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UNA REFLEXIÓN EN TORNO A ANDRÉ GLUCKSMANN

Un contemporáneo fundamental

El filósofo y escritor francés recuerda todas las caras de su amigo fallecido, un pensador “fiel a la preocupación por el mundo” y que “dejó de creer en la revolución, pero que nunca dejó de indignarse”

Un contemporáneo fundamental

Desde esta mañana, en mi cabeza, todos los Glucksmann que he conocido se amontonan y me llevan a zonas de mi memoria que no pensaba revisitar tan pronto.

Está el guapo joven que arengaba a un grupo de obreros y estudiantes en la calle de Bourg-Tibourg, París, en 1969 o 1970, en un apartamento prestado por un camarada progresista para una reunión clandestina organizada por una célula de la Izquierda Proletaria.

Está el Glucksmann estratega al que recuerdo tomando al asalto una sala del Liceo Louis-le-Grand para dibujar con tiza sobre la pizarra las grandes líneas de la ofensiva del Tet y los consejos que dirigía con la mayor seriedad, a través de nosotros, los estudiantes, al general vietnamita Gap.

Está el Glucksmann de aquellos tiempos benditos en los que aún podíamos creer que la cocinera tiene siempre razón frente al devorador de hombres y que la visión del pueblo siempre es la acertada.

Está el Glucksmann que inspiraba cierto miedo a Raymond Aron por su conocimiento de Clausewitz, perfecto e impecable, exhaustivo pero con el que quería cambiar el mundo: recuerdo una comida en 1978, en un pequeño restaurante de la rue du Dragon que parecía un vagón de tren, y a un anciano muy educado que, al comprender el uso revolucionario que su mejor alumno estaba dando a sus enseñanzas, pareció caer en el mismo terror sagrado de Gide cuando conoció a Bernard Lazare y se dio cuenta de que era posible poner algo por encima de la literatura.

Está el Glucksmann que encantaba a Michel Foucault, que veía en sus arrebatos la traducción exacta de su axioma según el cual todo parte, no del poder, sino del espíritu de resistencia: la risa de Foucault, la alegría de Foucault; y otra comida, más o menos por la misma época, en la que, cuando André acababa de juntar ante él a Sartre y Solzhenitsyn, el espíritu de la resistencia francesa y el de los refractarios del Gulag, el autor de Vigilar y castigar escribió en una esquina de la mesa el esbozo del artículo sobre los maestros pensadores que se titularía La gran cólera de las cosas, para Le Nouvel Observateur.

Era estratega y encolerizado, un doble soplo del corazón al cerebro

Está el Glucksmann que dejó de creer en la revolución pero que nunca dejó de indignarse.

Está esa cólera que era en él una segunda naturaleza y que daba a la menor de sus declaraciones el mismo tono de anatema y de rabia.

Está el Glucksmann estratega y encolerizado —los dos iban juntos—, era un doble soplo que iba de su corazón a su cerebro y a la inversa; vuelvo a vernos, una tarde de mayo de 1977, caminando por la rue Cognac Jay de París hacia el estudio de Bernard Pivot: nos acompañaban nuestra editora, Françoise Verny, y un Maurice Clavel extenuado, titubeante, a punto de pasarle el testigo, y estoy convencido de que fue entonces cuando concibió la famosa frase que, antes de dar la vuelta al mundo, iba a hacer que soplara un viento de rebelión inesperado en el sabio plató del programa literario de referencia: “Las tribunas del programa común están vacías”.

Está el Glucksmann fiel a sus padres inmigrantes que habían atravesado una Europa en llamas, arrasada por los nazis; siempre pensé que esa era su línea de vida y fidelidad.

Está el Glucksmann inflexible sobre los derechos de los más humildes y sobre la arrogancia que tanto le horrorizaba en los poderosos, sin un atisbo de populismo, pero siempre tomando partido por lo más pequeño del ser humano, aquello en lo que, según él, residía la verdadera grandeza.

