De frente | Juan Diego

“Yo soy un fascista, un homosexual y un ángel. Un actor”

Sevillano, 72 años. Medalla de Oro de la Academia de Cine (con Aitana Sánchez-Gijón). Reestrena el jueves (en los Luchana de Madrid) ‘La lengua madre’, de Millás

¿Qué es lo que más importa en su oficio? Adquirirlo. No funciona sin artesanía, sin destreza en el manejo de la búsqueda de un personaje. Puedes haber estudiado mucho, pero el oficio se adquiere con el desarrollo práctico. Se le puede añadir talento, pero eso es mucho. Puedes tener momentos de inspiración; no los tiene todo el mundo ni al que lo tiene le sale en todo momento.

¿En quién se ha fijado usted? En nadie. Con el tiempo he descubierto que soy un tipo que ha ido por la vida de cara, no buscaba nada. Sólo quería ser actor de teatro. Lo del cine en mi pueblo me parecía de Hollywood. Veía el cine a través del hueco que había en una bodega. Hasta que venía Manuel el del cine, nos pegaba unos azotazos y nos mandaba para casa. Nunca quise ser esto en lo que parece que me he convertido: ¡alguien que merezca la Medalla de Oro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas!

¿Qué es ahora ser actor para usted? Para mí es hacer un servicio público al sitio donde vivo y al planeta que habito. Para mí sigue siendo lo mismo que cuando nos arreaban cuando éramos del PCE y Franco seguía fusilando: un arma cargada de futuro, como decía nuestro viejo poeta Celaya.

Para ayudar a la gente, pues. A pesar de que las cosas han cambiado mucho, el ser humano es muy débil, muy pequeño, juegan con nosotros desde que nacemos. Los poderes no son más que poder; por tanto son manipuladores, no les importamos nada. Sólo somos “un hombre, un voto”, ¡y una mierda! ¡Un hombre es muchísimo más!

¿Qué es? Alguien que en el momento en que toma conciencia de lo que es adquiere una capacidad imparable de crear. Si en tu infancia has tenido una vida interesante, crear es algo maravilloso. Pero no tenemos tiempo: han conseguido ponernos 14 horas de trabajo y por tanto nos han quitado la capacidad de reflexionar, de vernos, de vestirnos, de hacer el amor despacio, de pintar la mesa, de limpiar detenidamente una botella o de mirar a tu hijo a los ojos. Quieren anular lo que somos, lo que todavía no sabemos, la búsqueda de nuestro yo interno.

¿Cómo lo ha hecho la vida? Me ha hecho muchísimo bien; creo que he sufrido lo justo para que se desarrolle esa capacidad del humano de saber dónde está el dolor para no hacérselo al otro. Y aún así siempre provocas dolor. Soy un pequeño volcán que no ha parado de manar. Y creo que no voy a parar; te das cuenta de que eso tan jodido y tan dolorosamente humano que es la vida es cojonudo.

Sigue siendo el joven que conocí, el niño de su madre, Candelaria. ¿Cuántas edades conviven en su edad? Conviven y se alimentan. El andaluz quizá sea mi yo más auténtico y verdadero porque la niñez fue muy hermosa, con mis padres, Candelaria y Diego. Casi siempre busco ahí, es el mecanismo que utilizo para trabajar; está muy a punto y sale de ese mismo tronco que soy. Me he ido haciendo con un yo muy desconocido pero que cuando tiene que conocerse llama a aquel recuerdo en el que no era nada, nadie, pura verdad.

¿Qué huellas dejan sus personajes en usted? Yo soy un fascista, un machista, un homosexual y un ángel. Soy todo lo divino y lo humano, lo tengo dentro de mí, como cualquiera. Soy actor. No puedo ser de otra manera, no se puede ser un hijo de puta de mentira, un hijo de puta es lo peor que hay y eso lo llevamos también dentro. Ese ejercicio de darte la vuelta todos los días, desde los tobillos hasta la cabeza y ponerte todo el pellejo al revés hay que hacerlo muchas veces. Decir “¡dese la vuelta, carajo!”, ja ja ja, y quedarse ahí colgado en el gancho boca abajo. Eso es ser humano, y ser actor.

Archivado En:

Te puede interesar

Suscripciones El PaísSuscríbete

Lo más visto en...

Top 50