MÚSICA CLÁSICA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Toma el dinero y vuelve

Impresiona mirar la lista de artistas invitados en la presente temporada de la Orquesta Nacional, por la que, aparte de David Afkham —la gran esperanza blanca—, han desfilado o van a desfilar solistas de la talla de Leif Ove Andsness, Matthias Goerne, Bryn Terfel, Mitsuko Uchida, Janine Jansen, Waltraud Meier y las hermanas Labèque, o directores como William Christie (famoso, entre otras cosas, por sus astronómicos honorarios), Susanna Mälkki y Christoph Eschenbach. Todo apunta a una chequera muy bien nutrida, pues solo así puede atraerse a semejante constelación de estrellas.

En sus últimos conciertos coincidían otros dos astros: Vladimir Ashkenazy a la batuta y el violonchelista Jean-Guihen Queyras. Al reclamo más probablemente del fulgor del primero que del segundo, el público acudió en masa al concierto del pasado domingo en el Auditorio Nacional. Una vez acabado, sin embargo, podría decirse que, por muchos motivos, fue Queyras el verdadero sol radiante. Ashkenazy es un director, cuando menos, sui generis, con una técnica muy deficiente, pero con la misma musicalidad y carisma que lo han convertido en uno de los más grandes pianistas del último medio siglo. Pocas orquestas le han sido fieles, porque no resulta nada fácil seguir sus indicaciones, y la Philharmonica de Londres, con la que nos visitó en mayo, es la que más le perdona sus carencias y sigue manteniendo con él una relación casi fraternal, cosa, por otra parte, nada difícil de conseguir dadas las inmensas cualidades de Ashkenazy como ser humano, afable, generoso y antidivo como pocos.

Así, el ruso parecía deslizarse casi como una escurridiza ardilla entre los primeros violines en sus recorridos hacia y desde su tarima de director: nada de solemnes paseos paladeando y regocijándose en los aplausos. No es quizá mucho lo que Ashkenazy puede aportar a la Orquesta Nacional en este decisivo momento transicional que atraviesa y la lectura más positiva que puede sacarse de su presencia es que obligó a la orquesta a tocar extremadamente alerta: se mascaba la tragedia en cualquier entrada, en cualquier acorde, deshabituados como están los músicos a sus gestos confusos y erráticos. Varios solistas, como Antonio García Araque, al frente de los contrabajistas, ejercieron casi de director en la sombra de sus respectivos bloques, y gracias a eso y a una atención extrema de todos la música avanzó sin grandes sobresaltos. Pero ni Romeo y Julieta de Chaikovski ni la Sinfonía núm. 8 de Dvorák, tensas pero no intensas, conocieron versiones memorables.

La gran sorpresa saltó allí donde, sobre el papel, parecía hallarse lo más inocente: el movimiento lento del Concierto de Haydn, en el que Ashkenazy se limitó a dejar tocar a una orquesta acertadamente reducida al mínimo y donde Jean-Guihen Queyras dio una lección de fraseo y musicalidad de altísima escuela. Muchos músicos que no tocaban la obra de Haydn bajaron a la sala para poder oírlo y el francés ocupó, agazapado, el último atril de la sección de violonchelos en la Sinfonía de Dvorák, dos gestos asombrosos por infrecuentes. Muchas figuras que recalan aquí parecen con frecuencia protagonistas desganadas de una versión musical de Toma el dinero y corre. La actitud de Queyras, un violonchelista excepcional, apunta en la dirección contraria. No se queda pero, por fortuna, volverá pronto, en mayo, para tocar la integral de las Suites para violonchelo de Bach.

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Sobre la firma

Luis Gago

Luis Gago (Madrid, 1961) es crítico de música clásica de EL PAÍS. Con formación jurídica y musical, se decantó profesionalmente por la segunda. Además de tocarla, escribe, traduce y habla sobre música, intentando entenderla y ayudar a entenderla. Sus cuatro bes son Bach, Beethoven, Brahms y Britten, pero le gusta recorrer y agotar todo el alfabeto.

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