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Isasi-Isasmendi, un hombre de acción

El director resolvió muchos problemas de los rodajes gracias a su habilidad en el montaje

El director Antonio Isasi-Isasmendi, en la Filmoteca de Barcelona el pasado septiembre. Ampliar foto
El director Antonio Isasi-Isasmendi, en la Filmoteca de Barcelona el pasado septiembre.

Antonio Isasi-Isasmendi, 88 años, me cita en la Filmoteca de Barcelona, en el barrio del Raval, a pesar de que le produce nostalgia. “Esto ha cambiado mucho pero conozco las calles como la palma de mi mano porque aquí pasé mi infancia. Una infancia dura. A los 12 años, al acabar la guerra, vendía caramelos y bombones por los cines… No fui a la escuela. Fue mi madre quien me enseñó cuanto sé. Era actriz y yo la acompañaba a los bolos por los pueblos (de donde a veces teníamos que salir huyendo por no poder pagar la pensión) y también iba con ella al estudio de doblaje en el que colaboraba. Tengo grandes recuerdos de aquella época… a pesar de las estrecheces y del hambre”.

“No fui a la escuela. Fue mi madre quien me enseñó cuanto sé. Era actriz”

Isasi (Madrid, 1927) lo contó muy bien en su autobiografía Los días grises. La memoria de un niño de la Guerra Civil; así como en sus Memorias tras la cámara, libros en los que recuerda con detalle lo que le ha sucedido, desde la relación con su madre, “que fue una heroína anónima de las muchísimas que hubo en aquellos momentos, una mujer muy culta y refinada que tuvo que hacer muchas cosas para guiarme en lo que podía ser mi futuro”, hasta los pormenores de sus grandes éxitos como director —Estambul 65, Las Vegas 500 millones, Un verano para matar, El perro…— y también de sus fracasos.

Muy pronto, el joven Isasi cambió sus trabajos de vendedor de periódicos y golosinas, de limpiabotas o electricista por el de una sala de montaje cinematográfica, donde aprendió el oficio, destacando con brillantez. Pasar de montador a guionista y luego a director no fue complicado. “Utilizando el montaje he resuelto muchos problemas en los rodajes, con los actores norteamericanos por ejemplo. Y dirigí Las Vegas 500 millones, que es una película de acción trepidante, sin mover la cámara, solo en planos fijos. Me siento orgulloso de ello. Y no se dio cuenta nadie”. A mediados de los cincuenta, rodó películas de distintos géneros con tal nervio narrativo que siguen vigentes. Relato policíaco, Rapsodia de sangre, Diego Corrientes, Sentencia contra una mujer… pero de la que se siente más satisfecho es Tierra de todos, una visión de la Guerra Civil que huye de tópicos y en la que se plantea el entendimiento entre soldados de distinto bando. Lógicamente, tuvo problemas con los militares, que no aceptaron que los oficiales republicanos fueran correctamente uniformados: “Me obligaron a repetir la secuencia porque el uniforme reglamentario se reservaba al llamado Ejército nacional, dado que para los censores uniforme era sinónimo de disciplina, y los rojos no eran militares profesionales sino simples aficionados”.

“Estrené en los circuitos

más importantes de Estados Unidos”

Fue precisamente esa película por la que fue elegido por franceses y alemanes para dirigir La máscara de Scaramouche, que sería su primera aventura internacional. Y tuvo tanto éxito con ella que le siguieron otros proyectos ambiciosos rodados en inglés. “Yo no hablaba inglés pero me fui defendiendo sobre la marcha”. Estambul 65 se estrenó en los cinco continentes al igual que Las Vegas 500 millones o Un verano para matar. “Estrené en los circuitos más importantes de Estados Unidos, lo que es insólito para películas foráneas”. Sorprendentemente, Isasi dio a continuación un giro en su carrera, lanzándose a realizar “un experimento de reportaje documental” que no fue otro que Rafael en Raphael, para el que siguió al cantante en sus actuaciones dentro y fuera de España —en Rusia, por ejemplo—, buscó material de archivo, hizo decenas de entrevistas “y con cientos de miles de metros me encerré en una sala de montaje durante un año para acabar la película”. Cuando se estrenó en salas había pasado demasiado tiempo y al público no le interesó. “Fue tal bochorno que la retiré de cartel para que no se prolongara ni un día más. Han pasado 25 años pero me sigue sorprendiendo que no haya nadie que tenga curiosidad por verla. Era una buena película”.

Un hombre locuaz

Isasi es un hombre locuaz. Hablar con él de El perro, película inspirada en la novela de Alberto Vázquez-Figueroa con la que volvió a triunfar en taquilla, o del que ha sido su último filme, El aire de un crimen, basado en la novela de Juan Benet, de cuya repercusión no quedó satisfecho, da para toda una tarde. “Me sentía cansado y me retiré a Ibiza, donde vivo muy feliz. Hace 82 años que fui allí por primera vez, con mis padres… y me prometí que volvería. No, ya no voy al cine, he perdido la afición por casi todo. La última película que he visto y que me ha gustado muchísimo es El escritor, de Polanski, pero no he vuelto. Lo poco que me queda por vivir lo dedico a otras cosas, como a pensar qué es la vida, lo que quiere decir que me he convertido en un filósofo barato. ¿Tú sabes lo que es la vida? Yo, con la edad, he cambiado por completo la forma de ver el mundo”. Y resume: “Mi vida ha sido maravillosa. He sido muy afortunado, tengo amigos estupendos, he viajado por todo el mundo. ¿Qué más se puede pedir?”.

Aunque piensa, como tantos otros, que los premios no valen para nada, está ufano con los muchos recibidos, Goya de Honor incluido. Y tiene aún pendientes otros homenajes, algunos de los cuales se están organizando sin que él lo sepa…