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Adele, Floanting Points y Papaya

Tres discos, tres reseñas, tres calificaciones

EL DISCO DE LA SEMANA: Adele - 25

No es la publicación de un simple disco: es algo más. Es un acontecimiento. Todavía no había salido al mercado y, por impacto mediático, ruido en las redes sociales y previsiones económicas, 25 ya se había convertido en el fenómeno musical del año. En la antesala, su sencillo de adelanto, Hello, batió todos los récords: fue la canción más descargada de la historia en las plataformas digitales y su videoclip el más visto de todo el año en Youtube y Vevo, superando al trailer de Star Wars: Episodio VII - El despertar de la fuerza. Ahora, con el álbum recién puesto en las estanterías de las tiendas -no está disponible en Spotify ni Apple Music-, la realidad se sigue encargando de superar cualquier expectativa: el nuevo disco de Adele, publicado el pasado viernes tras cuatro años desde el anterior 21, está a un paso de ser el que más ventas ha cosechado en su primera semana en la historia de Reino Unido, tras sobrepasar a Progress (2010) de Take That y tener a tiro de piedra Be Here Now (1997) de Oasis, y de Estados Unidos, donde la empresa Nielsen informó de que ya alberga más ventas que el hasta ahora imbatible No Strings Attached (2000) de 'N Sync. Y todo en un contexto muy distinto al de sus predecesores, cuando la industria del disco hoy está menguante.

Adele, Floanting Points y Papaya

Artista: Adele

Disco: 25

Sello: XL / Popstock!

Calificación: 7 sobre 10. 

Pero, más allá de los históricos números en plena crisis del disco, hay algo más. Esta mina de oro llamada Adele, que fue fichada por una compañía independiente después de que un amigo subiese sus canciones a MySpace y que en sus comienzos no todos apostaron por ella -por ejemplo, todavía se oyen los lamentos en las oficinas de Sony España porque nuestra rama de la multinacional no se hizo con sus servicios-, es la mayor y más brillante voz del pop de nuestros tiempos. Sí, pop, nada de soul. Conviene no confundir por respeto al género de Aretha Franklin, Otis Redding, Wilson Pickett o Bobby Womack que tiene una identidad y dinámica tan genuinas. Lo que hace la cantante británica, cuyo vozarrón de mezzosoprano puede vestir de gala cualquier estilo, nada tiene que ver con verdaderas instigadoras del soul actual como Bettye Lavette, Sharon Jones o Nicole Willis.

Desde que debutó con 19 en 2008, los arreglos de sus canciones son fibra pop, aderezados con el dramatismo absorbente de su garganta, y ahora más que nunca en 25, un disco con toda la gloria de la mejor Adele pero también algún vicio del pop de nuestros días. Es el vicio de la épica cegadora, esa instrumentación grandilocuente con tonteos electrónicos, suaves ritmos y voces ecualizadas. Es un fogonazo, pensado para colarse en clubs de baile y radiofórmulas, que tiene su propio campo de expansión en el rhythm and blues contemporáneo, pero que neutraliza a esta portentosa vocalista, más intensa cuanto menos se deja rodear de elementos que pelean por robarla protagonismo. Es el caso de Send My Love (To Your New Lover), compuesta con Max Martin quien está detrás de éxitos de Taylor Swift, Katy Perry o Britney Spears, I Miss You o Water Under The Bridge, dedicada a su pareja Simon.

De esta forma, esa especie de góspel que es River Lea, compuesta con Danger Mouse, alcanza un clímax creíble y en Love in the Dark funciona mucho mejor el melodrama conseguido con el piano y el telón de cuerdas. En este contexto, Adele es una fuerza de la naturaleza. Como ya demostró en sus conocidas canciones como Someone Like You, Chasing Pavements o su versión del tema de Bob Dylan Make You Feel My Love, es todo carisma cuando se desgarra, permitiendo comparaciones por su bellísimo lamento con Aretha Franklin o con el propio Frank Sinatra, al tener, como decía Count Basie del italoamericano, “la soledad impregnada en la voz”. El pasaje sentimental al piano de All I Ask, coescrita con Bruno Mars, se asocia a los mejores Elton John o Billy Joel. Sucede lo mismo con las descarnadas baladas Million Years Ago, en la que toca la guitarra acústica, o When We Were Young, compuesta por el talentoso Tobias Jesso Jr. Su melancolía, tierna como un suspiro, penetrante como un cuchillo, remite a la dulzura infinita de Carole King o Dusty Springfield. Los verdaderos acontecimientos suceden en estos momentos cuando se pregunta por el paso del tiempo. Cuando, sin importar las calculadoras y las millonarias cifras de ventas, Adele hace algo más que cantar. Fernando Navarro

 

Floating Points - Elaenia

Pese a sumar varios singles y Ep’s a lo largo del último lustro, no cabe ninguna duda de que Floating Points, es decir Sam Shepherd, es un artista al que la mayor parte del mundo todavía debe descubrir. Algunos se sumergirán en su propuesta sin dificultad, otros no acabarán de entender que nos refiramos a él como creador electrónico, pero el tema no admite discusión, créanme. Ahora bien, lo cierto es que Shepherd no es para nada un músico electrónico corriente, no lo es su formación, ni mucho menos su forma de enfrentarse al género. Quizás tenga mucho que ver con que, en su cotidianeidad, combine facetas muy diversas que confluyen en una de esas personalidades fuera de lo común.

