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Ensayémonos (al menos de vez en cuando)

Se vuelve o recurre al ensayo por muchas y variadas razones. Una de ellas, y no la menor, es el cansancio que produce la ficción 'mainstream'

Raquel Welch y Martine Beswick en un fotograma de 'Hace un millón de años'.
Raquel Welch y Martine Beswick en un fotograma de 'Hace un millón de años'.

La concesión del Nobel de Literatura a una escritora (periodista) que nunca ha publicado ficciones, corrobora la tendencia señalada por muchos observadores: existe entre los grandes lectores un cierto cansancio no sólo de la novela (y de su avatar hoy mayoritario, la llamada “novela negra”), sino también de su automática y casi exclusiva identificación con el marbete “literatura”. Lo que se ha podido leer (más en francés que en español) de Svetlana Alexiévich, sagaz observadora del espacio postsoviético y feroz denunciadora del imperialismo putiano (perdonen la malsonancia), es un ejemplo más de cómo el ensayo, cuando realmente lo es (hay quien lo confunde con la no-ficción e incluso con la autoayuda), lleva en sí mismo la capacidad de implosionar los géneros (como sabe cualquier lector de Montaigne), incorporando elementos que, como la emoción y el estilo, parecían reservados a la “literatura”. Tanto las insuficientes estadísticas de Comercio Interior de los editores (que parecen fiarse muy poco de los datos mucho más exactos de su Agencia de ISBN), como las aún menos fiables y más caóticas de la Panorámica de la Edición, proporcionadas por el Ministerio del ramo, coinciden en que, en 2014, se publicaron más libros de no-ficción que de “literatura” o “creación literaria”, sea lo que sea lo que el burócrata de turno entienda por ello. En todo caso, y sin extenderme en un asunto que requeriría mucho más espacio y reflexión, lo cierto es que se vuelve o recurre al ensayo por muchas y variadas razones. Una de ellas, y no la menor, es por el cansancio que produce la ficción mainstream. Y no sólo ella: abandoné la última novela de Salman Rushdie, cuando ni siquiera el recuerdo de sus pasadas obras maestras (incluyendo Joseph Anton, sus memorias de la fatwa) me permitían perdonarle el tedioso apelotonamiento de ideas e historias y el absoluto descentramiento y falta de sentido narrativo de que hace gala en ese cajón de sastre -con algunos destellos gloriosos- de literatura fantástica que es Dos años, ocho meses y veintiocho noches, Seix Barral. Y lo mismo debe de haberle pasado a otras personas de mi entorno, porque no he logrado encontrar a casi nadie que la haya conseguido acabar (excluyo a editores y críticos, que lo han hecho por oficio). Y es una pena, porque Rushdie es (¿era?), entre mis contemporáneos, uno de los más grandes escritores (también, por cierto, de ensayos).

Clamores

Lo primero que se pregunta quien se enfrenta a Clamor (La Oficina), que es como se ha traducido el Glas (literalmente “toque de muerto”), de Jacques Derrida, es cómo hay que leerlo (en ese momento el presunto lector aún no sabe que “leer” quizás no sea el verbo correcto). Y la segunda pregunta que se formula es qué es exactamente ese, digamos, “texto”. La primera viene obligada por la misma naturaleza de su puesta en página: dos columnas truncadas, separadas por un amplio margen blanco, y compuestas en dos tipos (y cuerpos) diferentes de letra que, a su vez, se ven constantemente “troceados” por glosas y comentarios (también en otro tipo y otro cuerpo) que no siempre se refieren al texto en que están insertos. Lo más parecido, tipográficamente hablando, a una página del Glas de Derrida, es otra del Talmud, el palimpsesto hebreo que discute y complementa el texto sagrado de la Torá (Derrida era de origen judío-sefardí). En cuanto a la naturaleza (¿género?) de lo que el lector (¿puede llamársele así, cuando el título hace mención tácita a la muerte del lector, del libro, de la tipografía?) tiene ante sus ojos, la cuestión se complica. La columna izquierda es una especie de comentario, deconstruido y “diseminado”, de Hegel; la de la derecha una reflexión muy sui generis sobre la obra autobiográfica de Jean Genet y, especialmente, sobre su texto “Lo que queda de un Rembrand roto en cuadraditos iguales y arrojado al retrete”. Desde que el libro -o lo que quiera que sea- se publicó, los comentarios no han cesado: Clamor (1974), la obra más oscura del más oscuro (y citado) de los pensadores contemporáneos, ha dado pie a casi tantos comentarios, interpretaciones, derivaciones y glosas como el propio Talmud. Glas dinamita en la práctica casi todo lo que tiene que ver con la cultura escrita tal como (aún) se entendía circa 1974: libro, lector, autor, texto, género, puesta en página, narración, ensayo, ficción. Y plantea su texto casi como “hipertexto”, algo a lo que hace oblicua justicia esa web anunciada en la página de créditos, y en la que pueden encontrarse las referencias bibliográficas y el listado de términos que acompañan a la (titánica) traducción. Como no es exactamente un libro (destroza la linealidad del escrito, transgrede los límites del texto, pone en cuestión la forma-Gutenberg), no tiene por qué ser coherente (aunque a veces lo que se dice en una columna resuena en la otra): no es filosofía y tampoco “literatura”. Como ha dicho uno de sus críticos, “es demasiado móvil en sus ideas para ser legible: la legibilidad es para los libros”. Una tercera pregunta podría ser: ¿Y, quién, entre nosotros, se ha atrevido a publicarlo? Quién va a ser: Joaquín Gallego, el editor de La Oficina, un tipo a quien parece aburrirle lo fácil (ganar dinero con un bestseller, por ejemplo), y que siempre ha demostrado un increíble olfato para lo que se esconde tras lo difícil. Felicidades.

Diosas

La Diosa Madre -la Gran Diosa- es una figura esencial en todas las cosmogonías con las que la humanidad ha intentado explicarse el mundo. Sobre ella -su significado, sus manifestaciones- existe una bibliografía apabullante a cargo de antropólogos, prehistoriadores, mitólogos. En mi biblioteca conservo dos libros ya clásicos que me parecen fundamentales:

El mito de la diosa (1991), de Anne Baring y Jules Cashford, publicado por Jacobo Siruela cuando dirigía la editorial que aún lleva su apellido, y La gran madre, una fenomenología de las creaciones femeninas del inconsciente (1955), de Erich Newmann, publicado por Alejandro Sierra en su estupendo sello Trotta. A ellos se suma ahora Diosas, un libro póstumo del gran mitólogo (junguiano, como todos los citados) Joseph Campbell (1904-1987) que ha editado Safron Rossi a partir de sus conferencias y papeles inéditos. Campbell, a quien las feministas siempre reprocharon que centrara exclusivamente en la figura masculina su texto de referencia sobre el viaje arquetípico del héroe (El héroe de las mil caras, 1949; publicado por el Fondo de Cultura Económica), rastrea en este libro la huella de la Gran Diosa, desde la prehistoria al cristianismo (la Virgen María) y al arte del Renacimiento. Lo ha publicado Atalanta, la actual editorial de Jacobo Siruela.