorrupto con toda su belleza ideal y sobre su regazo permanecían también incorruptos los poemas que Rossetti rescató para publicarlos después. La tumba liberó todos los fantasmas y mientras Dante Gabriel Rossetti moría en su retiro de Chelsea consumido por la depresión en el aire volaban todavía sus versos purificados en la ultratumba. “Yacen tus manos abiertas en la hierba”. Eran recuerdos de un verano, de otros tiempos de belleza.