Adele, Floanting Points y Papaya

Artista: Floating Points

Disco: Elaenia

Sello: Pluto/Music As Usual

Calificación: 8 sobre 10.

Hijo de predicador, recién doctorado en neurociencia y epigenética, discjockey, productor e incluso uno de los motores del sello Eglo Records, este mancuniano afincado en Londres lleva toda su vida escuchando estilos musicales distintos, asimilando conocimientos, melodías, ritmos y ambientes. Porque Shepherd ha extraído todo el jugo a los más de diez mil discos que tiene en casa, asimilando nutrientes y desechando toxinas en un largo recorrido, el que le ha llevado hasta su primer y sorprendente larga duración, este Elaenia sobre el que están ustedes leyendo en estos momentos. Con él, Shepherd crea nuevo sello (Pluto) y aporta una vida distinta a su música, hasta ahora mucho más orientada a la pista de baile (pongamos Nuits Sonores como ejemplo para hacerse una idea).

Elaenia es una obra que crece a base de instrumentos reales y electrónica (de algo le ha servido a Shepherd su trabajo con la Floating Points Ensemble), combinando arpegiados lisérgicos con rítmicas que, esta vez, se fijan más en la cabeza que en los pies. Floating Points redondea un viaje cósmico de cuarenta y pocos minutos de duración cuyas aguas fluyen inesperadas y libres. A lo largo de sus siete cortes uno verá aparecer y desaparecer algo de Bill Evans, Steve Reich, Tortoise, Flying Lotus, Caribou, Radiohead, Kamasi Washington o incluso de los últimos Talk Talk, a los que el propio Shepherd cita como influencia directa. Por todo ello resulta francamente sencillo entender por qué Dan Snaith (Caribou, Daphni) y Kieran Hebden (Four Tet), recientes compañeros suyos en gira, andan rendidos a sus pies.

Resumiendo, Elaenia es una de esas obras atemporales e inesperadas que, situándose en un punto equidistante entre géneros, brillan con luz propia, huyendo de la dictadura de las modas y de las producciones del momento. Elaenia vuela libre, desacomplejado y sin preocuparse por si el horizonte está aquí o allí. Exactamente como esos pajarillos juguetones de los que toma su nombre. Exactamente como ellos. Joan S. Luna


Papaya - No me quiero enamorar

Adele, Floanting Points y Papaya

Artista: Papaya

Disco: No me quiero enamorar

Sello: Jabalina Música 

Calificación: 8 sobre 10.

Se esperaba mucho y bueno de Papaya, formación liderada por la cantante y guitarrista Yanara Espinoza, conocida en los subterráneos de nuestra escena independiente por su faena con los inclasificables Violeta Vil. El sencillo El rey de las camas, publicado a finales de 2014 por el pequeño sello madrileño Discos Walden, nos puso sobre la pista de un grupo cuyas señas de identidad –lírica mordaz envuelta en melodías chispeantes, con amplitud de registro genérico y cero épica– poco tienen que ver con el previsible sota, caballo y rey que, de un tiempo a esta parte, domina en nuestra cartelería festivalera.

Dos de las canciones incluidas en aquel siete pulgadas – Joyas en las trompas y la magnética El rey de las camas – perviven en este primer álbum en el que Espinoza –autora de todas las composiciones– amplía su personalísimo campo de batalla con ayuda de Sebastian Litmanovich, alma mater de Cineplexx. El veterano músico y productor de origen argentino es quien se encarga de pulir unas partituras que disparan en múltiples direcciones y casi siempre hacen diana. La fe de bautismo del grupo no puede ser más adecuada, porque las canciones de Papaya son jugosas, antioxidantes, fáciles de asimilar y ayudan a aliviar ciertas heridas.

No me quiero enamorar arranca con pulso surfero y dicción ye-yé –extraordinaria Cosas fascinantes y sencillas– levantando acta de un desencanto sentimental que sobrevuela todo el disco. El abatimiento se manifiesta sin ambages en dos piezas de oscuridad manifiesta, Joyas en las trompas y El alimento del alma, que remiten a la pista de baile de los ochenta y allanan el camino a Obsesiones, la canción más contagiosa del álbum, una de esas composiciones con silbido capaz de instalarse en el subconsciente a perpetuidad. Ahumar es otro ejemplo de lo fino que hila el trío que completa el bajista Miguel Aguas, excomponente de Jonston: rima muy consonante, sutiles arreglos de metal, percusiones en tupido contrapunto y scratches acompañando una voz que prefiere la contención al alarde.

Incluso ejercicios de estilo como Mira su fuego – canónico repaso al catecismo de los grupos de chicas de los años sesenta– o Carne de carroña –bases esqueléticas de onda jamaicana con pespuntes de órgano garagero rematadas por una Yanara en clave rapera, ajena al qué dirán– resultan estimulantes y confirman que estamos ante un grupo que no teme salirse del molde, desbordar por donde menos se espera.

 De cuando en cuando, echan un borrón. Minutos recuerda en demasía a la Christina Rosenvinge post Nueva York y aporta poco a su personalísimo discurso, mientras que El secreto termina resultando plomiza. En cualquier caso, hablamos de nubes pasajeras que no eclipsan el fulgurante brillo de una obra que, en lugar de prometer, confirma. César Luquero

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