Se dice de algunos escritores que han inventado un cliché: en su caso, yo tuve la sensación, un día de 1995, de que estaba inventando un pueblo, porque, aparte de los lectores de Tolstoi, ¿quién había oído hablar por aquel entonces del pueblo checheno y el periodo infernal que estaba a punto de comenzar? Glucksmann daba las gracias cada vez que alguien utilizaba el término “checheno” en un artículo, como en otro tiempo me enviaba un telegrama cuando mencionaba a Solzhenitsyn.

Apoyó a Sarkozy, pero la situación de los gitanos le hizo cambiar de opinión

Lo recuerdo en un anfiteatro de México, explicando a una multitud de estudiantes todavía castristas que había que intercambiar a Castro por Pinochet. La gente rugió, volaron los insultos, hubo proyectiles que llegaron hasta el estrado, y él tuvo la idea de proponer la instauración de un soviet de sala, con un turno de palabra igual y alternante para ellos y para nosotros; en primera fila se encontraba su mujer, Fanfan, que no sé si bebía sus palabras o se las soplaba.

Aún oigo las burlas porque se ocupaba demasiado de los chechenos, los bosnios, los libios, los ucranianos, los georgianos y otros parias de la tierra hoy conocidos, y aún lo veo observar con tristeza y perplejidad a aquellos colegas que parecían creer, en efecto, que el mundo giraba alrededor de nuestras elecciones regionales y cantonales, en torno a la identidad francesa amenazada o un cosmos reducido a las fronteras de la provincia gala.

Está el Glucksmann que tenía razón y el Glucksmann que de vez en cuando, con el mismo fervor y el mismo sentimiento de estar en lo cierto, se equivocaba; la gran diferencia con otros, muchos otros, era que él lo decía, que iba hasta el fondo de su confusión de un instante y que tenía como religión el error pensado, meditado, devuelto: tengo las notas de nuestra conversación de un día de enero de 2007, cuando me anunció su decisión de apoyar a Nicolas Sarkozy; y las de otra conversación, años después, cuando la situación de los gitanos y otros desfavorecidos le hizo cambiar de opinión.

Está el Glucksmann a quien ningún revés, ninguna derrota, ninguna verdad supuestamente revelada por los presuntos expertos impidió jamás permanecer fiel a la preocupación por el mundo; tengo también ante mí el magnífico texto que me confió el año pasado, un día en el que habíamos previsto ir juntos a Kiev, al Maidán: “Me llamo André Glucksmann, dicen que soy filósofo; si no estoy allí con vosotros es solo debido a la enfermedad; pero os he dado lo mejor de mí mismo, mi hijo Raphaël, que ha estado a vuestro lado, en vuestras barricadas, y que se encuentra allí ahora para acompañaros en vuestro pasmoso camino hacia la independencia, la libertad, la democracia”.

Sabía como nadie poner en la picota a aquellos que tenían parecido con él

Tengo las conmovedoras imágenes de él ante Mijail Jodorkovski, cuando este acababa de salir del Gulag de Putin; no lo veía desde hacía tiempo, y ahí está frágil, demacrado, andando a pasitos, un poco triste, casi sin salir ya de su casa, pero todavía guapo, muy guapo, y, sobre todo, con esa rebelión intacta, esa cólera fría de siempre contra los nuevos moscovitas de la derecha europea y la vergüenza que nos producen.

Está el Glucksmann con el que alguna vez me peleé, pero eso, como decían nuestros maestros, no era más que otra manera de convivir.

Está el Glucksmann que sabía como nadie poner en la picota a los hombres y las mujeres que tenían cierto parecido con lo que él había sido y que pensaba haber dejado atrás... Aunque ¿seguro? ¿Acaso su vehemencia no era más que una forma de fidelidad a sí mismo?

De todas estas impresiones, no sé cuál me conmueve más.

Cuando muere un hombre, nunca se sabe qué parte de él es la que se evapora, la parte de los ángeles, y cuál es la que permanece y lo convierte en un contemporáneo fundamental.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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